Omar, nuestro hermano, parece no verla. Mamá pasa por su lado
sin reparar en ella. Sin embargo, Alba está ahí. Yo la miro, sonrío y guardo
silencio. Cuando mamá u Omar me sorprenden hablando con Alba, se enfadan. Mi
madre acaba de retirar de la pared et retrato de papá y sale de la casa con
Omar; lo harán enmarcar de nuevo.
—Alba, -le digo a mi hermana-, ¿piensas en papá?
—Sí, Aurora, pienso en él.
Recuerdo que la noche en que murió papá nos prohibieron salir
de nuestro cuarto. Teníamos miedo. Comenzamos a llorar. Papá, entonces, vino a
vernos. Dijo que tenía que hacer un largo viaje. Cuando le contamos a mamá que
papá se había despedido de nosotras, se enojó mucho.
—Alba, papá no hubiera dudado de mí:
—No, Aurora.
Cuando murió abuelita se repitió la escena: nos encerraron y nos
advirtieron que no debíamos salir de nuestro dormitorio. Alba me propuso
escapar por la ventana. Y así lo hicimos. Abuelita estaba en el jardín,
tejiendo en la oscuridad. "No se necesita luz para tejer", explicó y
nos dio un beso. Dijo que se estaba tejiendo un chal porque tenía que viajar. ¡Abuelita
va a viajar! Irrumpimos, gritando a dúo, en el salón. Y callamos, porque
abuelita, entre candelabros y flores, estaba en ataúd, dormida.
—Alba - (le hago una seña para que guarde silencio)- parece
que mamá se ha desanimado de ir a la vidriería.
Mamá sube por la escalera. Siento el ruido de sus pasos. Me
acerco a la ventana y miro. Omar está en el auto. Trata de encenderlo y no
puede. Alba está a su lado, pero Omar no la ve. Sale del auto y levanta el
capot. Vuelve a la casa en busca de herramientas. Trata ahora de arreglar el
motor. Alba me mira y sonríe. Sabe que Omar me había prometido, esa mañana,
llevarme de paseo. No ha cumplido su promesa y Alba hace gestos y morisquetas,
burlándose de él. Omar vuelve al automóvil y prueba otra vez: No se enciende.
Sale y llama a Rosa, la empleada. Empujan el auto hasta la calle, para
encenderlo aprovechando la pendiente. Se desanima y vuelve a la casa. Está
furioso. Me escucha reír.
— ¡Mamá, Aurora está hablando sola!
—Déjala tranquila, hijo. Recuerda que está delicada.
¿Enferma yo? Nunca me he sentido mejor. Pienso que Omar quiere
que me lleven al médico. Me vigila todo el tiempo.
Me gusta mi nombre, Aurora. Alba y Aurora quieren decir lo
mismo. Mamá quería que nos llamemos Mariana y Ana María. Papá quería algo
simétrico: como Alis y Sila, por ejemplo. Después de mucho discutir, nos
quedamos con Alba y Aurora. Cuando Alba salía a jugar por los alrededores y yo
me quedaba en casa, tenía que decirle, al regresar, todo lo que había hecho.
—Te has bañado en la fuente.
—Si. —Porque yo sentía en los pies ese estremecimiento
que produce el agua cuando Alba se
metía en la fuente.
Al siguiente día, era yo quien salía a jugar.
—Has comido manzanas.
—Si. —Porque Alba sentía el sabor de las manzanas cuando yo
las mordía.
186
Cuando Alba se enfermó y la llevaron a la clínica, me quedé
sola en la casa. Nadie hablaba en voz alta.
—Es mejor, -me dijo un día mi madre-, que te vayas al campo.
Fueron los días más tristes de mi vida. Todo, de improviso, perdió interés para
mí. Ni siquiera el atardecer, cuando los pájaros regresaban a sus nidos y
cantaban, llamaba mi atención. Era Alba quien sabía distinguir el canto de cada
pájaro. Un día, sentada en el corredor, escuchando a los pájaros, sentí a mis
espaldas la voz de Alba.
—Es un jilguero. —Me dijo.
Y todo regresó a ser como había sido antes. Corríamos por los
potreros, jugábamos a las escondidas y algunas veces, cuando nos dejaban solas,
trepábamos a un árbol.
Regresé del campo. Mamá y Omar me estaban esperando en la
puerta de la casa. Nunca los había visto tan serios. Me llevaron a la sala y
mamá se sentó junto a mí. Me abrazó y me besó.
—Aurora, -me dijo-, Alba ha muerto.
Lloré, pero no por la muerte de Alba; por mamá, que se puso a
llorar y me contagió su llanto. A los pocos días, Omar me sorprendió hablando
con Alba y habló con mamá. Me llevaron al médico y empezaron las tabletas, las
inyecciones y ese peregrinaje por consultorios donde otros médicos volvían a
hacerme las mismas preguntas. Parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo
en un sólo propósito: que me olvidara de Alba, cosa que era imposible. Cuando
me obligaban a dormir, Alba reaparecía en mis sueños. Omar me vigilaba
tenazmente. Estaba, eso es lo que yo pensé, celoso. La única persona que
parecía no preocuparse por mis conversaciones con Alba, era la empleada, Rosa.
Aparentemente, nuestros diálogos le resultaban divertidos, porque se reía. Reía
y se encerraba en la cocina. Alba y yo comprendimos que Rosa se estaba burlando
de nosotras. No le permitíamos intervenir en nuestros diálogos y se reía.
Tenemos que darle una lección, me dijo Alba, y yo acepté.
Alba y yo estábamos de acuerdo en todo, menos en los colores.
A ella le gustaba el color azul y a mí el rojo. Mamá, que nos confundía
frecuentemente, dejó que Alba tuviera el cabello largo. Al mío, en cambio, me
lo hacía cortar regularmente.
—Aurora, -me dijo Alba-, ponte tu vestido rojo y anda a la
cocina. Dile a Rosa que la necesito.
Cuando Rosa, cumpliendo mi instrucción, entró en nuestro
cuarto se encontró con Alba, vestida de azul y con el pelo suelto. Salió
corriendo de la habitación, Ese mismo día se fue de la casa.
Desde entonces, no hemos vuelto a tener empleada.
Parece que, definitivamente, mamá y Omar se quedarán en la
casa. Cuando el auto no funciona es así. Mamá detesta los taxis y Omar es un
cómodo.
—Alba, -le digo en voz baja a mi hermana-, quiero ir de paseo.
Alba me propone salir por la ventana y escapar en el auto que está estacionado
en la calle. Nos deslizamos, procurando no hacer ruido, por una enredadera que
baja hasta el jardín. Omar ha dejado el auto con llave. Alba se sienta al
volante. Siento miedo porque no sé manejar, pero pienso que Alba sí sabe.
Enciende el auto y arranca. Bajamos por la calle a toda velocidad. Veo en el
espejo a Omar que gesticula y corre. Alba presiona el acelerador y se ríe.
— ¡Aurora! - ¡Alba!
¡Qué hermoso es estar juntas!
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