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Gabriela Ichaso - La creciente

 

Enero corre tórrido y pegajoso. El sol, fulminante, flecha la asfixia de la tarde. La tierra se parte en polvorientos pedazos. Alucinógeno, un hilo de agua viaja entre surcos secos. Polvo y silencio. Silencio que se quiebra por el lejano bramar de un trueno. Ladra un perro. Su ladrido, desganado, se sume en la profundidad del monte. Por entre viejos cañaverales, lo que fue un rancho se funde también en la ruinosa desolación. No se engaña la vista. Detrás de un cerco, ya vetusto, hay un par de bueyes. Se ven sus sombras, moviéndose. Y flamea, a lo lejos, un relámpago.

—Juan Cruz, hijo, te he dicho que abras la tranca.

Se filtra, hasta el umbral de la choza, un rancio olor a culipi. Hierve el verano en paredes que observan desde sus grietas, la escena: una mesa destartalada que lidia con tres bancos y una cama que se arrincona hacia la oscuridad, en pos de frescura. La madre, sentada cerca de la puerta, amamanta a su hijo. Lo mece, canturrea y mira sus pies; vigila, por momentos, con el rabillo del ojo, a -Juan Cruz, que hurga el piso de tierra en persecución de una lombriz. Un gruñido, proveniente de un hombre que yace en la cama, ordena callar. No hay respuesta. Sólo miradas de súplica. El hombre se da lavuelta, espanta de un manotazo las moscas, gruñe otra vez y se hunde en un sopor hediendo. No escucha el trueno que estremece la choza y obliga a Juan Cruz a buscar amparo en su madre; se cuelga de sus raídas ropas. La mujer olfatea el aire, suspira y susurra:

—Ya no tarda el aguacero. Juan Cruz, la tranca.

Se ha hecho más grande y más oscura la mancha que envuelve el sol.

—Que ya no falta nada, mi hijo, la riada no va a esperar a que se vaya la lluvia. Dejá salir los bueyes.

 Y una ráfaga impregnada de agua penetra en la choza y salpica el cuerpo del hombre. Este, molesto, pestañea. Se reclina sobre el catre. Se levanta, maldiciendo entre eructos. Sale, tambaleándose. Tropieza al llegar a la puerta con el perro, que no deja de ladrar. Luego, otea el horizonte y vislumbra el inconfundible vapor de la creciente. Frunce, desconfiado, el ceño. La llovizna, que se generalizó, borra el paisaje. Deviene ahora en crepitante lluvia. Jadea incesante el perro. Entra el padre en la habitación, arranca la criatura del pecho de la madre y anuncia:

—Es la creciente. Vámonos.

Y sale al Campo abierto con la criatura entre los brazos. La madre tira de la mano a Juan Cruz y trata, al mismo tiempo, de alcanzarle a su marido un trapo para que abrigue a la criatura. Ahora avanzan los tres, entre acuosas cortinas, hacia el único árbol que hay en el rancho: Esquelético, visible aún, su figura se alza junto a la hondonada, presidiendo el cañaveral. El padre empieza a trepar, sin soltar a la criatura. Juan Cruz, más ágil, sube como puede y gana rápidamente la punta del árbol. Mira hacia abajo en de su madre, que se aferra desesperadamente a las primeras ramas y grita. Las toscas abarcas de marido le impiden avanzar, desgarrándole las manos.

— ¡La tranca está cerrada, carajo!

La colérica voz paraliza a la mujer. Ladra desde la choza el perro, que intenta desatarse. El río, que se ha desbordado, avanza hacia el cañaveral. La mujer desciende del árbol y corre hacia la tranca. Se tropieza y cae. Se levanta y llega, finalmente, al cerco; pero la corriente, que ha comenzado a acumular lodo y piedras bajo los palos, frustra su intento de abrir la tranca. Se agacha entonces para retirar las piedras. Comprende la inutilidad de su esfuerzo y mira los bueyes. No parecen estar espantados. Se da la vuelta. Procura regresar y no puede hacerlo. La fuerza del torrente la empuja contra los palos del cerco. Cruza un relámpago que se refleja, como una serpiente luminosa, sobre la inundación. La mujer mira todavía hacia el árbol. Su marido, Juan Cruz y su bebé están a salvo. Cuando se aleja el fragor del trueno, Juan Cruz, mira hacia la tranca. Se restriega los ojos. La enfurecida corriente arrastra los últimos palos del cerco.

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Gabriela Ichaso, de padre cruceño; nace en La Plata, Argentina. Reside en Bolivia desde 1977. Escribe cuento y poesía. 

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