Se podría decir que este sol, -que ahora ilumina mi cara, se
posará pronto sobre mi cabeza y descenderá por mis espaldas hasta perderse en
el horizonte-, ya me conoce. Cuando llego aquí todo está igual, como siempre;
los geranios, el ceibo, la enramada. Me siento en un banco y espero. Tú me
pediste que lo hiciera. Me dijiste que volverías en esta misma fecha y yo te
prometí esperar. Mientras espero, recuerdo las cosas que me dijiste. Siento tu
voz, tus palabras sencillas pero intensas. Es todo lo que tengo, tus palabras.
Ni tú ni yo dudamos un solo momento de que volveríamos a encontrarnos. Ya sé
que es difícil comprender que haya gente como nosotros. He aprendido a ser como
tú. No me importa que los demás me miren con lástima. Cuando partiste sucedió
lo mismo. Creían que estabas loco. Y ahora, transcurridos los años, soy yo
quien debo llevar en los ojos ese brillo tenaz que alumbraba tus decisiones.
Debías partir y yo lo acepté. Por tanto, lo que te haya ocurrido es algo que
sólo a mí me pertenece. No es cierto, es algo que le pertenece al mundo. Ahora
se más de ti' de lo que nunca supe. Leo los libros que leíste y comprendo tus
razones. Contemplo la realidad que nubló tu mirada y sé que elegiste el mejor
camino. No estoy triste. Cuando la tristeza me rodea dejo que tu sonrisa
renazca en mis labios y no permito que nadie penetre en mi soledad. Es tan
hermoso recordar día tras día, el camino que anduvimos juntos. Nuestro primer
encuentro, en la universidad, y nuestra despedida, aquí, en este parque. Debo
irme. Llega la noche y se ha encendido el farol que se ve al final de la calle.
Camino y escucho el ruido de las hojas que mis pasos rompen, ¿Mis pasos? ¿Tus
pasos? Sé que estás junto a mí, que has vuelto. Dejo que el viento seque mis
lágrimas. Ahora voy por la calle. Me detengo y miro hacia atrás. La luz del
farol proyecta mi sombra en los muros.
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