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Amilkar Jaldín - Cuarto creciente


Cuarto creciente y ya tenemos un tema para el fin de semana; para destruir, sin remedio, nuestro pobre fin de semana.  Y todo porque hoy, domingo, luego de habernos rasurado y estar, todavía, atragantados con el pan del desayuno, salimos a la calle para ir al trabajo y mientras esperábamos el colectivo alguien dijo eso: cuarto creciente, y nos dimos cuenta de que el precepto bíblico, descansarás el séptimo día, es un puro cuento. Porque la vida es rutina, un número que se repite (1 /4); absurdo, pues, así como matemáticamente dos no puede ser otra cosa que dos, un cuarto es un cuarto, ni más ni menos. Aunque también es posible que hubiéramos escuchado la frase en la cola de un frial; y si hacemos memoria recordamos a dos señoras que estaban delante de nosotros, y que la más gorda dijo que su niño, ése, ése mismo, rubio y de ojos azules, está adornando su cuarto con unas… No, no se puede hacer otra cosa que pensar en una habitación expandiéndose (creciente) y tomarse el trabajo de medir de arriba abajo, a lo ancho y a lo largo, una, y cada una de las habitaciones de la casa, y levantarnos todos los días para medirlas otra vez y llevar un control en planillas diarias, con precisión de milímetros, y sólo a los seis meses convencernos de que las habitaciones de una casa no crecen ni disminuyen. Recorrer, sin embargo, por última vez, la sala, la cocina, el baño, los dos dormitorios, el depósito, tratando de descubrir con el ojo lo que no pudo medir el metro y deducir, mientras terminamos nuestro recorrido, que las casas, hace mucho tiempo, tenían probablemente sólo cuatro habitaciones, de ahí que se llamaran cuartos, nombre que impropiamente perdura hasta hoy. Sentir luego esa nostalgia que desconsuela porque nunca más podremos decir, por lo menos en esta casa, voy a mi cuarto, está en su cuarto, cosa que ya no tiene sentido. Y no debemos sorprendernos, por lo tanto, que alguien nos diga voy a mi sexto, está en su sexto, o, si alguna vez de visita en una casa, sentimos la necesidad de averiguar, sobre los dormitorios, que seguro serán dos, uno para los padres y otro para las hijas, nos digan que no, que son tres, 'porque hay uno vacío para los huéspedes, y que aparte de la cocina, la sala y el baño, queda todavía un cuarto libre que se lo usa para la mesa de planchar. Y nosotros obligados a explicar que nuestra casa no tiene cuartos sino séptimos, porque los cuartos ya no se usan; solicitamos cortésmente que se nos muestren los siete séptimos, pero los dueños de casa, que todavía no se acostumbran a la idea, insisten: fíjense ustedes qué cuartos; séptimos, corregimos, cuartos, séptimos. Cuarto creciente. Si regresamos ahora al frial, y a la cola que ha debido crecer también, la señora gorda que está frente al carnicero pide dos kilos de carne, pero eso sí de la blandita, mientras conversa con su amiga del modo en que los cambios de luna influyen cuando te haces cortar el cabello, posiblemente nos acerquemos a la aplicación real de la frase y comprendamos, finalmente, lo fácil que es imaginar la luna, un pedazo de luna que va creciendo todos los días hasta llegar a luna llena y razonar que, así como hay blanco, hay negro, y si hay luna llena tendría que haber luna vacía y entregarnos, a partir de esa comprobación, al triste oficio de otear el cielo tratando de descubrir una luna vacía y concluir que si no hay luna vacía tampoco hay luna llena. No hay luna. Sumirnos entonces en profundas meditaciones acerca de lo que la lógica, nuestra lógica demuestra, hasta que viene Koki, el hijo menor de los Añez, arrastrando ese carrito que le regaló su mami por los cinco años que cumplió ayer, quejándose de que, por donde va la luna lo persigue.

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Fotografía del autor: Diario El Deber

 


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