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Vicky León H. - La Agonía

 


 

     Te levantarás y notarás algo raro.

 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    La suave luna, que atraviesa el cuarto en una proyección triangular, no habrá pasado, esta vez, sobre mi cuerpo.
 
    ¡Dónde estás, amor mío! ¡Dónde!
 
    Regresarás a la cama, te meterás entre las sábanas, las hurgarás una y otra vez, y nada. Harás un entrevero, y nada. ¡Nada!
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Buscarás afanosamente una vela y una caja de fósforos.
 
    ¡No puede ser cierto! ¡No debe ser cierto!
 
    Hasta ese instante todo te habrá parecido un sueño o, al menos, pretenderás que así te parezca. Nada más que un mal sueño.
 
    Las cosas no pueden ser como son. Tengo que cerciorarme.
 
    Pero como en la ventana hay un vidrio roto, de nada te habrá valido encender el fósforo, porque el viento lo apagará; una y otra vez.
 
    ¡Malditos fósforos!
 
    Al fin, al cuarto fósforo, lograrás encender la vela.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Y una ráfaga de viento, que entró en la habitación, mientras caminabas de regreso a la cama, apagará la vela.
 
    ¡No puede ser cierto!
 
    Ahuecando las manos, parada en un rincón del cuarto, intentarás encenderla de nuevo y te parecerá entonces que, en ese afán de prender la vela, desperdiciaste mucho tiempo.
 
    ¡Dios mío, haz que amanezca!
 
    Cavilarás sobre el misterio del tiempo y llorarás, finalmente, acurrucada en la oscuridad.
 
    ¡Haz que amanezca, Dios mío!
 
    Estoy enfermo, María. Sé que tú, desde allá, desde el tiempo en que habitas, no lo entiendes aún.
 
    ¡No!
 
    Pensarás simplemente que me he ido.
 
    ¡No!
 
    Pensarás que te he abandonado.
 
    ¡No!
 
    Dejarás de llorar y te acurrucarás en un rincón de la cama, para constatar de nuevo, que no estoy allí.
 
    Es mejor que trate de dormir un poco, aún es plena noche.
 
    Dirigirás tus ojos hacia el piso y, una vez más hacia la ventana, escudriñándolo todo.
 
    No debo dormir. Debo esperarlo.
 
    Y esperarás el nuevo día, temerosa del sol.
 
    ¡Dios mío, haz que nunca amanezca!
 
    Porque en la claridad del día comprenderás definitivamente lo que ha sucedido.
 
    Mis ojos se cierran.
 
    Apenas puedo sostener tu imagen, María, como escapándose de mi vida.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Quiero verte, María, una vez más, sólo una vez, antes que el amanecer te borre y me borre del cuarto.
 
    No debo dormir, debo esperarlo.
 
    Y descubrirás cómo la oscuridad, mientras pensabas, se fue aclarando. Y ahora está a punto de amanecer.
 
    ¡El sol! ¡Ya ha amanecido!
 
    Correrás hacia la puerta y la abrirás.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Porque en la puerta, detrás de tus párpados, estaré yo.
 
    ¡Dios mío, no dejes que se vaya!
 
    Abrirás los ojos y sabrás que he partido.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Saldrás gritando a la calle y creerás que esas calles son las mismas de ayer, que nada ha cambiado.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Sentirás que tu pecho se alienta con la claridad del día; correrás y en cada esquina que dobles me llamarás nuevamente.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Como si a la vuelta de la próxima esquina pudiera reaparecer yo, caminando hacia ti.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    A esa hora, María, posiblemente ya habré expirado.
 
    ¡No puede ser cierto! ¡No!
 
    ¿Qué será de ti, María? Te recuerdo sentada en la cama, contemplándome en silencio.
 
    No te mueras, Enrique.
 
    Hay en tu rostro una sonrisa; una sonrisa de gratitud por todo lo que la vida te ha dado.
 
    Nos ha dado a los dos.
 
    Te recuerdo abriendo la ventana para que el sol entre en la habitación.
 
    Duérmete Enrique, duérmete.
 
    Caminas en puntillas para no despertarme y abres la puerta.
 
    No puede ser cierto. Debe estar en la calle.
 
    ¡No te vayas, María!
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Crece el dolor en mis ojos y te imagino perdida en las calles.
 
    Maria Huanca soy y busco a Enrique Peñaranda.
 
    No me busques más, María.
 
    Maria Huanca soy y busco a Enrique Peñaranda.
 
    Miras a uno y otro lado y no hay nada. Nada en ninguna parte.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
     Renace en mí la noche en que me amaste. La noche que me quedé con el sabor a ti, María Huanca.
 
    Con el sabor de Enrique Peñaranda entre los labios.
 
    Las hojas caen como espectros.
 
    Me quedé con ese sabor y ahora busco a Enrique Peñaranda por las calles.
 
    No me busques más, María.
 
    María, me dijiste, y me llevaste al campo. ¿Lo has olvidado acaso?
 
    María, te dije, y bebí de tus labios.
 
    ¡Enrique! ¡Enrique Peñaranda!
 
    Tu voz se alza triunfal cuando doblas cada esquina y gritas mi nombre.
 
    ¡Esa nube, huidiza a lo lejos, esa nube!
 
    Hay libertad, Dios mío, ¿de encontrarse y reencontrarse?
 
    Yo soy María Huanca y busco a Enrique Peñaranda.
 
    ¡Apaga ese sol, María!


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"La Agonía", de Vicky León H., forma parte del "Taller del Cuento Nuevo" dirigido por el maestro Jorge Suárez, editado y publicado por Editorial Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en el año 1986.


Fotografía: Tapa del libro Taller del Cuento Nuevo, la ilustración es obra de Oscar Barbery Suárez, arquitecto, narrador y dibujante cruceño. Oscar Barbery Suárez forma parte de este Taller. 

El libro impreso es un obsequio de la escritora cruceña Blanca Elena Paz, como una grande muestra de cariño hacia el Abrelatas LiterarioBlanca Elena Paz forma parte de este Taller.



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