Al principio eran mis pasos; ahora no se si
lo que escucho son los latidos de mi corazón. Me siento flotar en el aire, en
una situación irreal. El reflejo del sol sobre la arena hiere, sin embargo, mis
ojos. Tengo miedo. No puedo precisar cuánto hace que salí de casa.
Atravesamos el pueblo en dirección del
cementerio. Mi estado de ánimo no me permite reparar en nada más.
Llegamos a la casita blanca. Uno de los
hombres que me acompañan golpea la puerta.
—¿Quién es? —Preguntan desde el interior.
—Camilo y Manuel.
—Adelante.
Ingresamos. En el fondo de la habitación, de pie
junto a la ventana, está el hombre alto. Deja el mate en la mesa. Se acerca
lentamente. Es delgado. Su piel está tostada. Tiene el cabello color rubio,
crecido. Sonríe, ya no tengo miedo. Ahora está frente a mí. Casi puedo mirarme
en sus ojos, pardos. No hay duda es… él.
—¿Qué hacés? ¿Cómo te llamás?
—Elena. señor. —Pienso que se parece al Cristo de las estampitas.
—¡Qué hermoso nombre! Justo para vos. —Me indica que tome
asiento. —¿Qué edad tenés?
—Diez años . . . señor.
—No me llamés señor. —Dice, mientras se sienta. —¿Sabés quién
soy?
—Sí, usted es. . . Ramón. Mi papá me dijo en la Plaza quién
era usted. Usted tiene un amigo, un señor de lentes.
—Es Facundo. Por ahí anda. -Señala el patio- ¿y tu papá?
-Guardo silencio-. ¿y tu papá? —Repite.
—Mi papá murió. . .
Hace una semana. —Quiero llorar y me contengo.
—¿Tu mamá?
—Está en el hospital, enferma. Ella me dijo que usted me
necesitaba.
—¿Te dijo para qué?
—Sí, tengo que enseñarles el atajo y debo ir con ustedes,
hasta el árbol.
—¿Quién más conoce el atajo?
—Sólo yo lo conozco, ahora que mi padre murió.
Lloro. Ramón me sienta sobre sus rodillas. Me
habla al oído. Acaricia mi pelo y enjuga mi llanto. Ya no estoy triste.
Hablamos de muchas cosas. Me cuenta de sus hijos. Quiere que mamá y yo nos
vayamos a la isla, cuando él regrese. Pregunto algunas cosas y me responde a
todo.
El amanecer nos sorprende entrando en el
monte. Se escucha el bullicio de los monos. Las aves ya empiezan a cantar. Debo
estar atenta; observar bien todo y caminar con el sol de frente, para no perder
el rumbo. Debo concentrarme en lo que hago. Ellos lo saben, mejor que yo.
Caminan en silencio para no distraer mi atención. Saben que los niños nos
distraemos con cualquier cosa. Estamos en pleno monte. Vamos cautelosos, en
alerta. De pronto, el silencio es roto por un ruido metálico. Me inclino hacia
adelante. Junto a mis pies alcanzo a ver un destello en el machete de uno de
los hombres. Entre la hierba, se sacude el cuerpo sin cabeza de una yarará.
Ha pasado algún tiempo desde que cruzamos el
cañadón. El sol, desde el follaje, juega con mis ojos. No encuentro la señal.
Busco el árbol frondoso. Estoy angustiada. Los hombres callan. Se dan cuenta de
la situación y callan. Confían en mí. Ramón rompe el mutismo. Dice que nadie
conocía el monte mejor que mi padre. Y pienso entonces en mi padre, como si ese
pensamiento pudiera conducirme hasta el árbol. Sólo hasta ese sitio, porque ahí
comienza el atajo que conduce al Paraguay. Ahora recuerdo que mi padre había
dicho que, para llegar a la Argentina, cruzando por territorio paraguayo, no
había mejor atajo que ese. Los pueblos no saben de fronteras; ese es oficio de
milicos, decía, encendiendo su entorchado.
Mis labios están secos. Me siento agitada,
cansada. Soy una inútil… Estoy a punto de llorar y ahí está el árbol. Ese árbol
inmenso que es imposible no reconocer porque es diferente de los otros árboles.
Del otro lado del árbol, está el atajo. Y ahora Ramón me levanta entre sus
brazos y me besa. Debo regresar de inmediato. Facundo, que se ha lucido con el
machete, me acompañará en el regreso hasta el camino real. Cuando estoy a punto
de partir, Ramón me llama, juega conmigo a la veleta y deja entre mis manos una
flor. ¡Una flor de Irupé! Llévala siempre, me dice, ya nos volveremos a ver. Y
canta un tordo. No existirá momento igual.
II
—¿Qué pasa, mamá?
La voz de mi hijo me rescata de mis
recuerdos. Quiere saber en qué estoy pensando. Quiere saber por qué estoy
agitada. Él es así; lo pregunta todo, Pregunta cuándo volverá su padre.
Pregunta cuánto hace que se fue. Cuando respondo a la última pregunta, parece
que va a llorar. Saca cuentas en sus pequeños dedos. Los cuenta y los vuelve a
contar. Trato de tranquilizarlo. Converso con él. —Tu padre, al igual que vos,
nació en Argentina. —Trato de explicarle por qué se fue de Bolivia y no regresó
más.
—Pero yo quería que se quede. -Me dice llorando-. Le digo que
su padre no podía quedarse con nosotros, después de lo que pasó.
—Ahora duerme en su tierra, junto al mar. No debés ponerte
triste.
—Yo quiero que le escribás una carta. ¡Una carta linda!
—Bueno, si vos
querés lo haga, lo haré.
—Yo te voy a dictar la carta, mamá. -Me dice moviendo las
manos- Le vas a decir que nunca nos olvidaremos de él.
—Hijo; —Le digo entonces, porque pienso que ha llegado el
momento de tocar ese tema, —¿Te acordás de tu abuelo?
—No mucho, mamá. Recuerdo que me regaló un lorito, un lorito
que me lo robaron de la estaca.
—Bien, yo quería hablarte de tu abuelo.
Y le cuento que el abuelo, cazador de tigres como todos los
buenos chaqueños, descubrió un día un sendero que nadie conocía.
—¿Nadie? —Los ojos del niño se iluminan.
—Nadie. Sólo el abuelo.
—¿Y dónde lleva
ese sendero?
—Eso, tenés que descubrirlo vos mismo.
Y Mientras juega a cazador de tigres y se
imagina a sí mismo, fusil al hombro, atravesando el monte, alzo el teléfono y
llamo a Malú, mi prima. Le pido que cuide mi casa porque he resuelto viajar al
Chaco con el niño. Malú me pregunta sobre el motivo de mi decisión. Simplemente
quiero viajar, le digo, para no entrar en detalles. Cuando cuelgo el tubo,
regresa mi hijo.
—¿Y cuándo viajaremos, mamá? —Ahora mismo, Ramón.
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