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Blanca Elena Paz - Confesiones


Este verano tampoco iré a verte y no es por motivos de trabajo. Te hago llegar por vía aérea lo que tendrías que haber conocido desde hace algunos meses. Para ti no serán noticias agradables. Tampoco resultó sencillo decidirme a ponerlas en papel. Al no decírtelas directamente evitaré que tu temperamento desborde. Como comprenderás, yo sí predigo tus reacciones.
Te ocurre esto por pasar el tiempo estudiando la organización social de los Simba, la cosmogonía de los Ava, o corrigiendo el “cursi vocabulario de nuestra amiga Ina”. Menos mal que, de tu parte, sólo me correspondió alguna vez un: “mide tus palabras”.
          ¿Medir mis palabras? Veamos. Algunas tendrán como dos centímetros de longitud por cuatro gramos de peso. Un exabrupto tal vez merezca su conversión a litros. ¿Y las declaraciones que vienen a continuación, Erick? Con seguridad pueden ser expresadas en medidas inglesas.
           La exactitud no es mi característica. ¿Qué me dices de ti? Has calculado los ángulos de las pirámides de cristal de tu escritorio. La fuerza de atracción de la luna sobre las mareas y la distancia en años luz, de aquí a Orión.
          ¿Sabes cuánto mide aquello tuyo que, durante años, ha sido el motivo de mis desvelos? ¿Necesitas de alguna pista orientadora? ¿Un algoritmo tal vez?
           De nada servirá destruir este papel. Las preguntas continuarán planteadas; aunque te parezcan insoportablemente vulgares y (en mi opinión) ya no necesiten respuestas.
           No son mis palabras las que deben ser cuantificadas, Erick. Soy consciente de la magnitud de esta despedida.
           Tu mirada ya no es mía, tampoco tu ternura; ahora son solamente tuyas. Como nuestra casa; con lámparas de pie que proyectan luz de colores y sin bombillas pendiendo del tumbado. Dejó de pertenecerme el buzón, las campanitas en los dinteles y la barra de incienso que despide espirales aromáticas.
           Reconozco que durante las primeras tardes me hizo falta tu pecho para apoyar mi cabeza en él y abrazarte; como cuando nos sentábamos en la montaña, despidiendo al sol.
           No tiene sentido volver porque llevo algún tiempo mintiéndote. El cilindro de látex y a pilas que descubriste bajo mi almohada, no es precisamente un artefacto para alisar arrugas. Nunca dejé de comer jamón crudo, ni de aliñar mis ensaladas con vinagre de uva. Comprobado está que tus dioses vegetarianos saben de esto porque me han suspendido la estima.
           Me siento obligada a explicarte algunos detalles que, preferiría evocar a solas. Desde mi viaje, antes de la Navidad, no estoy contigo, ¿verdad? También es cierto que pasé una noche con otro hombre.
          No se trató de una simple madrugada loca sino de mucho más. Fue doloroso en el momento, pero ya no importa que él se hubiese despedido a la mañana siguiente. Llegó sorpresivamente. No utilizó métodos ni técnicas. Me dio todo lo que tus creencias te impiden compartir conmigo, gozó y yo también lo disfruté.
        Después de aquello resultaría imposible encontrar el camino hacia ti, Erick. Aun estando contigo hace mucho que me marché de tu vida. He adoptado un gato negro. No digo el cántico matinal ni soporto los desayunos con gluten de trigo. Tampoco he comido raíces, frutos amargos ni arroz con cutícula.
         Me niego a continuar repitiendo insomnios a tu lado y en nuestra cama. Alejándome de ti, puse fin a mi actitud idólatra y al sexo con interrupciones. No tendré que acompañar más tu porfiado intento de acumulación energética.
        Creo haber sido purificada durante la eternidad que duró lo nuestro: ayunando, meditando con detenimiento y durmiendo sola con mis menstruaciones o mientras así lo exigiese alguna fase de la luna.
       Lo siento por ti, Erick. Creo que a pesar de todo no te has perfeccionado lo suficiente como para alcanzar la iluminación. Estoy contenta por mí. Obedeciendo a mi propia naturaleza, finalmente la he logrado.

Te abrazo.
                                           Eliana
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"Confesiones" de Blanca Elena Paz, está en su libro Onir, Casa Editorial La Hoguera, 1ra edición 2002, Santa Cruz, Bolivia.

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