Aún ahora, cuando escucho pasos por el corredor, pienso en mi
abuela. Comprendo que se ha ido; pero ahí están sus pasos, resonando en mi
memoria, es decir en el recuerdo que tengo de nuestra casita de La Plata, en
Argentina, cuando mi hermana y yo la vimos llegar de Santa Cruz con cinco
maletas.
—Pero, abuelita, aquí nos sobran planchas.
—Una debe ser precavida, —Y puso sobre la mesa una plancha a
carbón.
Luego, al abrir una
carta de mi madre, supimos lo que había pasado en Bolivia. Le dio un berrinche
y dijo:
— ¡Sólo mis nietas me tienen paciencia!
Claro está que el berrinche le dio cuando ya tenía las maletas
listas y no hubo forma de hacerle cambiar de opinión. En la carta, mi madre nos
advertía que la abuela, por razones médicas, estaba sometida a una dieta
especial. No debía ingerir comida condimentada. Y eso, para mi abuela, era algo
inconcebible. Entre las carnes recomendadas, el pollo, que nunca fue de su
preferencia, ocupaba, el primer lugar. Ese día, para celebrar su llegada, le
dimos, pues, pollo.
—Esta es, -dijo la abuela, después de saborear la pechuga-,
legítima carne de cóndor.
—Yo no sabía, -comentó, cuando le servimos cabrito-, que el
zorrino en la Argentina era comestible.
Lo peor que podía sucedernos era que la abuela nos
sorprendiera comiendo algo que a ella le estaba prohibido.
— ¡Tacañas! ¡Mezquinas! ¡Son peor que su madre!
Mi madre a la cual, según ella, había criado gratis, sin
sueldo, para recibir ahora ese pago. Daba un portazo y se encerraba en su
habitación. Le prometimos, para consolarla, que el próximo domingo, domingo que
siempre cedía su lugar al siguiente, la llevaríamos a comer a Puerto Nuevo, en
Buenos Aires, una villa de emergencia habitada por bolivianos, Un día, al
regresar de un paseo, la abuela se detuvo ante una placa empotrada en la pared
de una casa.
—¿Cómo era que aquí no servían comida boliviana? Allí hay un
anuncio que dice "Huarjata de Cordero".
—Pero abuelita, esa es comida colla. —Le dije yo para disuadirla.
—Colla o no colla, es comida boliviana.
Margoth y yo volvimos sobre nuestros pasos. La placa, en
efecto, tenía esa palabra: CORDERO. Decía: RENATA DE CORDERO - ESCRIBANA.
Tuvimos pues, al siguiente domingo, que llevarla a Puerto
Nuevo. Decir que la abuela se dio un atracón histórico, es poco. Probó de todo,
y cuando regresábamos a La Plata, movía la cabeza como un péndulo, al ritmo del
tren. Por último se durmió. Cuando el tren se detuvo en Avellaneda, entró en el
vagón uno de esos tipos que nunca faltan. Miró a la abuela, miró a mi hermana y
comentó; abriendo un tubo de pastillas.
— ¡Qué apolille el de la nona! ¿Es la nona o la mama? Acto
seguido se presentó. — Mario Lombardi, un servidor de ustedes. — Y la abuela se
despertó.
Lombardi abandonó el vagón bajo una lluvia de carterazos.
Cuando a mi abuela te caía mal alguien, persona o animal, no
había forma de hacerle cambiar de actitud. A mi novio le resultaba difícil
comprender por qué la abuela, cada vez que lo veía, estallaba de risa.
—Abuela, -le rogué-, no se ría de mi novio. Lo va a espantar
de la casa.
—Cómo no me voy a reír de ese "cachetes de bolsillo de
payaso".— Todo, porque mi novio tenía las mejillas un poco abultadas.
Otra víctima de sus antipatías fue Gunny, un gran danés que
era parte de la casa. Nos habían alquilado la casa con esa condición: cuidar
del perro, que se convirtió al poco tiempo en nuestro regalón.
—A este animal lo tratan mejor que a mí. — Se quejaba la
abuela cada vez que le dábamos de comer a Gunny.
Algunas noches, Margoth yo y Gunny nos encerrábamos en la
cocina para comer empanadas. Una de esas noches, Gunny, que era en extremo
inquieto, hizo caer un plato y un tenedor. Mi hermana lo sacó al patio,
atrayéndolo con una empanada.
—Váyase Gunny, -le dijo susurrante, mientras lo conducía a la
puerta-, usted no se porta bien.
El perro, tras devorar la empanada, intentó volver a la
cocina. Arañó la puerta hasta cansarse.
Al otro día, alguien nos despertó. Era la abuela, en traje de
calle.
—No pienso soportar más estos excesos. Ahora mismo voy a
escribirle a tu madre para que sepa lo que está pasando aquí. Vos, como la
mayor, tenés la obligación de cuidar a tu hermana. ¿Sabés lo que pasó anoche?
Margoth llegó con un hombre. Tuvieron una discusión en la cocina. Margoth le
tiró los cubiertos. Parece que el hombre no se quería ir, pero Margoth lo sacó
diciéndole que era un mal hombre y no lo quería para marido.
A esta altura del relato, me senté en la cama y le dije que
nada de eso era cierto, porque Margoth no se separó en ningún momento de mi
lado. La miré con furia, presa indignación.
—¿Usted vio eso, abuela?
—Sí, lo vi todo; porque ese hombre no se quería ir y golpeaba
la puerta de la cocina. Entonces me levanté y vi cómo salía de la casa,
arrastrándose por el patio. ¡Un hombre de bien no se esconde! Tenía puesto,
-concluyó triunfalmente la abuela-, un saco a cuadros.
De un salto, Margoth se levantó de la cama y regreso con
Gunny.
—Ahí tiene su saco a cuadros, abuela. — Dijo, mostrando un
chaleco a cuadros que precisamente esa noche, una fría noche de invierno, le
puso a Gunny.
—Yo no sabía que los perros hablaban. — Dijo la abuela y se encerró
en su habitación.
Al medio día, mientras almorzábamos, pollo naturalmente, hizo
un comentario insólito:
—Ya le voy tomando gusto a la carne de cóndor.
Y aún ahora, cuando escucho pasos por el corredor, pienso en
mi abuela. No me sorprendería en absoluto que abra la puerta y reaparezca.
— ¡Sólo mis nietas me tienen paciencia!
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