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Germán Araúz Crespo - Los ojos de Roxana

 


    Salías de la oficina cuando te diste cara a cara con él. Era la última persona que hubieras querido encontrar. Sólo necesitabas doblar la cabeza y seguir tu camino, como si no te hubieras percatado de su presencia. Sin embargo, no hiciste nada por evitar el encuentro. Preferiste saludarlo, fingiendo alegría y permitiendo que, luego de un momento de indecisión, te abrace y te escupa un estentóreo ¡hermanito!  Y tú, hipócrita, respondiste al abrazo.

 

Acto seguido, te arrastró calle abajo por la Ayacucho, para celebrar el encuentro. Y tú, que debías inventar algún pretexto, te dejaste llevar. Sólo te preocupaba la posibilidad de ser visto por algún pariente de tu mujer. A la altura del Obelisco, te pidió que seas tú quien eligiera el lugar para recordar "los tiempos idos y jamás volvidos". “Donde mueren los valientes”. Te oíste contestar. Y consideraste, doblemente hipócrita, que tu respuesta fue "genial". Tras un nuevo abrazo, se colgó de tus hombros y te empujó hacia el barrio de San Pedro.

 

¿Para qué Recordar todo lo que te dijo por las tortuosas calles de San Pedro?  Fue como un aluvión, un aluvión de mierda, y te dijiste: "Dos cervecitas y me voy". Entraste en la cantina y buscaste tu mesa. Esa fue, acaso, la única decisión tuya porque en todo lo demás, se impuso, como siempre, él. Nada había cambiado: el tiempo parecía haber detenido su sordidez en aquel lugar. "Dos cervecitas y arranco", pensabas, pero las cervezas se multiplicaron. Fingiste, para crear una falsa atmósfera de amistad, que te interesabas por él.  Por todo lo que había ocurrido en los años que no se vieron. "Qué mala suerte la tuya, viejo, entrar al ejército justo cuando estalló la guerrilla del Che". "No creas, hermanito, no me fue tan mal. Tú sabes, la puntería. Todo lo que necesitas en el ejército es tener buena puntería. Los oficiales me consideraban su igual. Hasta los puteros de Camiri se abrían para mí solito. Después de la batalla de Vado del Yeso, Barrientos me condecoró. Pero este es un país de mierda, hermanito. Se acabó la guerrilla. Me licenciaron denuestraheroicainstituciónarmada y aquí me tienes, jodido, hermanito, por haber salvado a Bolivia de la invasión roja” ¿Y qué hiciste después?, le preguntaste. "Negocios, viejo, negocios". Y no quisiste comentar que, a juzgar por la traza que tenía, le había ido muy mal.

 

Como si hubiera adivinado tu pensamiento, te dijo entonces que los viejos amigos, los amigos de la juventud, los que se apoyaron en él para llegar al gobierno o hacerse ricos, hoy pasaban por su lado sin siquiera mirarlo.  "Como si no me conocieran, viejo". Te habló de cada uno de ellos. Nada de eso te interesaba porque también tú, por otros caminos, habías hecho tu propia vida. Reconoce ahora que, si te quedaste allí soportando esa lata, fue porque sabías que la conversación tenía que derivar en algún momento en un nombre:  Roxana.  Pero, él, no tocó el asunto. Te habló de todo menos de ella, hasta que se lo preguntaste: ¿y la Roxana?  ¿Te acuerdas de la Roxana?  Hizo como si no la pudiera recordar. Bajaste entonces la cabeza, pensando en el tiempo, en esa capacidad que tiene el tiempo de borrar todos los recuerdos. "¡Ah, la Roxana, la Roxanita!", dijo de pronto. Y percibiste que en su voz se arrastraba un rencor añoso; todo porque la Roxana te había elegido a ti, despreciándolo a él. Cosas de la juventud: se distanciaron. Intuiste, sin embargo, que habías abierto una vieja herida. "La Roxanita, viejo, ya debe estar casada. Imagínatela: vieja, gorda y con hijos". Y tu comentario desató su risa. Una risa imparable y estruendosa. Y en tu memoria, alentada por el alcohol, creció la imagen de una niña de largas trenzas y manos inquietas como mariposas. Te acordaste del primer beso que le diste. Te acordaste de sus ojos, sus enormes ojos, como dos lámparas. ¡No había ojos como los de la Roxana!

 

Tras las cervezas vinieron los calentaditos. Hacía mucho que no te farreabas, por lo menos con la misma frecuencia de antes, y aquel ambiente, impregnado de alcohol, humo y orines, te aturdió hasta el vómito, pero la tripa ya se te había abierto y querías seguir la farra. Entonces, él, se dio cuenta de que estabas a punto. Te propuso llevarte a su "humilde hogar". Tendrían que llevar, claro, unas dos botellitas de preparado; pues a esa hora ya estaban cerradas las tiendas. Y tú, que debiste rechazar la propuesta porque ahora sí tenías todos los motivos para hacerlo, te dejaste llevar. Sólo recuerdas que, después de pagar el taxi, lo seguiste por un callejón lóbrego hasta llegar a una puerta que estaba metida al final de cinco o seis gradas de piedra. La pieza a la que entraste era pequeña. Bajo la amarillenta luz de un foco contemplaste su mobiliario: un viejo sofá cubierto por una frazada, una mesa, algunas sillas y una cortina. Comprendiste que, detrás de la cortina, estaba la cama y expresaste en voz baja tu temor de "despertar a la señora". "Nunca duerme de noche". Te respondió, y creíste ver en su rostro esa misma pícara sonrisa que tenía de niño. Sonrió y, de pronto, empezó a llorar. "Soy una mierda, hermanito. Si no fuera por esta mujer (señaló la cortina), yo no sé qué sería de mí. Ella es la que me cuida, la que me mantiene". Te asombró tanta abnegación y le dijiste que no era fácil encontrar una mujer así, tan buena. Con ese comentario bastaba, pero llevado de la más ingenua imbecilidad le preguntaste "¿Dónde trabaja la señora?". "En la calle, aunque a veces lo hace en casa". Pusiste probablemente una cara de absoluto asombro. Te desconcertaste. "Es puta", te aclaró. Largo silencio después. Silencio que probablemente se llenó de tu sorpresa y de la interpretación que él, en medio de los tragos, hizo de tu actitud. De pronto te preguntó:  "¿No quieres pasar?". Te quedaste atónito y dijiste algo que ahora, en la rememoración que haces de esa noche, te suena ridículo: "No gracias". Y te miró con desprecio: "No seas marica".

 

¿Qué te hizo cambiar de criterio? Probablemente la convicción de que esa mujer, aunque mujer de tu amigo, era como cualquier otra puta: algo que se alquilaba y se dejaba. "no va a ser gratis", te aclaró, y te ofreció "una atención preferencial".  Te dijo que, mientras tanto, él se iría a dar una vueltita por los boliches de la calle Coroico. Claro que tendrías que darle un pequeño anticipo. "Tú sabes cómo son estas cosas" se explicó. Le alcanzaste el dinero resignadamente, como si le estuvieras haciendo un favor. Se levantó de su silla y gritó: "¡Un cliente especial!". Y se perdió tras la puerta dejándote a solas.

 

Entonces, en ese momento, que se te hizo atrozmente largo, mientras percibías el ruido de la cortina descorriéndose, se te pre­ sentó la última oportunidad de salir al callejón y correr en busca de un taxi. Probablemente pensaste en eso, porque te subiste las solapas y giraste hacia la puerta aprestándote a salir, pero algo, algo que nunca te pudiste explicar, quizá un oscuro presentimiento, quizá la curiosidad, o, reconócelo sin evasivas, el dinero que habías pagado por ella, hizo que te volvieras y comprendieras, demasiado tarde para ti, que habías caído en la trampa. No te quedaba otra alternativa que enfrentarte a ese rostro. ¡Cobarde, ni siquiera la saludaste! Abriste   la   puerta y empezaste a correr, callejón abajo, cuando la tenue luz del alba amorataba ya los bordes de la ciudad.

 

¡Esos ojos!  ¡Esos ojos!

 

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