Cuando desperté se había ido. Sin embargo,
continuaba ahí. Estaba, de algún modo, impregnándolo todo. No había en ningún
objeto rastros de su presencia. Tengo
una forma especial de apagar los cigarrillos; y era obvio: nadie más que yo
había fumado esa noche. Di varias vueltas por la habitación. Entré al baño. Lo
escudriñé todo. Salvo su aroma, ese aroma que sólo yo podía identificar, tan
personal, tan suyo, ninguna otra cosa atestiguaba que Inés había estado aquí.
Recuerdo que estudié hasta muy tarde. Cuando el sueño empezó a revolotear sobre
mis ojos, como una mariposa de felpa, apagué la luz. Entonces, alguien llamó.
Miré desde la ventana: nadie había en la calle, pero ya no pude conciliar el
sueño. Salí a caminar; nada mejor que un poco de caminata para dormir bien.
Regresé y me desnudé en la oscuridad. No quería que el resplandor de la luz me
robara ese difícil sueño que había rescatado durante la caminata. Me acosté
y... Entre la conciencia y el sueño, como un puente tendido en el vacío, hay un
tramo de lucidez. Es en ese instante, pienso ahora, que percibí su aroma. Es
posible que su voz hubiera brotado al concluir el puente, cuando estaba a punto
de dormirme. "Estoy aquí, Néstor;
soy Inés". Imposible no reconocer su voz. Se acostó a mi lado. Debía
evitar todo contacto. Me deslicé hasta
el borde de la cama y me mordí los labios. Lo que sucedió después pertenece al
sueño. Ese temor que, finalmente, vencí. Su delgado cuerpo había florecido, de
pronto, como una rosa súbita. Irradiaba una luz tangible, palpable. Era ella, sí,
pero, distinta. Su cabellera, ahora desatada, corría sobre su pecho como un
manantial de oro. Sus labios, casi mustios, se perfilaban en dos trazos
rotundos. Era, por decirlo así, como si se hubieran materializado. El amor en
el sueño se rige por otras leyes. ¿Fue aquél un encuentro? Nada, sin embargo,
había sido más real que ese hundimiento en la profundidad de su abrazo. Nada
más intenso que esa fusión íntima. Mi sueño se había resuelto en otro sueño,
cuya realidad está presente aquí, en ese aroma, en ese espacio que Inés ocupó y
dejó habitado de su presencia. Pienso ahora que sólo a partir de ese día Inés y
yo comenzamos, verdaderamente, a existir. Recién entonces todo, la
contemplación infinita de su imagen, ese diálogo mudo que marcó nuestra
infancia, empezó a tener sentido. Ya no era Inés, como lo había sido hasta ese
momento, un simulacro temible. Ese modo, tan de ella, de mirar el mundo, como
si el mundo hubiera sido hecho sólo para sus ojos. Sus manos, descansando sobre
los cuadros de su falda, más allá del tiempo. La leve y turgente insinuación de
su pecho, apuntado a la vida. Era ella que, de improviso, descendió del lienzo
en que estaba atrapada y se convirtió en mujer.
La aspiro hasta impregnarme totalmente de su recuerdo. Abro las ventanas
y dejo que su aroma, su dulce aroma, inunde el día.
Elías Serrano Pantoja, es cineasta, guionista, productor, actor escritor y poeta boliviano, nacido en Cotoca, Santa Cruz.
Fotografía: Perfil de Facebook de Elías Serrano

Comentarios
Publicar un comentario