Ir al contenido principal

Amilkar Jaldín - Tío Fermín

 


Mamá se alisa el vestido y nos pasa la mano por la cabeza, en un esfuerzo inútil por acomodarnos un rebelde mechón de pelo. Le dice a la empleada que no se olvide, que será ella quien abra la puerta. cuando suene el llamador de bronce. Retumba el llamador y tío Fermín está ahí, en el vano de la puerta. Mamá lo abraza y llora. Cuántos años, pero te ves igualito. ¿y vos? Tío Fermín toma a mamá de los hombros y la mira. Esperá, dejame adivinar. Quince años y ya nos guiña un ojo desde los hombros de mamá, haciéndonos comprender que el motivo de su visita está en nosotros. Y en cuanto puede, se acerca y me levanta. Vos te llamás, sí; ya sé cómo te llamás vos. Y acaricia a mi hermano con la mano izquierda; y yo, aspirando en su pecho ese olor a colonia que se mezcla con ese otro olor a flores marchitas y cosas guardadas. Tío mira la casa y mamá le explica los cambios que ha habido. Claro, si desde que me casé no venías por acá. Papá ale del comedor con una bandeja y tres copas. Lo primero es lo primero. Brindan y se abrazan. ¿Otra copita? Tío se disculpa, porque el médico, dice; me ha prohibido el alcohol No, del café no me dijo nada. Menos mal, siempre te ha gustado el café. Siéntate; hermano. Y tío que busca algo y no encuentra. Ya sé lo que buscás, pero se le hundieron los resortes y tuvimos que vender el sillón. No importa. Se sienta en una silla, cruza las piernas. Y mi hermano, que ha esperado esa oportunidad se acerca y pide que le haga caballito. ¡Caballito, tío! Y cabalga en sus piernas cuando mamá regresa de la cocina con una taza de café y unos pastelitos que yo sé que te gustan. Dejen en paz a tío que está cansado y… calla porque se da cuenta que iba a decir algo impropio. Si quieres, Fermín, salgamos al patio a respirar aire fresco. Papá se levanta. Te acompaño, Fermín, te acompaño y tío sale al patio. Destella el sol en su saco, brilloso y negro. Se restriega los ojos y vuelve a la sala. Niños, salgan a jugar al patio; dejen conversar a los mayores.  ¡Los mayores! Contra ese imperio sólo queda un recurso; llorar, pero tío intercede por nosotros. Al fin y al cabo, es la primera vez que veo a mis sobrinos. Se sienta, bebe el café, celebra los pastelitos y ·se levanta. Tengo que irme porque ya es hora de mis inyecciones. Mamá no se resigna. Tantos años y te vas tan pronto. Papá retira la taza de café. Te acompaño, Fermín, te acompaño. Y ahora, en el umbral de la puerta, donde nos hemos reunido todos, tío alarga sus brazos y levanta a mi hermano. Volveré mañana. ¿Chocolates? Sí, tío, chocolates. Les traeré una caja de chocolates, así de grande. Mientras mamá, que se ha despedido de él, cierra el portón y llora. Papá se le acerca. No se lo ve tan mal, y mamá: Herminia, lleva a los chicos al patio. Está bien, señora. Herminia, haz dormir a los chicos. Está bien, señora. Herminia, lleva a los chicos al parque. ¿Cuándo volverá tío Fermín, mamá? Herminia, lleva a los chicos al patio. Y llega el día en que mamá ordena a Herminia que nos vista de blanco. Está bien, señora. Déjame que yo se vestirme sólo. ¡No se dejan, señora, no se dejan! Papá sale del dormitorio anudándose la corbata y mis pies se ablandan. Entran, al fin, en esos zapatos que sólo uso para ir a la iglesia. Sale mamá vestida de negro. Nos toma de la mano y nos conduce a la calle. Papá está en el auto, bocineando.  Apúrense porque debemos ir por las flores. Arranca el auto. Viajamos en silencio. No es necesario que me diga nadie lo que ha pasado, ya lo sé. Callo para no asustar a mi hermano, que viaja tenso, mirándolo todo.  ¡Tío Fermín ha muerto y por eso estás llorando!  ¡Ha muerto y por eso estás llorando! Papá detiene el automóvil. Mamá consuela a mi hermano. Esta es… era… la casa de tío Fermín. Pórtense como es debido, respeten a su madre. Mientras la gente que estaba sentada en el corredor se ha levantado y se acerca a mamá, nosotros entramos en la casa. Chicos, salgan afuera. Cómo se puede traer niños al velorio. Son sus sobrinos. Ah…  Pasamos entre coronas y nos detenemos ante el ataúd. Tengo miedo. Sé, aunque no me lo hayan dicho, quién está en ese ataúd. Nos levantan y ahí está tío Fermín, durmiendo, con algodones en la nariz.  ¡Chicos!, Dios mío, ¡quién ha permitido que entren! Es papá, que ahora nos lleva afuera, mientras que mi hermano le pregunta por qué le han puesto a tío esos algodones. Esos algodones, le digo yo después, son para que no sienta ese olor feo que hay aquí. No, no es por eso; está castigado porque no nos ha traído los chocolates. No, no es por eso. Sí, es por eso. Y sólo el tiempo consiguió disipar de la memoria de mi hermano la imagen de tío encajonado y taponado con algodones porque no cumplió su promesa. Cuando el retrato de tío Fermín se cubrió de una amarillenta pátina, las veladas se hicieron más largas, hasta que un día mamá lo retiró del piano. Y fue como si hubiera muerto por segunda vez, definitivamente. Mi hermano se casó y se fue de la casa llevándose el llamador de bronce, que es un símbolo, dijo, ·algo que representa a la familia. Papá y mamá partieron también, en ese orden; papá que murió de un ataque al corazón y mamá que se fue extinguiendo lentamente, como una vela. La casa, cada vez más grande, se hundió en un silencio que sólo era roto por las visitas, cada vez más espaciadas, de mi hermano. Ahora tenía dos hijos; Que te quieren conocer. ¿Cuándo nos vas a visitar en casa? El do­ mingo, después de misa. Y llegó el domingo en que resolví, finalmente, conocer la casa de mi hermano. En el trayecto, desde la iglesia de San Andrés, encontré a un pastillero y recordé a tío Fermín, rumbo a la casa de mamá, para conocer a sus sobrinos. El pastillero me explicó el camino que debía seguir, hasta esa calle, nueva para mí, donde vivía mi hermano. Gracias al llamador de bronce no me fue difícil reconocer la casa. Di dos golpes y se abrió la puerta. Allí estaba mi hermano, en mangas de camisa. Detrás de él, su esposa, y, al fondo, en el centro de una habitación que concluía en un ventanal, mis sobrinos.  Abracé a mi hermano, como si nos hubiéramos visto después de un largo viaje, y sentí de pronto un doble tirón.

 

¡Tío Fermín!   ¡Tío Fermín!  Y extraje de mis bolsillos las dos barras de chocolate.

************************* 


Comentarios