Ir al contenido principal

Blanca Elena Paz - La luz

 



Estás preocupada. Tu marido ha cambiado mucho en los últimos meses. No es que haya dejado de quererte. Al contrario, nunca ha sido tan tierno con vos; sólo que por momentos lo notás distante, como si estuviera en otro lugar. Ahora que lo pensás bien, comenzó a cambiar desde el día que lo buscó esa mujer, la embarazada. Estaba a punto de entregar la posta al médico que iba a reemplazarlo, cuando se presentó; lloró, se arrodilló. Y bueno, vos sabés cómo es tu marido; se dejó convencer. Se trataba de un herido de bala. Extrajo el proyectil, suturó la herida y no registró el caso en el libro correspondiente. Después, aunque no te lo dijo, intuiste que la mujer volvió a buscarlo. Sí, fue desde entonces, que tu marido comenzó a cambiar. A veces llega tan cansado que no quiere hacer otra cosa que dormir. Y vos no podés dormir si antes no lees. Apagás la luz de tu velador, dejás que se duerma y vos lees. Desde que se implantó el toque de queda, las noches se han hecho más largas y tediosas. La televisión está insoportable: transmite westerns y comunicado militares, así que la clausuraste por cuenta propia. Bueno, por lo menos tenés ese derecho: si a vos te censuran vos los censurás a ellos. ¿Qué no darías por no sufrir de ese maldito insomnio? En la alta noche, cuando las manecillas del reloj avanzan hacia la madrugada, la ciudad se habita de un misterioso y ominoso concierto. Camones que patrullan, frenazos bruscos, ráfagas de metralleta y pasos de botas. Ya sabés, aunque no aceptés comentarlo, lo que está pasando en la calle. Te has preguntado si tu marido tiene que algo con ese drama. Pero no, porque él nunca fue político, aunque es posible que ahora hubiera comenzado a cambiar. Vos misma estás cambiando. Duerme. Duerme. Es mejor no pensar en nada y dormir. Apagar la luz, dormir y no escuchar ese ruido de pasos que se sienten la calle. En tu calle. Quisieras levantarte y ver desde arriba esa tablita que le falta a tu persiana lo que está sucediendo. No, es mejor no hacerlo, porque las botas resuenan demasiado cerca. ¿En la casa de al lado? Pensás en la placa de médico que hay en tu fachada, como si esa placa hiciera inviolable tu casa. Sí, es mejor apagar la luz y desentenderse de lo que está ocurriendo. Después de todo… vos… ¿Qué podés hacer vos? Vos no podés cambiar el mundo. Extendés los brazos porque has comprendido que ese retumbo de botas se dirige a tu casa. ¿Dejaste abierta la puerta? No, pero sentís cómo se abre. Tu mano izquierda llega hasta el cuerpo de tu marido. Con la derecha, buscás el interruptor de la lámpara. Alguien, detrás de la puerta de tu dormitorio, hace girar la manilla de la chapa. Y apagas, finalmente, la luz, porque te das cuenta, demasiado tarde, que el único refugio que te queda es la oscuridad.

**********************************


Comentarios