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Germán Araúz Crespo - El pacto

 


                                                            I

     Grande, nunca vi animal más grande; el pelaje le brillaba bajo el cielo, haya sol o no, como si ese brillo le viniera de adentro. Grande y ladino. Lo rastreábamos por las lomas y se aparecía, como por arte de magia, en el cañadón. Lo seguíamos por el cañadón, y ahí estaba, en lo alto de una loma, burlándose de nosotros. Difícil encontrar en el Chaco mejores baquianos que Francisco Vega y yo, de manera que resolvimos que ese animal, un orejano negro, debía de ser para uno de nosotros, para nadie más.

 

Sabido es que el ganado de remonta debe ser de buena laya para que pueda sobrevivir sin ayuda del cristiano. Cualquiera que desee buena cría soñaría con un animal así. Sin embargo, aparte de Francisco Vega y yo, nadie más lo había visto. Y si alguien se jactaba de lo contrario, terminaba confesando que había sido "muy a la distancia". Fue entonces que tuve ese extraño presentimiento: el orejano negro había venido en busca del Chueco Vega.  No era casual que me topara con el bicho sólo cuando estaba con Vega. Y se lo dije:

 

-Chueco, ese orejano está detrás de vos.

 

-Si fuera hembra te lo creería, pero a mí nunca me han buscado lo machos. - Me respondió mirándome de soslayo, como si ese fuera un pretexto mío para librarme de él.

 

-No, Chueco, -le argumenté-, ni diez toros como ese me harían perder tu amistad.

 

Porque Francisco Vega y yo siempre fuimos yunta, hasta que apareció el orejano y Francisco empezó a cambiar. No era, que se diga, un santo, pero era un hombre bueno. Un día encontró un perro agonizando en medio de unos garranchos. Lo cargó sobre el caballo y lo trajo a su casa, para curarlo de las enmoscaduras. El perro se convirtió en la sombra de Vega. Aprendió dos virtudes: campear ganado y traer los palitos que su dueño le arrojaba. Era divertido verlos jugar; Chueco lanzaba un palito y silbaba. Ahí salía el perro, como un rayo. Al rato estaba de vuelta con el palo en la boca y meneando la cola.

 

Sí, Francisco Vega era un buen hombre. Cierto que en cuanto se metía entre pecho y espalda dos tragos de más, le salía esa otra personalidad que, al final, se impuso a la primera. Lo que pasó ese seis de agosto, día de la Patria, es para no creerlo. La gente se había reunido en la Plaza para presenciar el desfile de los chicos de la escuela, cuando Francisco Vega se apareció por la calle principal, más machao que una uva y alborotando. Cuando logró atraer la atención del público, sacó un cartucho de dinamita. Lo encendió y lo tiró al medio de la calle. El desbande fue general, pero algunos chicos no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo y, en vez de escapar, se acercaron a ver el chisporroteo de la dinamita.  Uno de ellos silbó para expresar su sorpresa, y entonces el perro, siempre atento, salió como un pedo escapado.  En un abrir y cerrar de ojos estaba el perro a los pies de su amo, con la dinamita en la boca. El susto de Vega fue descomunal, tanto que la borrachera se le fue como por ensalmo. Comenzó a correr; pero el perro, animalito de Dios, se fue detrás suyo. Suerte tuvo Vega que logró saltar el tapial de los Valdez en el mismo momento en que la explosión hacía bailar en el aire la colita del perro. Fue lo único que quedó de él.

 

Ahora recuerdo que ese hecho ocurrió a los pocos días de haber aparecido el orejano. Cambió tanto el Chueco que se me hace difícil recordar cómo era, verdaderamente. Era un buen copleador, de aquellos que alegran las fiestas con la gracia de sus versos.  No perdió su afición por el canto, pero empezó a decir coplas maliciosas, como aquella que le endilgó a Cipriano Rodríguez, que estaba de duelo por la muerte de su hermana:

 

Si Cristo murió en la cruz

con un clavo solamente,

como no hay morir tu hermana

que la ha clavao tanta gente.

 

 Y Cipriano se le fue encima al Chueco. Tuve que intervenir yo para que la cosa no pase a mayores. ¡Vega y la puta! No tuvo reparos en buscar a Mercedes, mi novia, y le propuso fugarse, cuando bien sabía que íbamos a casoriarnos pronto.

 

- ¿Estaba machao? -Le pregunté a Mercedes.

- Sí, lo estaba.

 

Y no le di importancia al asunto. Aunque ahora… ahora que lo pienso bien, me doy cuenta que Francisco Vega había dejado de ser, para entonces, Francisco Vega. Sólo le interesaba el orejano. Me buscaba con ese único motivo, para huellarlo juntos. No bien se presentaba el toro, empezaba a espolear con furia a su pobre bayo. Y yo, detrás de él, achatado por el miedo. Ese mismo miedo que siento ahora, cuando lo veo salir de su casa en Santa Cruz. Avanza por el jardín, se detiene y me mira. No parece haberme reconocido. Reanuda su marcha y siento, o presiento, que camina hacia mí, porque no deja de mirarme.             

 

                                                          II

 

Tres años de sequía. Jamás se había visto tres años seguidos de sequía. Los campos estaban amarillos, quemados por el sol. La vieja decía: La casa es sagrada. Era todo lo que teníamos; esa taperita que la vieja llamaba ingenuamente "casa" y un chaco de diez hectáreas que se había cubierto de espinos y tuscales. Tuvimos que emprendar la casa. Se cumplieron los plazos y el Juez ordenó el remate. Entonces me acordé de Francisco Vega; de cuando apareció su foto en los periódicos de Santa Cruz y nadie en el pueblo podía creer que ese Francisco Vega, trajeao y encorbatao, era el mismo

 

Francisco Vega que había sido peón de don Tránsito Gutiérrez. Era ese hombre que un día, sin despedirse de nadie, desapareció del Chaco. Supimos, por boca de algunos paisanos, que se había ido a Santa Cruz. ¡Mierda! Me dije. Me voy a Santa Cruz, lo busco al Chueco y le pido un préstamo. ¿Cómo olvidar los años que anduvimos juntos? ¿Cómo olvidar al orejano? Si alguna vez, en medio de copas, contábamos nuestras andanzas, el Chueco, como adivinando mis intenciones de abandonar la búsqueda, me azuzaba delante de los demás.  ¡Y uno tiene su orgullo, carajo!

 

Me vine a Santa Cruz y empecé a buscarlo.

Lo busqué primero en el Banco del Sur, porque me dijeron que era dueño de ese Banco. Lo vía través de unos cristales, caminando por un pasillo; abrió una puerta y entró en una habitación. Me acerqué a una secretaria y pregunté por él. La secretaria me miró de pies a cabeza. No está, me dijo, y volvió a su trabajo. Le respondí que, en ese mismo momento, lo había visto entrar por esa puerta; esa puerta, le dije, que está al fondo de ese pasillo. La secretaria se levantó, caminó por el pasillo y abrió la puerta.  Vea, dijo, no hay nadie. Lo busqué en su aserradero. Ahí estaba, inspeccionando troncas, y me apuré a cruzar el portón en medio del ruido de las máquinas. Acaba de irse, me informó un portero.  Todo lo que vi fue un automóvil blanco alejándose por la avenida.  Lo busqué en "La Región"; lo vi bajar de su automóvil, conversar con un grupo de jóvenes y entrar en el edificio del periódico. Entré a buscarlo. Me dijeron que, en ese mismo momento, el señor Francisco Vega estaba camino del aeropuerto.  Me di cuenta entonces que Francisco Vega me eludía a propósito, como burlándose de mí. Entonces recordé aquel domingo en que le dije que esa era la última vez que iría tras del orejano.

 

-Chueco, -le dije-, ya estoy cansado de esta búsqueda.

-No importa, me respondió-, hoy será el último día.

 

Ese día salimos temprano, acompañados de mi perro.  A las dos horas dimos con el toro. El perro no le daba respiro. Francisco estaba medio loco; corría sin darse tregua, exigiéndole más y más a su caballo. De pronto, cuando el perro huelleaba en lo alto de una loma, le salió el toro por detrás y lo desbarrancó. Ya no me quedaron dudas de que el remontao lo quería a Vega. No era a mí a quien buscaba, era a Vega. Y la suerte corrida por el perro, era una advertencia para mí. Busqué una loma bien alta, donde no pudiera tener sorpresas. Vega, por su parte, se paró en medio de un cañadón profundo. Un cañadón por el que, más de una vez, vimos al orejano aparecer y desaparecer.

 

Alguien me dijo: El único modo de encontrar a Vega es en su casa. Me dio la dirección. Y acá me vine hoy, de madrugada. Me instalé bajo la copa de un árbol y me dije: Aquí lo espero hasta que aparezca y me le acerco, cueste lo que cueste. Ahora, al fin, lo veo caminar hacia mí.  Se acerca y crece. Sus ojos relumbran como dos brasas.  El orejano que ha irrumpido en el cañadón, frena sus garrones y avanza hacia el sitio donde Francisco Vega está apostado. Bufa y echa humo por el hocico. El horizonte se incendia, alargando la sombra de los algarrobos.  Los pájaros huyen de los árboles y un vago olor, como de azufre, llega hasta la calle, donde estoy yo contemplando cómo Vega se me acerca abriendo los brazos. El orejano se levanta sobre sus patas traseras y camina hacia Vega, que me dice:

 

- ¡Pero si sos vos! ¡Te andaba buscando!

 

Los cuernos del orejano se alzan hasta el cielo, haciéndolo añicos. Veo su cola, como un rayo negro que cae sobre la tierra. Y Vega me abraza.

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Fotografía: Cecilia Fernández - rascacielos.com 

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