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Daniel Averanga Montiel: "Pohemia" o mi pretexto para hablar de mí y de otros huevones que dicen escribir literatura.

 


Una de las cosas más difíciles (e inútiles) en esta vida es abrirse camino través del insidioso mundo de las letras, muchas veces uno lo recorre a empujones, a veces rompiéndole la cara al greñudo pretencioso de turno para hacerse un campo y muy pocas veces, eso sí, muy pocas veces a uno le permiten recorrer ese camino con todas las de la ley: es decir, siendo reconocido o valorado como escritor por los demás: pero lo más alarmante de este recorrido no es que todo esté barnizado por un sentido azaroso en donde nadie te garantice que todo lo que escribas valdrá la pena, no; lo más triste sucede cuando no estás consciente de reconocer tu origen, asumir de dónde viniste, de cómo iniciaste tu esfuerzo por contar cosas, por hacer que la gente deje un rato lo que estaba haciendo para tirarte bola a ti, como si fueras más importante que la misma realidad; no recordar el pasado, el origen de tu oficio, además de triste, es ingrato para uno mismo. Nadie debería considerarse escritor si va a estar haciéndose al olvidadizo con su nacimiento como tal.

Recordar siempre el origen propio en literatura es como no perder de vista la historia para nuestra gente. Si olvidamos de dónde vinimos, estaremos condenados a repetir los errores en un bucle de pesadilla; no en vano hay tanta amargura en el mundo, tanta gente que no aprende de sus errores, que despierta un día y dice: “¿Por qué he perdido tanto tiempo?”.

Borrar el pasado no garantiza que no se repita.

Escribir es, siempre lo he dicho, difícil e inútil, como inútil es ver una película sobre violencia de género y creer que esa película impedirá que haya violencia de género o la eliminará del todo; pero que se conste en actas, no por ello, no por ser difícil e inútil, escribir significa hacer algo horrible. Más al contrario, escribir es una de las cosas más bellas, inútiles y difíciles que hay en esta tierra. ¿Por qué? Preguntarán los que estudian ingeniería o los que tienen sus grupitos de música que se creen los próximos Burzum, y les respondo rapidito: porque escribir es un arte, un arte que, como todas las otras artes, no tiene un certificado de calidad, una garantía de que todos amarán lo que creas; asimismo, una película sobre violencia de género también será bella, a pesar de que será apreciada solo por las personas que crean que la violencia de género existe como lucha reivindicativa y que puede adaptarse a la pantalla grande de una manera artística en pleno.

Escribir es inútil, difícil y bello; entonces, ¿para qué escribir? ¿Por qué escriben los escritores?

Hay tres respuestas posibles: los escritores escriben para mostrar lo que son, lo que podrían ser y lo que no son. Hay que tener cuidado con los últimos, con los que escriben lo que no son, porque son ellos los responsables de que haya tanto mal escritor. Demostrar que uno no es uno sino otro en escritura es lo más bajo, por ello mi largo proemio sobre este aspecto: no perder la autenticidad es difícil, pues si bien muchos buenos escritores mostraron a un inicio lo que podrían ser y ahora muestran lo que son, nunca mostrarán lo que no son: no mentirán a los lectores, porque ya mienten con sus creaciones, sería absurdo mentir sobre lo otro, sobre lo que no se lee, pero se entiende en su literatura. Y aquí entramos en materia con el libro de Erwin Masi, que muestra tanto lo que es, como lo que podría ser.

Masi trabaja este libro con una autenticidad digna de llamar nuestra atención, esa autenticidad que cada buen escritor posee, no porque tenga un talento único, llamativo y soberbio, sino porque se nota en cada uno de sus versos una naturalidad que bien podría pertenecer a un alma rimbaudiana que hace poesía por manifestar un sentimiento o dos, para luego ser traficante de armas o criador de chanchos, no importa al final el meollo del porqué decidió hacerlo, le salió bien y eso es lo que interesa... ahí está la autenticidad que cada lector y crítico busca, que se resume en la necesidad de Masi por armar una serie de trabajos poéticos o trabajos con poética que pertenezcan a su experiencia: la premura por contar algo, un sentimiento, una sensación, una raigambre de intuiciones y esperar que nosotros, como lectores, coincidamos con su visión del mundo desde un encierro cívico. Vargas Llosa lo hizo, también Rimbaud, sin olvidar a Viscarra: lo vivido se plasma en la literatura y se muestra al mundo, con la esperanza de que el mundo no mande a la mierda dichas apreciaciones; pocos triunfan, mucho menos viven para conocer la opinión de la gente a la que le gustó el producto en cuestión. Es así, los lectores son crueles, pero más crueles son los olvidos.

Pohemia se siente necesario, no como un libro más, o no solo como un libro objeto más, sino como un testimonio de alguien que ha visto en una etapa de su vida una oportunidad para contar lo que siente, y eso es ya valeroso y digno de felicitar.

Pasa el tiempo y dejamos de ser amigos de personas que fueron amigos en la escritura alguna vez y que perdieron su esencia mientras más notoriedad adquirían en este mundo hipócrita; nosotros mismos avanzamos con libros y dejamos esa naturalidad que hacía atrayentes nuestros primeros libros; nos volvemos impertinentes, poseros, sobradores, les decimos a los que inician cómo hacer para que te tiren bola, somos correctos en las redes sociales, dañamos a otras personas con nuestro ego y olvidamos que fuimos alguna vez autores primerizos; si vieran en congresos literarios la cantidad de egos inflados, de personalidades maquilladas por los premios, por coños comidos como trofeos y abortos financiados para evitar responsabilidades, si vieran se caerían de espaldas y dirían que este mundo artístico es tan arte como mierda; muchos perdemos la esencia de nuestras primeras veces escribiendo, y eso está mal. Muchos de los que ya tenemos unos años en este mundo productivo, escribimos sin mostrar lo que somos, lo hacemos asumiendo que somos geniales, buenos, capos, simpáticos e irresistibles; eso es solo una vil y absurda mentira; somos escritores, y como tal, somos nada especiales, de hecho, si le pidiera a uno de aquellos que se dice escritor, el ganarse el pan con el trabajo de sus manos, tendríamos montones de wawalones muertos por inanición.

Escribir sin perder la esencia, eso es lo que necesitamos; hay que escribir como lo hace Masi en esta obra suya: no pierde en ningún instante su posición en el mundo. Es un observador del todo, lo describe y lo sueña y lo plasma, y nos hace sentir que estamos allá, con él, haciendo vigilia en tanto la noche pasa y se desliza lentamente por el tiempo.

No perdamos de vista a este poeta, por favor, y no dejemos que el tiempo nos cambie para mal.

Yo tengo la esperanza de que Masi seguirá siendo tan genuino y natural como demuestra en su escritura.

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Daniel Averanga Montiel, es escritor y crítico literario orureño, radicado en la ciudad de El Alto.


El presente artículo es publicado con la autorización del autor, podrá ser retirado de este sitio a simple requerimiento del mismo.

 

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