—Pura, debo hablarte. — Dije, llamando a su puerta. Esto
sucedió ayer por la mañana.
Pura se demoró en abrir. Ya me tenían cansada sus peleas
conyugales. Cuando abrió tenía los cabellos en desorden y los ojos enrojecidos.
—Pura, lo siento mucho, pero tenés que mudarte.
Elías empezó a beber y Pura no fue capaz de alejarlo de la
bebida.
—Disculpe, doña Laida; nos iremos hoy mismo.
Le cancelé su sueldo (Elías, el jardinero, ya había cobrado el
suyo) y salí a la calle. A Luisito le faltan dos años para acabar sus estudios.
Cuando regresé, me dije, se hará cargo de todo. Luisito es hombre y sabrá cómo
administrar la granja. Regresé con la esperanza de que Pura, como ya lo había
hecho otras veces, no hubiera acatado mis órdenes. Pero esta vez no sucedió
eso. Su habitación estaba vacía. El albañil me informó que se fue llevándose
sus bártulos en una carroza. Entré en la casa. Tuve la sensación de que faltaba
algo en el aparador. Concluí que lo que había desaparecido era un juego de té,
Se trataba de un juego Rosenthal, que había heredado de mis padres. Salí a
hablar con el albañil. En ese momento llegó Pedrito. Bajó de su bicicleta y
preguntó por Pura, su hermana. No sabía, aparentemente, que se había ido de la
casa.
—Vos tenés que saber dónde se ha ido.
—No, señora.
—Si no me decís dónde se han ido te hago llevar a la policía.
—Tal vez se han ido a Terebinto.
Agarré la bicicleta de Pedrito y la metí en la casa. La guardé
en la habitación de Luisito.
— ¡Decile a tu hermana que venga a buscar la bicicleta!
Pedrito lloró. Trabajaba como mensajero y me advirtió que
podían echarlo del trabajo. Como no cedí a sus súplicas, se fue de la casa,
cabizbajo. Resolví acudir a la policía. Cuando declinó el sol, despedí al
albañil y me preparé para salir. Abrí el ropero y encontré el juego de té.
Estaba, sobre el piso, en una caja de cartón. Lo había guardado allí después
del cumpleaños de Rita. Permanecí el resto de la tarde aguardando a Pedrito. No
regresó y me sentí más sola que nunca.
No puedo dormir. Cuando estoy así, pienso en Luisito. Es todo
lo que tengo en la vida. Le prometí a mi hermana que cuidaría de él. Él es como
su madre, alegre, comunicativo, pero se parece a mí. Tiene mis ojos. Eso dicen
todos. Después de lo que le pasó a su madre, yo no quise casarme. Me dediqué
por entero a Luisito. ¿Cuatro?
No. Son tres. Son tres las campanadas que acabo de escuchar.
Ahora sólo escucho el tictac del péndulo y una suave lluvia que cae sobre la
casa. Dejé encendida la luz del cuarto de Luisito. Veo, desde mi cama, cómo se
filtra esa luz por el espacio que hay entre el suelo y la puerta. Es sutil,
como una mancha luminosa que declina en penumbra y en oscuridad. Siento que hay
alguien detrás de esa puerta. Puede ser el viento y de pronto pienso que no,
que es gente. Creo escuchar susurros.
¿Ladrones? No, guardarían silencio. Deben ser Elías, Pura y Pedrito. Vinieron
por la bicicleta. No, no se habrían atrevido a tanto. Me invade el miedo. Debo
conservar la cabeza. Buscar el revólver. Podría telefonear ¿de qué serviría? Es
demasiado tarde para llamar por teléfono. Abro el cajón de mi mesa de noche y
saco el revólver. No encenderé la luz. Debo sorprenderlos ¿por qué no ladró el
perro? Tiembla el revólver en mi mano. La puerta que da al patio está cerrada.
Abro esa puerta. El perro está en el umbral. Me mira, entre ansioso y atento.
Sus orejas apuntan hacia adelante. Al acercarme, se le eriza el pelaje.
Retrocede al escuchar mi voz. Ahora se me acerca. No ha llovido. Tampoco hay
viento. ¿Qué fue entonces lo que sentí? Entro en la casa. Para llegar al cuarto
de Luisito, debo atravesar el salón. La puerta, que estaba cerrada, está ahora
entreabierta. No debo perder la calma. Mi corazón late al ritmo del péndulo. Se
me hace difícil respirar; tengo miedo. Abro la puerta con la mano izquierda;
con la derecha esgrimo el revólver y disparo contra algo que se me mueve frente
a mí. Mi imagen, múltiple, dispersa por el piso, está en cada fragmento del
espejo. Caída también está la causa de toda esta situación: la bicicleta de
Pedrito. Como si se burlara de mí, su rueda trasera gira y gira…
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