Aquí todo el mundo finge
dormir; pero no me engañan, me acechan. Viejos sucios, algo traman contra mí.
Me odian porque soy nuevo y creen que he venido a disputarles su ración. Me
espían desde sus trapos. Escucho claramente sus cuchicheos oblicuos. Es como
una acción estática, vacía de movimientos, que invade hasta la más recóndita
partícula de este recinto. Ejército de piojosos, no permitiré que me acorralen. ¿Cuándo abrirán las cortinas? Ya debe ser
casi de día. ¡Maldito día! En cuanto amanezca seguirán su guerra en los
urinarios, en el comedor, ocultándose detrás de los santos de la capilla, en el
patio. Me parece verlos sentados bajo el sol, como maquillados por el diablo, o
haciendo rechinar sus sillas de ruedas por los corredores. No me tomarán por
sorpresa. Tengo un trozo de cañería bajo mi almohada.
II
Este cambio me está
afectando. Hay ciertos hechos que me confunden. Cuando entré al asilo vi cómo
sacaban, sobre una camilla, a un hombre muerto. Vi sus pies, erectos bajo la
blancura del lienzo. Aspiré por vez primera el olor a formol; olor que me
trasminó y que ahora me persigue por todas partes. Tengo la impresión de que
este suceso ha marcado mi vida. Es como un presagio, un mal augurio. Este es un
mundo extraño, claro y lóbrego a la vez. Los empavonados cristales, las aldabas
de hierro, el mosaico, los cuadros del Sagrado Corazón que se repiten en todas
las habitaciones, los largos pasillos, las pantallas, todo cuanto hay aquí
tiene un color a muerte. He comprendido, finalmente, lo que es el miedo.
III
Hay aquí algo indefinible.
Algo, que, sin ser precisamente una acechanza, intenta cambiarme. Algo así como
una repelente mariposa nocturna que se hubiera colado al interior de mis
entrañas y que aleteara dentro de mí. A veces, siento mi cuerpo como un cuerpo
ajeno, como si alguien extraño a mí me habitara. Tengo miedo volverme otro.
Recuerdo a mi padre: Para una buena vejez, decía, ni rezos ni compasión. Y no
permitía que nadie lo ayude cuando levantaba en su imprenta sus cajas de
tipo. El no sintió ese escuadrón de
cucarachas invisibles que caminan de la espalda a la lengua. Murió de pie,
trabajando. Debo reponerme, ya me adaptaré.
Debo tener paciencia; reconocer que, allá afuera, no hay espacio para
mí. Debo aceptar que aquí se acabó mi vida, irremisiblemente. Pobre viejo, a
nadie le sirves o le haces falta; para nadie eres imprescindible. Sé cuerdo,
entonces. Olvida tu arrogancia. Ya pasó tu vida, prepárate para ser otro.
¿Otro? ¡Nunca!
IV
No dejaré que me
arrebaten. No soy una habitación vacía que puede ser ocupada por cualquiera. Yo
soy yo. Debo cuidarme de mí mismo. De mis engañosas susceptibilidades. Debe
prevalecer mi sentido común frente a las acechanzas que me cercan; acechanzas
de dentro o de fuera. La vejez es como una fermentación; unos se transforman en
vino añejo, otros simplemente se pudren. A veces, cuando no hay nadie, entro en
la capilla y le imploro a Dios. No, no es cierto, yo nunca imploro. Lo acuso de
haberme arrojado a este depósito de viejos inútiles. Como si no supiera que los
viejos tienen un lugar en el mundo. Ahí están, para confirmarlo, sus apóstoles.
Fueron ellos los que pusieron los cimientos de la iglesia. Cuando me levanto
del reclinatorio, las rodillas me duelen, atrozmente. Reconozco entonces que
los viejos debemos aceptar la realidad; aceptarnos como somos, con nuestras
várices, nuestras espundias, nuestras costras, nuestros hedores. Y ya no sé, en
el fondo, qué cosa es preferible: si una vejez amenazada por los lobos del
desamparo o el trapo sucio de la compasión. A esta edad, y en esta
circunstancia, resulta muy difícil acomodarse a la palabra dignidad. ¡Dignidad!
¿Para qué? ¿Para morirse como Eusebio?
V
Eusebio amaneció muerto en
su cuartucho. Después de catorce años de haber restregado excusados, desaguado
el sótano y deshierbado el jardín, un cajón, una misa y una covacha en el
cementerio es todo lo que obtuvo. Algo es algo, hubiera dicho el mismo Eusebio,
en comparación con las cuchillas de la morgue. Era difícil saber cuál era el
rol de Eusebio en el asilo: si sereno o interno. Dormía en ese cuartucho que
está bajo las gradas del campanario. Comía solo. Hablaba solo (¿quién no lo
hace?) Es indudable que estaba fuera del
rebaño, aunque sería más propio decir que lo mantenían fuera. Sin embargo,
tenía sus privilegios. Nadie sabía, por ejemplo, cómo se las ingeniaba para
beber. Cuando se llevaron el cadáver, Gatillo, cumpliendo órdenes de Hedilfo,
entró al cuartucho de Eusebio. Comenzó a tirar sus cosas al patio. Nada
valioso: harapos y un cuaderno donde apuntaba, ocasionalmente,
recados y nombres. Lo recogí del patio
porque nadie se interesó en él. Me he puesto a leerlo a escondidas. Me ha
llamado la atención una frase, casi borrada por el tiempo, que dice: La madre
Terencia me ha dicho que vaya a su celda esta noche.
VI
Sé que este sucio cuaderno
de Eusebio no tiene ningún valor, pero siento por él una absurda fascinación.
Confieso que me complace leerlo. Es como hacer algo indebido; algo cuyo resultado
puede empujarme a un universo distinto.
¡Supercherías! Me gusta leer, eso
es todo. Hasta los hechos más insignificantes se me figuran pozos de misterio
cargados de significación. Un buen sitio para leer es el retrete. Todo lo que
tengo son unos pocos libros que guardo celosamente en mi cacha. Pero estos
malditos retretes tienen docenas de hendijas desde donde se puede espiar. Debo
cuidarme. Las monjas no permiten que se lean otros libros que los que ellas
autorizan.
VII
Comienzo a conocer a la
gente. Hedilfo capitanea al grupo de los antiguos. Hoy es un día especial. Han
aseado el comedor y los dormitorios y han puesto flores en la capilla. Las
monjas nos han ordenado vestirnos con nuestra mejor ropa. Antes del mediodía,
llegó un grupo de damas, con ropa, fruta y cigarros. Hedilfo se instaló al
fondo del patio, postrado en una silla de ruedas, y empezó a gemir, como sólo
él sabe hacerlo. Llamó la atención de las señoras. Mandó entonces a su
alcahuete, el mudo Gatillo, a recoger donativos. Coronó su actuación con un
llanto de hipócrita gratitud y se alejó en su silla mirando hacia los lados,
para esconder su botín. Yo no sé si me hice el desinteresado o me pasaron por
alto, pero no recogí nada.
VIII
Domingo, día de visitas.
La gente de ese mundo ya distante, que es el mundo exterior, viene a vernos.
Vienen aquí como si se tratara de un zoológico. Nos escudriñan como a
especímenes raros, como si ya no perteneciéramos a la fauna humana. ¿Qué
diferencia hay entre ellos y nosotros? Cada domingo me hago la ilusión de
escapar, porque ese día el control de la casa se debilita. ¿Pero cómo y por
qué? Definitivamente, estoy maniatado.
Hedilfo, aunque no tiene parientes, repite su actuación. Es un mendigo
disfrazado de interno, yo no sé qué hace aquí. Es un tramposo.
IX
Entre el asilo y el
Pabellón de los Desahuciados hay una reja de metal que es como una línea
divisoria entre la vida y la muerte. Sólo las monjas, y el resto del personal,
pueden cruzar ese límite y regresar de él. Si alguno de nosotros lo atraviesa,
no vuelve más. Ayer fue Francisco. Postrado por un asma crónico, pasó una noche
espantosa. Su bacín amaneció repleto de sangre. Al amanecer, dos enfermeros se
lo llevaron al pabellón. Se lo llevaron sobre una camilla rodante, escoltado
por la madre superiora. Un silencio pesado se apoderó del dormitorio. Todos
sabemos lo que significa eso. ¡Se tejen tantas historias acerca del pabellón!
Eusebio fue el único que conoció sus misterios. A los otros sólo nos queda
deducir, por la intensidad de los lamentos, lo que ahí adentro sucede. Se abre
la reja de fierro y el que se fue regresa encajonado rumbo a la capilla, para
el velatorio. El pabellón, sin duda, es la antesala del infierno.
X
Un día lleno de
acontecimientos. Esta mañana, durante la misa, en el momento en que íbamos a
recibir la eucaristía, Gerardo sufrió uno de sus acostumbrados ataques y cayó
hacia adelante, cuando iba a recibir la comunión, entre espumajosos espasmos.
El cura se vio obligado a interrumpir la ceremonia y ordenó a las monjas que lo
sacaran del templo. Un enfermo le aplicó una inyección. Yo estaba junto a él y
vi cómo lo pusieron después sobre una camilla. Gerardo abrió los ojos. Tenía un
aire de tranquila ausencia. Me vio sin verme y me dijo: "He sentido la
gracia del Arcángel San Miguel. Uno de nosotros nos está entregando un oscuro
comercio. Tenemos la llave y no sabemos guardar la puerta". Se mordió la
mano y calló. No entendí, en ese momento, sus palabras.
XI
Cuando hay buen sol y nos
distribuirnos por los bancos del patio para disfrutarlo, me entrego a mis
recuerdos. Es como un juego regido por la luz. Hoy, en medio de una claridad
enceguecedora, recordé la panadería de un viejo vasco que era amigo de mi
padre. Me atraía el encanto de sus viejas repisas, sus destartalados anaqueles
y ese olor a pan recién horneado. Aún lo veo, de cachimba y boina, descansando
en su perezosa. Le entregábamos el dinero y salíamos de la panadería con u no o
dos panes demás que el vasco nos dejaba hurtar, haciéndose el desentendido.
Mientras recordaba la panadería vi cómo el cojo Millán espulgaba la cabeza de
Hedilfo. ¡Cojo sucio, me echó a perder mis recuerdos! Sonó la campanilla
llamando al comedor y me quedé en el banco, prolongando el sol. Cuando llegué
al comedor casi todos los puestos estaban ocupados. Sólo había un espacio libre
en el sector ocupado por Hedilfo y su gente. Y como no les debo ni les temo, me
senté entre el sordo Luján y un ex-boticario. No disimularon su disgusto. Los
viejos de los otros mesones se dieron cuenta de lo que ocurría y miraban con
tímida curiosidad. De pronto, el sordo Luján, apretándose el estómago, lanzó al
aire unas sonoras ventosidades; luego percibí, claramente, cómo se ensuciaba en
el interior de sus ropas. Y aunque comer y lo otro son dos funciones que de algún
modo están relacionadas, me escapé despavorido, al borde del vómito. Nadie más
se movió. Al salir del comedor escuché sus risillas y caí, por vez primera,
enfermo.
XII
Recién ahora voy
comprendiendo el siniestro poder de Hedilfo en el asilo. Esta es una especie de
sociedad en la que no es posible ser diferente de los otros. Tarde o temprano,
se hace indispensable pertenecer a un grupo. Cuando Hedilfo me venció, porque de
eso se trata, de una derrota, se me acercó Raimundo. Es un hombre tosco, de espaldas anchas,
cabeza redonda y afeitada, voz áspera. Da la impresión de un gladiador senil.
Lo llaman el Vigilante y es el único a quien respetan Hedilfo y sus secuaces.
Habla sin rodeos, con ademanes secos, como un militar. Hedilfo es el soplón de
la superiora. A cambio de este servicio,
recibe los mejores platos. No le mezquinan tónicos ni vitaminas. Cuando llegan
donativos de ropa y se hace la distribución, las prendas más nuevas son para
él. En la medida en que el Vigilante me fue hablando de Hedilfo, creció mi
sorpresa. No todos son iguales aquí; hay algunos que no son pobres y esconden
su dinero. Hedilfo es un espía. Vende a la gente. El, y la madre superiora,
deciden quién debe ir al Pabellón de los Desahuciados y cuándo. Usted es nuevo
aquí. Pruebe: quéjese. Ya verá cómo esa bruja se hace la desentendida. Ya
llegará el tiempo en que también lo ajusten a usted. ¡Abra los ojos! Y el
Vigilante me ofreció, finalmente, su protección. Me dijo que tenía veintitrés
protegidos. ¿A cambio de qué? Ya hablaremos de ese asunto.
XIII
Las mujeres conforman un
grupo aparte. Viven en otro pabellón. Caminan juntas. Tienen su propio comedor
y hablan todo el día. En eso son mejores que nosotros: No parecen odiarse, o al
menos así lo creo yo. Asisten, sin faltar nunca, a todos los sepelios. Lloran
como si se les hubiera muerto algún familiar. Algunas se desmayan. Por eso,
cuando muere alguna mujer, los hombres, por gentileza o reciprocidad, asistimos
también a su sepelio. Ayer murió doña Eudocia.
¡Coro de brujas!, me dije cuando me invitaron al entierro, ¡yo no tengo
por qué asistir a esa clase de ceremonias! Pero aquí estoy, frente a la fosa.
Retiran las guirnaldas y tarjetones que cubren el ataúd y lo abren. Contemplo entonces el rostro de la muerta;
parece un pergamino arrugado. Hay algo raro en ese rostro que llama
poderosamente mi atención. Debe ser la muerte, me digo. Ahora sellan el cajón y
lo bajan. Es el momento del llanto y los desmayos. Abandonamos el cementerio en
pequeños grupos. El Vigilante marcha conmigo. Cuchichea: “¿Se fijó usted que
tenía la boca rellena de algodón? Algodón con rastros de sangre. Y eso qué, le
digo. Tenía dientes. Acuérdese. Acuérdese. Un puente de oro apoyado en los
caninos. No estoy seguro, pero creo que el Vigilante tiene razón. Ahora
comienzo a comprender las palabras de Gerardo.
XIV
Este patio tiene un gran
atractivo, cosa que desconocía al comienzo de mi permanencia aquí. Finalmente,
sentí su necesidad. En realidad, es un patio-jardín, con bancos y macizos de
flores. Al principio, sólo lo usaba por las mañanas. Ahora lo prefiero a la
oración, cuando el sol declina mansamente. Cada cual tiene sus horas
preferidas. Es como un rito, como una costumbre que no se sabe cómo empezó ni
por qué se repite. Y aquí estamos, cada
uno en su sitio. Allí están Cuchillo López y Pollo Ruíz. Veo ven ir a Ramallo
Roca en dirección de mi banco. Tan circunspecto Ramallo, siempre bien vestido,
bastón en mano, cordial. Me hace una reverencia y se sienta a mi lado. Dejo de
leer para corresponder a su gesto. Ramallo elogia mi vocación por la lectura.
Dice que es un lujo que ya no podrá darse porque hace pocos días se le
perdieron los lentes. Yo sé lo que es eso. Me he tomado una farmacia de
cápsulas y la memoria, que fue mi mejor atributo, no me responde. Sólo la dignidad de otros tiempos me ha
permitido sobrevivir en este lugar. Ramallo, como si hubiera oído mi pensamiento, habla de la cultura.
Pondera la importancia del arte y la historia.
¡Viejo astuto, ya sé lo que quiere! Ha preparado este discurso para
conmoverme. Ahora, posiblemente, me pedirá dinero. Ramallo concluye su discurso y no me pide
nada. Se levanta y regresa a su
banco. Estoy confundido.
XV
¡Ramallo! Porque escribe
uno que otro poema se cree superior a los demás. Con o sin poesía el mundo
seguirá andando. Con o sin Ramallo seguirá la vida. A ratos quisiera decirle lo
que pienso de él, pero no me entendería. ¡Sólo sin ti, sagrada inexistencia, se
detendrá el mundo! De nada le sirve la cultura. ¡Ramallo, triste fantoche!
Cuando empieza a repetir un poema que aprendió en su juventud y se queda sin
concluir lo, no quiere reconocer que el tiempo lo gasta todo. Me habla entonces
de su memoria, tan admirada en otros tiempos, y que hoy se ha convertido en un
cedazo que no puede contener nada. Cree entonces que el vivir en éste mundo,
plagado de ignorantes, lo está entorpeciendo. Se niega a aceptar que es la
vejez la que lo ha desvalorizado. Los días de visita se esconde en el
dormitorio o en los retretes. Dice que no podría soportar la humillación de que
alguien lo reconozca hundido en este muladar, en este antro de trogloditas.
Pobre Ramallo: se cree un ruiseñor. ¿Qué hace entonces entre los cuervos?
XVI
Otra hermosa tarde de sol.
Aquí estoy, sentado en mi banco, y se me acerca el sordo Luján. Ya sé a lo que
viene ese sordo pícaro. Ha elegido el momento preciso. Viene a pedirme que le
conceda otro plazo más, el último, antes de perder la prenda. Como es sordo no
puede medir la intensidad de su voz y me habla a gritos. Me obliga a
responderle en el mismo tono. La
discusión se escucha en todo el patio.
Eso es lo que quería el sordo: ponerme en evidencia, y lo ha conseguido.
Pero no estoy dispuesto a ceder. Nada es gratis. La vida nos cobra cada sorbo
que apuramos de ella. No estoy dispuesto a despilfarrar mis ahorros fomentando
a estos holgazanes. Tarados, nunca usan de su inteligencia. Sólo piensan en
medrar. Le digo al sordo que no, no hay
más plazos. Cuando una prenda muere, muere. Y se aleja el sordo, mascullando
amenazas. Estos gusanos me odian porque tengo un hijo que me socorre, mientras
que a ellos no los recuerda ni Dios. Envidian mi ropa, los gustos que me doy.
No saben hacer otra cosa que mendigar. Quisieran destruirme, pero les falta
coraje. Los conozco bien. Los conozco
mejor de lo que ellos mismos se conocen.
Aunque me maldigan entre dientes y me digan usurero, este mundo está
hecho para gente como yo.
XVII
Ramallo me ha puesto en la
incómoda situación de negarle un préstamo.
No hubiera querido hacerlo, pero si empiezo a prestar sin las
correspondientes garantías acabaría por hundirme yo mismo. De todas maneras,
con lentes o sin lentes, Ramallo ya no tiene qué leer aquí.
XVIII
El sordo Luján pretende
aleccionar a la gente en mi contra. Lo veo en sus ojos, llenos de ira. El rencor lo carcome y apenas puede
disimularlo. Tiene ganas de golpearme en la cara y escupirme. Si pudiera
hacerlo, no vacilaría en agarrar mi pellejo y darle la vuelta como un guante,
pero está amarrado a su impotencia. No
vacilaría en estrangularme si no fuera por esa artritis que le paraliza los
dedos. Me sigue por donde voy, como una
sombra. Lo he sorprendido anoche, cuando estaba contando mi dinero. Me espía en los retretes, donde me encierro a
leer o a disfrutar en paz de alguna golosina. Y en cuanto puede se acerca a los
demás y les dice que soy un chupasangre. Pero yo no le temo. No le temo a
nadie, ni al sordo, ni a quienes hoy, movidos por sus propias frustraciones, lo
escuchan. Tarde o temprano recurrirán a mí, para que los saque de apuros.
Hablen con el sordo, les diré, piara de cobardes. Vamos a ver quién vence en
esta pelea, si el sordo o yo.
XIX
No dejaré que estas
circunstancias, por repugnantes que sean, me afecten. Es cierto que, al
principio, me fue difícil entender esta realidad. Ahora, finalmente, he
comprendido que debo aceptar las cosas tal como son. Nada es innecesario.
Hedilfo y sus secuaces me han enseñado a sobrevivir. Es como si un día
cualquiera te despiertas y descubres que te han salido escamas; escamas sin las
cuales no podrías vivir aquí. Poco a poco, te vas acostumbrando a esas escamas.
Reconoces que son la coraza que necesitas para vivir en un medio como éste. Con
el tiempo, terminan por ser algo normal.
XX
E l Vigilante me ha
advertido que no podrá hacer mucho contra el sordo Luján. Me ha dicho que a ese
tipo jamás debían haberlo aceptado en el asilo, porque es un ex convicto. Su
lugar es la cárcel, opinó. Ante esta notificación, que reduce mis márgenes de
seguridad, he conseguido, mediante dádivas naturalmente, un asiento desde el
cual puedo observar, a través de una ventana, mi cama. Cierro mi cacha, que
está bajo mi cama, con tres candados. Y he decidido no hablar con nadie, ni
siquiera con Ramallo. Debo estar alerta.
XXI
Soy un estúpido, me dejé
sorprender. Anoche, cuando trasponía la
puerta del dormitorio, no vi ese bastón que surgió del otro lado del muro y se
atravesó en mi camino. Tropecé y me fui de bruces. Los enfermeros del turno me
trasladaron a mi cama y empezó esa ronda de rostros que se proyectó, por un
momento, como una pesadilla. El primero que vino a verme fue el cojo Milán,
luego se me acercó Hedilfo, haciendo rechinar las ruedas de su silla. Ramallo
me dijo algo; pero habló en voz tan baja que no puedo recordar lo que me dijo.
Uno tras otro, llegaron todos, menos el sordo Luján. Yo no podía hablar. La
última en aparecer fue la madre superiora. Alzó mi mano y me tomó el pulso.
Escudriñó cuidadosamente mis ojos. Llamó entonces a los enfermeros y sentí el
traqueteo de la camilla. Cuando me trasladaban al Pabellón de los Desahuciados,
perdí el conocimiento.
XXII
Soy un estúpido, me dejé
atrapar. Los apestosos me vencieron. Mi error fue haber permanecido aquí. Debí
haber escapado a tiempo. La ciudad es más benigna. Es mejor vivir bajo un
portal o bajo un puente; con hambre o con frío, pero vivir. Estoy derrotado.
Pienso en el obelisco, con su bandera flameando al tope. La ciudad se abre bajo
mis pies y yo voy por ella, saltando vallas. Giran los carruseles de los
parques y vuelvo a ser ese niño que bajaba por resbalines y se detenía ante los
monos del zoológico, siempre tan traviesos.
¡No me castigues mamá; no he cometido ningún crimen! ¡Yo te prometo que
no saldré más a jugar con Peter! ¡Es él quien me obliga a cantar esas canciones
que no te gustan! ¡Pégame si quieres, no me compres juguetes! ¡pero no me
encierres, mamá, en el cuarto oscuro! ¡No te vayas, me duele la espalda! ¿No sientes acaso cómo me duele la espalda?
Ya se encenderá la luz y me iré de aquí, mamá, para siempre.
XXIII
Se enciende la luz y
estoy, sobre una camilla, al final de un largo pasillo. Se acerca un enfermero
y empuja la camilla. Crece el chirrido de sus ruedas. Me levantan y me acuestan
sobre una cama. Esta cama es distinta de la que tenía antes: suave, muelle, con
sábanas limpias. Tengo frío. Me abrigan de inmediato. Se acerca hasta la cama
una monja. Es una monja joven. Sonríe. Siento un gran alivio porque el dolor de
espalda empieza a disiparse. La monja me dice que no me preocupe, que todo está
bien. No me faltará nada. La comida es buena y hay una capilla que está
permanentemente abierta. A mi derecha hay una cama vacía, con las sábanas en
desorden; recién desocupada, sin duda. Cuando le pregunto por mis cosas, la
monja se lleva el índice a los labios. Debo guardar silencio porque en la sala
hay otros enfermos. Se va la monja y pienso en la vida. Después de todo no es
tan mala, como lo había pensado al principio.
Juan Carlos Rodríguez, abogado y escritor boliviano nacido en Santa Cruz
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