Estás preocupada. Tu marido ha cambiado mucho en los últimos
meses. No es que haya dejado de quererte. Al contrario, nunca ha sido tan
tierno con vos; sólo que por momentos lo notás distante, como si estuviera en
otro lugar. Ahora que lo pensás bien, comenzó a cambiar desde el día que lo
buscó esa mujer, la embarazada. Estaba a punto de entregar la posta al médico
que iba a reemplazarlo, cuando se presentó; lloró, se arrodilló. Y bueno, vos
sabés cómo es tu marido; se dejó convencer. Se trataba de un herido de bala.
Extrajo el proyectil, suturó la herida y no registró el caso en el libro
correspondiente. Después, aunque no te lo dijo, intuiste que la mujer volvió a
buscarlo. Sí, fue desde entonces, que tu marido comenzó a cambiar. A veces
llega tan cansado que no quiere hacer otra cosa que dormir. Y vos no podés
dormir si antes no lees. Apagás la luz de tu velador, dejás que se duerma y vos
lees. Desde que se implantó el toque de queda, las noches se han hecho más
largas y tediosas. La televisión está insoportable: transmite westerns y comunicado
militares, así que la clausuraste por cuenta propia. Bueno, por lo menos tenés
ese derecho: si a vos te censuran vos los censurás a ellos. ¿Qué no darías por
no sufrir de ese maldito insomnio? En la alta noche, cuando las manecillas del
reloj avanzan hacia la madrugada, la ciudad se habita de un misterioso y
ominoso concierto. Camones que patrullan, frenazos bruscos, ráfagas de metralleta
y pasos de botas. Ya sabés, aunque no aceptés comentarlo, lo que está pasando
en la calle. Te has preguntado si tu marido tiene que algo con ese drama. Pero
no, porque él nunca fue político, aunque es posible que ahora hubiera comenzado
a cambiar. Vos misma estás cambiando. Duerme. Duerme. Es mejor no pensar en
nada y dormir. Apagar la luz, dormir y no escuchar ese ruido de pasos que se
sienten la calle. En tu calle. Quisieras levantarte y ver desde arriba esa
tablita que le falta a tu persiana lo que está sucediendo. No, es mejor no
hacerlo, porque las botas resuenan demasiado cerca. ¿En la casa de al lado?
Pensás en la placa de médico que hay en tu fachada, como si esa placa hiciera
inviolable tu casa. Sí, es mejor apagar la luz y desentenderse de lo que está ocurriendo.
Después de todo… vos… ¿Qué podés hacer vos? Vos no podés cambiar el mundo.
Extendés los brazos porque has comprendido que ese retumbo de botas se dirige a
tu casa. ¿Dejaste abierta la puerta? No, pero sentís cómo se abre. Tu mano
izquierda llega hasta el cuerpo de tu marido. Con la derecha, buscás el
interruptor de la lámpara. Alguien, detrás de la puerta de tu dormitorio, hace
girar la manilla de la chapa. Y apagas, finalmente, la luz, porque te das
cuenta, demasiado tarde, que el único refugio que te queda es la oscuridad.
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