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Blanca Elena Paz - Simetría

 


Omar, nuestro hermano, parece no verla. Mamá pasa por su lado sin reparar en ella. Sin embargo, Alba está ahí. Yo la miro, sonrío y guardo silencio. Cuando mamá u Omar me sorprenden hablando con Alba, se enfadan. Mi madre acaba de retirar de la pared et retrato de papá y sale de la casa con Omar; lo harán enmarcar de nuevo.

—Alba, -le digo a mi hermana-, ¿piensas en papá?

—Sí, Aurora, pienso en él.

Recuerdo que la noche en que murió papá nos prohibieron salir de nuestro cuarto. Teníamos miedo. Comenzamos a llorar. Papá, entonces, vino a vernos. Dijo que tenía que hacer un largo viaje. Cuando le contamos a mamá que papá se había despedido de nosotras, se enojó mucho.

—Alba, papá no hubiera dudado de mí:

—No, Aurora.

Cuando murió abuelita se repitió la escena: nos encerraron y nos advirtieron que no debíamos salir de nuestro dormitorio. Alba me propuso escapar por la ventana. Y así lo hicimos. Abuelita estaba en el jardín, tejiendo en la oscuridad. "No se necesita luz para tejer", explicó y nos dio un beso. Dijo que se estaba tejiendo un chal porque tenía que viajar. ¡Abuelita va a viajar! Irrumpimos, gritando a dúo, en el salón. Y callamos, porque abuelita, entre candelabros y flores, estaba en ataúd, dormida.

—Alba - (le hago una seña para que guarde silencio)- parece que mamá se ha desanimado de ir a la vidriería.

Mamá sube por la escalera. Siento el ruido de sus pasos. Me acerco a la ventana y miro. Omar está en el auto. Trata de encenderlo y no puede. Alba está a su lado, pero Omar no la ve. Sale del auto y levanta el capot. Vuelve a la casa en busca de herramientas. Trata ahora de arreglar el motor. Alba me mira y sonríe. Sabe que Omar me había prometido, esa mañana, llevarme de paseo. No ha cumplido su promesa y Alba hace gestos y morisquetas, burlándose de él. Omar vuelve al automóvil y prueba otra vez: No se enciende. Sale y llama a Rosa, la empleada. Empujan el auto hasta la calle, para encenderlo aprovechando la pendiente. Se desanima y vuelve a la casa. Está furioso. Me escucha reír.

— ¡Mamá, Aurora está hablando sola!

—Déjala tranquila, hijo. Recuerda que está delicada.

¿Enferma yo? Nunca me he sentido mejor. Pienso que Omar quiere que me lleven al médico. Me vigila todo el tiempo.

Me gusta mi nombre, Aurora. Alba y Aurora quieren decir lo mismo. Mamá quería que nos llamemos Mariana y Ana María. Papá quería algo simétrico: como Alis y Sila, por ejemplo. Después de mucho discutir, nos quedamos con Alba y Aurora. Cuando Alba salía a jugar por los alrededores y yo me quedaba en casa, tenía que decirle, al regresar, todo lo que había hecho.

—Te has bañado en la fuente.

—Si. —Porque yo sentía en los pies ese estremecimiento que   produce el agua cuando Alba se metía en la fuente.

Al siguiente día, era yo quien salía a jugar.

—Has comido manzanas.

—Si. —Porque Alba sentía el sabor de las manzanas cuando yo las mordía.

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Cuando Alba se enfermó y la llevaron a la clínica, me quedé sola en la casa. Nadie hablaba en voz alta.

—Es mejor, -me dijo un día mi madre-, que te vayas al campo. Fueron los días más tristes de mi vida. Todo, de improviso, perdió interés para mí. Ni siquiera el atardecer, cuando los pájaros regresaban a sus nidos y cantaban, llamaba mi atención. Era Alba quien sabía distinguir el canto de cada pájaro. Un día, sentada en el corredor, escuchando a los pájaros, sentí a mis espaldas la voz de Alba.

—Es un jilguero. —Me dijo.

Y todo regresó a ser como había sido antes. Corríamos por los potreros, jugábamos a las escondidas y algunas veces, cuando nos dejaban solas, trepábamos a un árbol.

Regresé del campo. Mamá y Omar me estaban esperando en la puerta de la casa. Nunca los había visto tan serios. Me llevaron a la sala y mamá se sentó junto a mí. Me abrazó y me besó.

—Aurora, -me dijo-, Alba ha muerto.

 

Lloré, pero no por la muerte de Alba; por mamá, que se puso a llorar y me contagió su llanto. A los pocos días, Omar me sorprendió hablando con Alba y habló con mamá. Me llevaron al médico y empezaron las tabletas, las inyecciones y ese peregrinaje por consultorios donde otros médicos volvían a hacerme las mismas preguntas. Parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo en un sólo propósito: que me olvidara de Alba, cosa que era imposible. Cuando me obligaban a dormir, Alba reaparecía en mis sueños. Omar me vigilaba tenazmente. Estaba, eso es lo que yo pensé, celoso. La única persona que parecía no preocuparse por mis conversaciones con Alba, era la empleada, Rosa. Aparentemente, nuestros diálogos le resultaban divertidos, porque se reía. Reía y se encerraba en la cocina. Alba y yo comprendimos que Rosa se estaba burlando de nosotras. No le permitíamos intervenir en nuestros diálogos y se reía. Tenemos que darle una lección, me dijo Alba, y yo acepté.

Alba y yo estábamos de acuerdo en todo, menos en los colores. A ella le gustaba el color azul y a mí el rojo. Mamá, que nos confundía frecuentemente, dejó que Alba tuviera el cabello largo. Al mío, en cambio, me lo hacía cortar regularmente.

—Aurora, -me dijo Alba-, ponte tu vestido rojo y anda a la cocina. Dile a Rosa que la necesito.

Cuando Rosa, cumpliendo mi instrucción, entró en nuestro cuarto se encontró con Alba, vestida de azul y con el pelo suelto. Salió corriendo de la habitación, Ese mismo día se fue de la casa.

Desde entonces, no hemos vuelto a tener empleada.

Parece que, definitivamente, mamá y Omar se quedarán en la casa. Cuando el auto no funciona es así. Mamá detesta los taxis y Omar es un cómodo.

—Alba, -le digo en voz baja a mi hermana-, quiero ir de paseo. Alba me propone salir por la ventana y escapar en el auto que está estacionado en la calle. Nos deslizamos, procurando no hacer ruido, por una enredadera que baja hasta el jardín. Omar ha dejado el auto con llave. Alba se sienta al volante. Siento miedo porque no sé manejar, pero pienso que Alba sí sabe. Enciende el auto y arranca. Bajamos por la calle a toda velocidad. Veo en el espejo a Omar que gesticula y corre. Alba presiona el acelerador y se ríe.

— ¡Aurora! - ¡Alba!

¡Qué hermoso es estar juntas!

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