Sabido es que
el ganado de remonta debe ser de buena laya para que pueda sobrevivir sin ayuda
del cristiano. Cualquiera que desee buena cría soñaría con un animal así. Sin
embargo, aparte de Francisco Vega y yo, nadie más lo había visto. Y si alguien
se jactaba de lo contrario, terminaba confesando que había sido "muy a la
distancia". Fue entonces que tuve ese extraño presentimiento: el orejano
negro había venido en busca del Chueco Vega.
No era casual que me topara con el bicho sólo cuando estaba con Vega. Y
se lo dije:
-Chueco, ese
orejano está detrás de vos.
-Si fuera
hembra te lo creería, pero a mí nunca me han buscado lo machos. - Me respondió
mirándome de soslayo, como si ese fuera un pretexto mío para librarme de él.
-No, Chueco,
-le argumenté-, ni diez toros como ese me harían perder tu amistad.
Porque
Francisco Vega y yo siempre fuimos yunta, hasta que apareció el orejano y
Francisco empezó a cambiar. No era, que se diga, un santo, pero era un hombre
bueno. Un día encontró un perro agonizando en medio de unos garranchos. Lo
cargó sobre el caballo y lo trajo a su casa, para curarlo de las enmoscaduras.
El perro se convirtió en la sombra de Vega. Aprendió dos virtudes: campear
ganado y traer los palitos que su dueño le arrojaba. Era divertido verlos
jugar; Chueco lanzaba un palito y silbaba. Ahí salía el perro, como un rayo. Al
rato estaba de vuelta con el palo en la boca y meneando la cola.
Sí, Francisco
Vega era un buen hombre. Cierto que en cuanto se metía entre pecho y espalda
dos tragos de más, le salía esa otra personalidad que, al final, se impuso a la
primera. Lo que pasó ese seis de agosto, día de la Patria, es para no creerlo.
La gente se había reunido en la Plaza para presenciar el desfile de los chicos
de la escuela, cuando Francisco Vega se apareció por la calle principal, más
machao que una uva y alborotando. Cuando logró atraer la atención del público,
sacó un cartucho de dinamita. Lo encendió y lo tiró al medio de la calle. El
desbande fue general, pero algunos chicos no se dieron cuenta de lo que estaba
ocurriendo y, en vez de escapar, se acercaron a ver el chisporroteo de la
dinamita. Uno de ellos silbó para
expresar su sorpresa, y entonces el perro, siempre atento, salió como un pedo
escapado. En un abrir y cerrar de ojos estaba
el perro a los pies de su amo, con la dinamita en la boca. El susto de Vega fue
descomunal, tanto que la borrachera se le fue como por ensalmo. Comenzó a
correr; pero el perro, animalito de Dios, se fue detrás suyo. Suerte tuvo Vega
que logró saltar el tapial de los Valdez en el mismo momento en que la
explosión hacía bailar en el aire la colita del perro. Fue lo único que quedó
de él.
Ahora recuerdo
que ese hecho ocurrió a los pocos días de haber aparecido el orejano. Cambió
tanto el Chueco que se me hace difícil recordar cómo era, verdaderamente. Era
un buen copleador, de aquellos que alegran las fiestas con la gracia de sus
versos. No perdió su afición por el
canto, pero empezó a decir coplas maliciosas, como aquella que le endilgó a
Cipriano Rodríguez, que estaba de duelo por la muerte de su hermana:
Si
Cristo murió en la cruz
con un clavo
solamente,
como no hay
morir tu hermana
que
la ha clavao tanta gente.
- ¿Estaba machao? -Le
pregunté a Mercedes.
- Sí, lo estaba.
Y no le di
importancia al asunto. Aunque ahora… ahora que lo pienso bien, me doy cuenta
que Francisco Vega había dejado de ser, para entonces, Francisco Vega. Sólo le
interesaba el orejano. Me buscaba con ese único motivo, para huellarlo juntos.
No bien se presentaba el toro, empezaba a espolear con furia a su pobre bayo. Y
yo, detrás de él, achatado por el miedo. Ese mismo miedo que siento ahora,
cuando lo veo salir de su casa en Santa Cruz. Avanza por el jardín, se detiene
y me mira. No parece haberme reconocido. Reanuda su marcha y siento, o
presiento, que camina hacia mí, porque no deja de mirarme.
II
Tres años de
sequía. Jamás se había visto tres años seguidos de sequía. Los campos estaban
amarillos, quemados por el sol. La vieja decía: La casa es sagrada. Era todo lo
que teníamos; esa taperita que la vieja llamaba ingenuamente "casa" y
un chaco de diez hectáreas que se había cubierto de espinos y tuscales. Tuvimos
que emprendar la casa. Se cumplieron los plazos y el Juez ordenó el remate.
Entonces me acordé de Francisco Vega; de cuando apareció su foto en los
periódicos de Santa Cruz y nadie en el pueblo podía creer que ese Francisco
Vega, trajeao y encorbatao, era el mismo
Francisco Vega
que había sido peón de don Tránsito Gutiérrez. Era ese hombre que un día, sin
despedirse de nadie, desapareció del Chaco. Supimos, por boca de algunos
paisanos, que se había ido a Santa Cruz. ¡Mierda! Me dije. Me voy a Santa Cruz,
lo busco al Chueco y le pido un préstamo. ¿Cómo olvidar los años que anduvimos
juntos? ¿Cómo olvidar al orejano? Si alguna vez, en medio de copas, contábamos
nuestras andanzas, el Chueco, como adivinando mis intenciones de abandonar la
búsqueda, me azuzaba delante de los demás.
¡Y uno tiene su orgullo, carajo!
Me vine a Santa
Cruz y empecé a buscarlo.
Lo busqué
primero en el Banco del Sur, porque me dijeron que era dueño de ese Banco. Lo
vía través de unos cristales, caminando por un pasillo; abrió una puerta y
entró en una habitación. Me acerqué a una secretaria y pregunté por él. La
secretaria me miró de pies a cabeza. No está, me dijo, y volvió a su trabajo.
Le respondí que, en ese mismo momento, lo había visto entrar por esa puerta;
esa puerta, le dije, que está al fondo de ese pasillo. La secretaria se
levantó, caminó por el pasillo y abrió la puerta. Vea, dijo, no hay nadie. Lo busqué en su
aserradero. Ahí estaba, inspeccionando troncas, y me apuré a cruzar el portón
en medio del ruido de las máquinas. Acaba de irse, me informó un portero. Todo lo que vi fue un automóvil blanco
alejándose por la avenida. Lo busqué en "La
Región"; lo vi bajar de su automóvil, conversar con un grupo de jóvenes y
entrar en el edificio del periódico. Entré a buscarlo. Me dijeron que, en ese
mismo momento, el señor Francisco Vega estaba camino del aeropuerto. Me di cuenta entonces que Francisco Vega me
eludía a propósito, como burlándose de mí. Entonces recordé aquel domingo en
que le dije que esa era la última vez que iría tras del orejano.
-Chueco, -le
dije-, ya estoy cansado de esta búsqueda.
-No importa, me
respondió-, hoy será el último día.
Ese día salimos
temprano, acompañados de mi perro. A las
dos horas dimos con el toro. El perro no le daba respiro. Francisco estaba
medio loco; corría sin darse tregua, exigiéndole más y más a su caballo. De
pronto, cuando el perro huelleaba en lo alto de una loma, le salió el toro por
detrás y lo desbarrancó. Ya no me quedaron dudas de que el remontao lo quería a
Vega. No era a mí a quien buscaba, era a Vega. Y la suerte corrida por el
perro, era una advertencia para mí. Busqué una loma bien alta, donde no pudiera
tener sorpresas. Vega, por su parte, se paró en medio de un cañadón profundo.
Un cañadón por el que, más de una vez, vimos al orejano aparecer y desaparecer.
Alguien me
dijo: El único modo de encontrar a Vega es en su casa. Me dio la dirección. Y
acá me vine hoy, de madrugada. Me instalé bajo la copa de un árbol y me dije:
Aquí lo espero hasta que aparezca y me le acerco, cueste lo que cueste. Ahora,
al fin, lo veo caminar hacia mí. Se
acerca y crece. Sus ojos relumbran como dos brasas. El orejano que ha irrumpido en el cañadón,
frena sus garrones y avanza hacia el sitio donde Francisco Vega está apostado.
Bufa y echa humo por el hocico. El horizonte se incendia, alargando la sombra
de los algarrobos. Los pájaros huyen de
los árboles y un vago olor, como de azufre, llega hasta la calle, donde estoy
yo contemplando cómo Vega se me acerca abriendo los brazos. El orejano se
levanta sobre sus patas traseras y camina hacia Vega, que me dice:
- ¡Pero si sos
vos! ¡Te andaba buscando!
Los cuernos del orejano se
alzan hasta el cielo, haciéndolo añicos. Veo su cola, como un rayo negro que
cae sobre la tierra. Y Vega me abraza.
Fotografía: Cecilia Fernández - rascacielos.com

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