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Freddy Estremadoiro Romero - Itaiqué o los hijos del Sutó

 

Se escuchó un plañidero silbo y apareció, en el extremo del andén, la vieja locomotora. Aunque no era domingo, la gente se había vestido de fiesta para esperar el último tren de la semana. Contrastaba, en el atardecer, el amarillento marfil de la casona que oficiaba de estación con el oscuro follaje de los árboles; bajo sus copas, como enormes sombrillas, se podía ver algunos bueyes que rumiaban apaciblemente. Poco a poco, tragados por los vagones, desaparecieron los rieles. La locomotora se detuvo. Lanzó al aire un reguero de chispas y anunció su arribo con un pitazo triunfal. Alegres rostros se enmarcaron en las ventanillas de los vagones de pasa jetos. Por los anchos andenes, como una coreografía multicolor 'Y bulliciosa, se desplazaba el público. En el último vagón, en la sección destinada al ganado, llegaba Itaiqué.

Tres días antes, Itaiqué, que había planeado este viaje minuciosamente, se levantó de madrugada. El cielo, despejado y limpio, lo saludó desde sus estrellas. Había que aprovechar la fresca y llegar lo más pronto posible al cruce. Empezó a caminar rápidamente. Buen baquiano, Itaiqué se sabía de memoria cada una de las sendas que salían de su chaco. Llegó a la pampa y apuró et tranco. Cuando estaba en media pampa, empezó a clarear. Ahora se podía ver el sol, como un disco de fuego atrapado entre los árboles. Ganó la punta de una loma y se dio la vuelta. Contempló entonces el paisaje que iba dejando atrás: suaves serranías que se recostaban sobre la oscura extensión de la llanura. Allí había nacido, de padres cuyo origen, como las lianas del monte, estaba también en esas tierras. Creyó escuchar, distantes, los retumbos de un tacú y pensó en su madre.

 La noche anterior, sentado en la puerta de su pahuichi, Itaiqué había reflexionado seriamente sobre la vida. Domingo a domingo, después de la misa, cuando el padre José le permitía hojear sus viejas revistas, había forjado esa decisión que ahora, finalmente, comenzaba a cumplir. Aunque no sabía leer, las imágenes de las revistas le hablaban de un mundo mágico. Un mundo que se encontraba, según sus reflexiones, en el destino final del tren. Un mundo que se hacía más intenso en los crepúsculos, cuando maduraba la chicha y se precipitaba el siripi al fondo de los cántaros. Los hechizos de Oboí, que era necesario conjurar con humo de tabaco, nada podrían hacer contra ese mundo, pensó y reanudó su caminata.

No fue una decisión fácil. Algunas noches, cuando escuchaba los relatos de los viejos, Itaiqué desistía de su proyecto. Se enteró así de la existencia de la siringa; las interminables caravanas de paicos que jamás regresaron de la región de los gomales. Era como una pesadilla, que empezaba en el momento del reenganche, cuando todo parecía fácil y no había que hacer otra cosa que apuntarse en un cuaderno para recibir el anticipo, y terminaba en las estradas. Los que no sucumbían por la malaria, morían por el látigo. Itaiqué escuchaba y pensaba: esos hechos habían ocurrido hace mucho tiempo y ahora, probablemente, las cosas habrían cambiado. Sí, era otro tiempo el suyo y ahí estaban corroborando su presunción, los rieles del tren. Los hombres que lo construyeron cobraban por su trabajo y no estaban encadenados. El, Itaiqué, lo había visto. Cuando el tren anunciaba su arribo al cruce, se reafirmaba en su decisión de partir y llegar a ese tiempo donde sus sueños podrían realizarse.

Ahora, Itaiqué, frente al cruce, bajo la sombra de un tajibo, comenzó a esperar. Pensó en su madre: le había prometido enviarle la mitad de su salario. Desató su chipa. Todo lo que traía era un pedazo de charque, dos camisas y un pantalón. Nunca más permitiría que le paguen su salario en camisas de lienzo. Comenzó a masticar suavemente, sin prisa. A los diecisiete años, fuerte y flexible como un totaí, se sentía dueño del mundo. No le importaba que el tren, que debía haber llegado a esa hora, se hubiera atrasado en arribar al cruce. Se levantó y se paró en medio de los rieles. Imaginó el tren, cortando la selva y enarbolando al cielo una bandera de humo. En ese tren llegaría su libertad. Cruzó sobre el cielo, al ras de las nubes, una bandada de loros. Viajaban también, pensó Itaiqué, en pos de otro destino.

Algo erizó el follaje. No era el viento. Es fácil identificar el viento, así sople débilmente. Silba o resuena como un árbol desplomándose. Y desde una distancia imprecisa, Itaiqué sintió llegar, como navegando sobre las copas, un aullido intangible. Su corazón empezó a latir con fuerza. Pronto, como la proximidad de un río en turbión, sintió ese profundo estrépito de las ruedas en movimiento. El fragor se hizo más intenso y apareció la locomotora. Comenzó a frenar y se detuvo suavemente a un lado del cruce. Ahora Itaiqué, que había pensado los detalles más nimios de su aventura, debía acercarse al maquinista y proponer el trato: permitir que, a cambio de acarrear leña, lo dejaran viajar. en el último vagón, con las reses.

Sí, todo lo había previsto. El agua que debía beber se agitaba en su tari al ritmo del tren. Traía charque para aplacar su hambre. Y el viento que soplaba, procedente del Norte, lo entibiaba y lo refrescaba como una suave e interminable caricia. Durante la noche, se recostó contra los barrotes del vagón y durmió. Las reses, maniadas, no entrañaban ningún peligro. Lo había previsto todo y, sin embargo, al segundo día de su viaje, sintió que el traquido del tren, emocionante al principio, se iba convirtiendo en una monótona canción que adormecía su cuerpo. El cansancio, como una lengua áspera, fue lamiendo sus articulaciones y llegó hasta sus huesos. Cuando el tren se detenía, temeroso de que alguien lo echara del vagón, se ocultaba entre las reses. Desconfiaba del trato que había hecho porque comprendía que sobre el maquinista había otros hombres con más poder. Ya sólo faltaba un día para llegar a destino. Debía medir el agua de su tari. La sed es más peligrosa que el hambre. El olor a jumbacá, al principio irritante, se le había hecho más tolerable. Era el sueño, el inmenso sueño que le cerraba los párpados, lo que más lo atormentaba. Sólo un día e Itaiqué saldría de esa prisión rodante para culminar su aventura. En su chipa, entre sus camisas, traía una carta del padre José para el superior de los franciscanos en Santa Cruz. Ahora, mediodía, apuró las últimas gotas de su tari y se sintió renacer porque en ambos costados de la vía se multiplicaban los chacos y se podía ver, con más frecuencia, casas y gente. Cuando el tren llegó a la estación, Itaiqué sintió, por vez primera, miedo. Llevó sus manos al amuleto de semillas de algodón que colgaba de su cuello y murmuró una plegaria.

 La gente se había distribuido a lo largo del andén y saludaba. Saludaba moviendo las manos, gesto ritual que Itaiqué interpretaba de otra manera. Algunos recibían bultos que se pasaban a través de las ventanillas. El rumor, salpicado de gritos agudos, penetró en sus oídos como un viento indescifrable. Nadie parecía respetar a nadie, y todos se atropellaban. Su miedo se hizo más intenso. No era este miedo, sin embargo, como el miedo que sentía en el monte cuando sus ojos, infantiles y oblicuos, distintos de los ojos de esa gente, temían encontrarse en el maizal con el duende Jatoká. Sintió un estremecimiento que descendió por sus piernas hasta sus anchos y callosos pies ¡Toir! Nadie, ni siquiera él mismo, escuchó la invocación que hizo involuntariamente del dios Toir; dios al que había que ofrecerle el primer choclo para que el maizal madurara en plenitud y no se secara. Recordó el punzón de su padre, entrando y saliendo, una y otra vez, del misterio de la tierra. ¡Toir! Cuando el primer hombre blanco llegó a las serranías de Chiquitos, a orillas del Sutó, no le ofrendó a Toir y clavó la cruz donde más tarde se levantó la iglesia del padre José.

 Agobiado por el miedo, Itaiqué se sentó en el vagón, sobre el endurecido excremento de las reses. La gente, entre bultos, canastos y maletas, conformaba grupos que se iban rápidamente. La estación quedó vacía. De pronto, sintió un violento sacudón y el tren empezó a retroceder. Se puso de pie, afirmándose en los barrotes. Quiso gritar, pero no pudo encontrar el sonido o el vocablo adecuado para hacerlo. Afortunadamente, la marcha del tren fue corta: se detuvo en un patio inmenso junto a otros trenes que descansaban también de su fatigosa travesía. Y el tiempo, ese tiempo que Itaiqué había sobrevolado con alas ligeras, impulsado por sus sueños, recobró su dimensión lenta y gris. Itaiqué empezó a caminar. Iba y venía dentro del vagón, combatiendo la pesadez del sueño y la sed. La tarde alargó la sombra de los trenes. Y llegó la noche, desde el enigma circular del horizonte. Se encendieron las luces; amarillentas luces que le sugerían, por su irrealidad, lágrimas, y un viento leve penetró en el vagón. Por la dirección de donde venía, Itaiqué se dio cuenta que ese viento procedía del Sur. Abrió su chipa y sacó sus dos camisas: era todo lo que tenía para combatir el frío.  La sinfonía del monte, distante y ronca, empezó a declinar. El frío se hizo más intenso. Sur con agua, se dijo Itaiqué y enjugó su rostro con un trapo.

Sobrevivía el canto de un grillo. Un grillo que el gato blanco del Sur acalló, finalmente, de un zarpazo.

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Freddy Estremadoiro Romero, Santa Cruz, Bolivia, 1953. Poeta, cultiva el cuento y el dibujo. Trabaja como educador. 

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