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Juan Carlos Rodríguez - El Asilo

 

Aquí todo el mundo finge dormir; pero no me engañan, me acechan. Viejos sucios, algo traman contra mí. Me odian porque soy nuevo y creen que he venido a disputarles su ración. Me espían desde sus trapos. Escucho claramente sus cuchicheos oblicuos. Es como una acción estática, vacía de movimientos, que invade hasta la más recóndita partícula de este recinto. Ejército de piojosos, no permitiré que me acorralen.  ¿Cuándo abrirán las cortinas? Ya debe ser casi de día. ¡Maldito día! En cuanto amanezca seguirán su guerra en los urinarios, en el comedor, ocultándose detrás de los santos de la capilla, en el patio. Me parece verlos sentados bajo el sol, como maquillados por el diablo, o haciendo rechinar sus sillas de ruedas por los corredores. No me tomarán por sorpresa. Tengo un trozo de cañería bajo mi almohada.

 

II

 

Este cambio me está afectando. Hay ciertos hechos que me confunden. Cuando entré al asilo vi cómo sacaban, sobre una camilla, a un hombre muerto. Vi sus pies, erectos bajo la blancura del lienzo. Aspiré por vez primera el olor a formol; olor que me trasminó y que ahora me persigue por todas partes. Tengo la impresión de que este suceso ha marcado mi vida. Es como un presagio, un mal augurio. Este es un mundo extraño, claro y lóbrego a la vez. Los empavonados cristales, las aldabas de hierro, el mosaico, los cuadros del Sagrado Corazón que se repiten en todas las habitaciones, los largos pasillos, las pantallas, todo cuanto hay aquí tiene un color a muerte. He comprendido, finalmente, lo que es el miedo.

 

III

 

Hay aquí algo indefinible. Algo, que, sin ser precisamente una acechanza, intenta cambiarme. Algo así como una repelente mariposa nocturna que se hubiera colado al interior de mis entrañas y que aleteara dentro de mí. A veces, siento mi cuerpo como un cuerpo ajeno, como si alguien extraño a mí me habitara. Tengo miedo volverme otro. Recuerdo a mi padre: Para una buena vejez, decía, ni rezos ni compasión. Y no permitía que nadie lo ayude cuando levantaba en su imprenta sus cajas de tipo.  El no sintió ese escuadrón de cucarachas invisibles que caminan de la espalda a la lengua. Murió de pie, trabajando. Debo reponerme, ya me adaptaré.  Debo tener paciencia; reconocer que, allá afuera, no hay espacio para mí. Debo aceptar que aquí se acabó mi vida, irremisiblemente. Pobre viejo, a nadie le sirves o le haces falta; para nadie eres imprescindible. Sé cuerdo, entonces. Olvida tu arrogancia. Ya pasó tu vida, prepárate para ser otro. ¿Otro? ¡Nunca!

 

IV

 

No dejaré que me arrebaten. No soy una habitación vacía que puede ser ocupada por cualquiera. Yo soy yo. Debo cuidarme de mí mismo. De mis engañosas susceptibilidades. Debe prevalecer mi sentido común frente a las acechanzas que me cercan; acechanzas de dentro o de fuera. La vejez es como una fermentación; unos se transforman en vino añejo, otros simplemente se pudren. A veces, cuando no hay nadie, entro en la capilla y le imploro a Dios. No, no es cierto, yo nunca imploro. Lo acuso de haberme arrojado a este depósito de viejos inútiles. Como si no supiera que los viejos tienen un lugar en el mundo. Ahí están, para confirmarlo, sus apóstoles. Fueron ellos los que pusieron los cimientos de la iglesia. Cuando me levanto del reclinatorio, las rodillas me duelen, atrozmente. Reconozco entonces que los viejos debemos aceptar la realidad; aceptarnos como somos, con nuestras várices, nuestras espundias, nuestras costras, nuestros hedores. Y ya no sé, en el fondo, qué cosa es preferible: si una vejez amenazada por los lobos del desamparo o el trapo sucio de la compasión. A esta edad, y en esta circunstancia, resulta muy difícil acomodarse a la palabra dignidad. ¡Dignidad! ¿Para qué? ¿Para morirse como Eusebio?

 

V

 

Eusebio amaneció muerto en su cuartucho. Después de catorce años de haber restregado excusados, desaguado el sótano y deshierbado el jardín, un cajón, una misa y una covacha en el cementerio es todo lo que obtuvo. Algo es algo, hubiera dicho el mismo Eusebio, en comparación con las cuchillas de la morgue. Era difícil saber cuál era el rol de Eusebio en el asilo: si sereno o interno. Dormía en ese cuartucho que está bajo las gradas del campanario. Comía solo. Hablaba solo (¿quién no lo hace?)  Es indudable que estaba fuera del rebaño, aunque sería más propio decir que lo mantenían fuera. Sin embargo, tenía sus privilegios. Nadie sabía, por ejemplo, cómo se las ingeniaba para beber. Cuando se llevaron el cadáver, Gatillo, cumpliendo órdenes de Hedilfo, entró al cuartucho de Eusebio. Comenzó a tirar sus cosas al patio. Nada valioso: harapos   y   un cuaderno donde apuntaba, ocasionalmente, recados y nombres.  Lo recogí del patio porque nadie se interesó en él. Me he puesto a leerlo a escondidas. Me ha llamado la atención una frase, casi borrada por el tiempo, que dice: La madre Terencia me ha dicho que vaya a su celda esta noche.

 

VI

 

Sé que este sucio cuaderno de Eusebio no tiene ningún valor, pero siento por él una absurda fascinación. Confieso que me complace leerlo. Es como hacer algo indebido; algo cuyo resultado puede empujarme a un universo distinto.  ¡Supercherías!  Me gusta leer, eso es todo. Hasta los hechos más insignificantes se me figuran pozos de misterio cargados de significación. Un buen sitio para leer es el retrete. Todo lo que tengo son unos pocos libros que guardo celosamente en mi cacha. Pero estos malditos retretes tienen docenas de hendijas desde donde se puede espiar. Debo cuidarme. Las monjas no permiten que se lean otros libros que los que ellas autorizan.

 

VII

 

Comienzo a conocer a la gente. Hedilfo capitanea al grupo de los antiguos. Hoy es un día especial. Han aseado el comedor y los dormitorios y han puesto flores en la capilla. Las monjas nos han ordenado vestirnos con nuestra mejor ropa. Antes del mediodía, llegó un grupo de damas, con ropa, fruta y cigarros. Hedilfo se instaló al fondo del patio, postrado en una silla de ruedas, y empezó a gemir, como sólo él sabe hacerlo. Llamó la atención de las señoras. Mandó entonces a su alcahuete, el mudo Gatillo, a recoger donativos. Coronó su actuación con un llanto de hipócrita gratitud y se alejó en su silla mirando hacia los lados, para esconder su botín. Yo no sé si me hice el desinteresado o me pasaron por alto, pero no recogí nada.

 

VIII

 

Domingo, día de visitas. La gente de ese mundo ya distante, que es el mundo exterior, viene a vernos. Vienen aquí como si se tratara de un zoológico. Nos escudriñan como a especímenes raros, como si ya no perteneciéramos a la fauna humana. ¿Qué diferencia hay entre ellos y nosotros? Cada domingo me hago la ilusión de escapar, porque ese día el control de la casa se debilita. ¿Pero cómo y por qué?  Definitivamente, estoy maniatado. Hedilfo, aunque no tiene parientes, repite su actuación. Es un mendigo disfrazado de interno, yo no sé qué hace aquí. Es un tramposo.

 

IX

 

Entre el asilo y el Pabellón de los Desahuciados hay una reja de metal que es como una línea divisoria entre la vida y la muerte. Sólo las monjas, y el resto del personal, pueden cruzar ese límite y regresar de él. Si alguno de nosotros lo atraviesa, no vuelve más. Ayer fue Francisco. Postrado por un asma crónico, pasó una noche espantosa. Su bacín amaneció repleto de sangre. Al amanecer, dos enfermeros se lo llevaron al pabellón. Se lo llevaron sobre una camilla rodante, escoltado por la madre superiora. Un silencio pesado se apoderó del dormitorio. Todos sabemos lo que significa eso. ¡Se tejen tantas historias acerca del pabellón! Eusebio fue el único que conoció sus misterios. A los otros sólo nos queda deducir, por la intensidad de los lamentos, lo que ahí adentro sucede. Se abre la reja de fierro y el que se fue regresa encajonado rumbo a la capilla, para el velatorio. El pabellón, sin duda, es la antesala del infierno.

 

X

 

Un día lleno de acontecimientos. Esta mañana, durante la misa, en el momento en que íbamos a recibir la eucaristía, Gerardo sufrió uno de sus acostumbrados ataques y cayó hacia adelante, cuando iba a recibir la comunión, entre espumajosos espasmos. El cura se vio obligado a interrumpir la ceremonia y ordenó a las monjas que lo sacaran del templo. Un enfermo le aplicó una inyección. Yo estaba junto a él y vi cómo lo pusieron después sobre una camilla. Gerardo abrió los ojos. Tenía un aire de tranquila ausencia. Me vio sin verme y me dijo: "He sentido la gracia del Arcángel San Miguel. Uno de nosotros nos está entregando un oscuro comercio. Tenemos la llave y no sabemos guardar la puerta". Se mordió la mano y calló. No entendí, en ese momento, sus palabras.

 

XI

 

Cuando hay buen sol y nos distribuirnos por los bancos del patio para disfrutarlo, me entrego a mis recuerdos. Es como un juego regido por la luz. Hoy, en medio de una claridad enceguecedora, recordé la panadería de un viejo vasco que era amigo de mi padre. Me atraía el encanto de sus viejas repisas, sus destartalados anaqueles y ese olor a pan recién horneado. Aún lo veo, de cachimba y boina, descansando en su perezosa. Le entregábamos el dinero y salíamos de la panadería con u no o dos panes demás que el vasco nos dejaba hurtar, haciéndose el desentendido. Mientras recordaba la panadería vi cómo el cojo Millán espulgaba la cabeza de Hedilfo. ¡Cojo sucio, me echó a perder mis recuerdos! Sonó la campanilla llamando al comedor y me quedé en el banco, prolongando el sol. Cuando llegué al comedor casi todos los puestos estaban ocupados. Sólo había un espacio libre en el sector ocupado por Hedilfo y su gente. Y como no les debo ni les temo, me senté entre el sordo Luján y un ex-boticario. No disimularon su disgusto. Los viejos de los otros mesones se dieron cuenta de lo que ocurría y miraban con tímida curiosidad. De pronto, el sordo Luján, apretándose el estómago, lanzó al aire unas sonoras ventosidades; luego percibí, claramente, cómo se ensuciaba en el interior de sus ropas. Y aunque comer y lo otro son dos funciones que de algún modo están relacionadas, me escapé despavorido, al borde del vómito. Nadie más se movió. Al salir del comedor escuché sus risillas y caí, por vez primera, enfermo.

 

XII

 

Recién ahora voy comprendiendo el siniestro poder de Hedilfo en el asilo. Esta es una especie de sociedad en la que no es posible ser diferente de los otros. Tarde o temprano, se hace indispensable pertenecer a un grupo. Cuando Hedilfo me venció, porque de eso se trata, de una derrota, se me acercó Raimundo.  Es un hombre tosco, de espaldas anchas, cabeza redonda y afeitada, voz áspera. Da la impresión de un gladiador senil. Lo llaman el Vigilante y es el único a quien respetan Hedilfo y sus secuaces. Habla sin rodeos, con ademanes secos, como un militar. Hedilfo es el soplón de la superiora.  A cambio de este servicio, recibe los mejores platos. No le mezquinan tónicos ni vitaminas. Cuando llegan donativos de ropa y se hace la distribución, las prendas más nuevas son para él. En la medida en que el Vigilante me fue hablando de Hedilfo, creció mi sorpresa. No todos son iguales aquí; hay algunos que no son pobres y esconden su dinero. Hedilfo es un espía. Vende a la gente. El, y la madre superiora, deciden quién debe ir al Pabellón de los Desahuciados y cuándo. Usted es nuevo aquí. Pruebe: quéjese. Ya verá cómo esa bruja se hace la desentendida. Ya llegará el tiempo en que también lo ajusten a usted. ¡Abra los ojos! Y el Vigilante me ofreció, finalmente, su protección. Me dijo que tenía veintitrés protegidos. ¿A cambio de qué? Ya hablaremos de ese asunto.

 

XIII

 

Las mujeres conforman un grupo aparte. Viven en otro pabellón. Caminan juntas. Tienen su propio comedor y hablan todo el día. En eso son mejores que nosotros: No parecen odiarse, o al menos así lo creo yo. Asisten, sin faltar nunca, a todos los sepelios. Lloran como si se les hubiera muerto algún familiar. Algunas se desmayan. Por eso, cuando muere alguna mujer, los hombres, por gentileza o reciprocidad, asistimos también a su sepelio. Ayer murió doña Eudocia.  ¡Coro de brujas!, me dije cuando me invitaron al entierro, ¡yo no tengo por qué asistir a esa clase de ceremonias! Pero aquí estoy, frente a la fosa. Retiran las guirnaldas y tarjetones que cubren el ataúd y lo abren.  Contemplo entonces el rostro de la muerta; parece un pergamino arrugado. Hay algo raro en ese rostro que llama poderosamente mi atención. Debe ser la muerte, me digo. Ahora sellan el cajón y lo bajan. Es el momento del llanto y los desmayos. Abandonamos el cementerio en pequeños grupos. El Vigilante marcha conmigo. Cuchichea: “¿Se fijó usted que tenía la boca rellena de algodón? Algodón con rastros de sangre. Y eso qué, le digo. Tenía dientes. Acuérdese. Acuérdese. Un puente de oro apoyado en los caninos. No estoy seguro, pero creo que el Vigilante tiene razón. Ahora comienzo a comprender las palabras de Gerardo.

 

XIV

 

Este patio tiene un gran atractivo, cosa que desconocía al comienzo de mi permanencia aquí. Finalmente, sentí su necesidad. En realidad, es un patio-jardín, con bancos y macizos de flores. Al principio, sólo lo usaba por las mañanas. Ahora lo prefiero a la oración, cuando el sol declina mansamente. Cada cual tiene sus horas preferidas. Es como un rito, como una costumbre que no se sabe cómo empezó ni por qué se repite.  Y aquí estamos, cada uno en su sitio. Allí están Cuchillo López y Pollo Ruíz. Veo ven ir a Ramallo Roca en dirección de mi banco. Tan circunspecto Ramallo, siempre bien vestido, bastón en mano, cordial. Me hace una reverencia y se sienta a mi lado. Dejo de leer para corresponder a su gesto. Ramallo elogia mi vocación por la lectura. Dice que es un lujo que ya no podrá darse porque hace pocos días se le perdieron los lentes. Yo sé lo que es eso. Me he tomado una farmacia de cápsulas y la memoria, que fue mi mejor atributo, no me responde.  Sólo la dignidad de otros tiempos me ha permitido sobrevivir en este lugar. Ramallo, como si hubiera   oído mi pensamiento, habla de la cultura. Pondera la importancia del arte y la historia.  ¡Viejo astuto, ya sé lo que quiere! Ha preparado este discurso para conmoverme. Ahora, posiblemente, me pedirá dinero.  Ramallo concluye su discurso y no me pide nada.  Se levanta y regresa a su banco.  Estoy confundido.

 

XV

 

¡Ramallo! Porque escribe uno que otro poema se cree superior a los demás. Con o sin poesía el mundo seguirá andando. Con o sin Ramallo seguirá la vida. A ratos quisiera decirle lo que pienso de él, pero no me entendería. ¡Sólo sin ti, sagrada inexistencia, se detendrá el mundo! De nada le sirve la cultura. ¡Ramallo, triste fantoche! Cuando empieza a repetir un poema que aprendió en su juventud y se queda sin concluir lo, no quiere reconocer que el tiempo lo gasta todo. Me habla entonces de su memoria, tan admirada en otros tiempos, y que hoy se ha convertido en un cedazo que no puede contener nada. Cree entonces que el vivir en éste mundo, plagado de ignorantes, lo está entorpeciendo. Se niega a aceptar que es la vejez la que lo ha desvalorizado. Los días de visita se esconde en el dormitorio o en los retretes. Dice que no podría soportar la humillación de que alguien lo reconozca hundido en este muladar, en este antro de trogloditas. Pobre Ramallo: se cree un ruiseñor. ¿Qué hace entonces entre los cuervos?

 

XVI

 

Otra hermosa tarde de sol. Aquí estoy, sentado en mi banco, y se me acerca el sordo Luján. Ya sé a lo que viene ese sordo pícaro. Ha elegido el momento preciso. Viene a pedirme que le conceda otro plazo más, el último, antes de perder la prenda. Como es sordo no puede medir la intensidad de su voz y me habla a gritos. Me obliga a responderle en el mismo tono.  La discusión se escucha en todo el patio.  Eso es lo que quería el sordo: ponerme en evidencia, y lo ha conseguido. Pero no estoy dispuesto a ceder. Nada es gratis. La vida nos cobra cada sorbo que apuramos de ella. No estoy dispuesto a despilfarrar mis ahorros fomentando a estos holgazanes. Tarados, nunca usan de su inteligencia. Sólo piensan en medrar.  Le digo al sordo que no, no hay más plazos. Cuando una prenda muere, muere. Y se aleja el sordo, mascullando amenazas. Estos gusanos me odian porque tengo un hijo que me socorre, mientras que a ellos no los recuerda ni Dios. Envidian mi ropa, los gustos que me doy. No saben hacer otra cosa que mendigar. Quisieran destruirme, pero les falta coraje. Los conozco bien.  Los conozco mejor de lo que ellos mismos se conocen.  Aunque me maldigan entre dientes y me digan usurero, este mundo está hecho para gente como yo.

 

XVII

 

Ramallo me ha puesto en la incómoda situación de negarle un préstamo.  No hubiera querido hacerlo, pero si empiezo a prestar sin las correspondientes garantías acabaría por hundirme yo mismo. De todas maneras, con lentes o sin lentes, Ramallo ya no tiene qué leer aquí.

 

XVIII

 

El sordo Luján pretende aleccionar a la gente en mi contra. Lo veo en sus ojos, llenos de ira.  El rencor lo carcome y apenas puede disimularlo. Tiene ganas de golpearme en la cara y escupirme. Si pudiera hacerlo, no vacilaría en agarrar mi pellejo y darle la vuelta como un guante, pero está amarrado a su impotencia.  No vacilaría en estrangularme si no fuera por esa artritis que le paraliza los dedos.  Me sigue por donde voy, como una sombra. Lo he sorprendido anoche, cuando estaba contando mi dinero.  Me espía en los retretes, donde me encierro a leer o a disfrutar en paz de alguna golosina. Y en cuanto puede se acerca a los demás y les dice que soy un chupasangre. Pero yo no le temo. No le temo a nadie, ni al sordo, ni a quienes hoy, movidos por sus propias frustraciones, lo escuchan. Tarde o temprano recurrirán a mí, para que los saque de apuros. Hablen con el sordo, les diré, piara de cobardes. Vamos a ver quién vence en esta pelea, si el sordo o yo.

 

XIX

 

No dejaré que estas circunstancias, por repugnantes que sean, me afecten. Es cierto que, al principio, me fue difícil entender esta realidad. Ahora, finalmente, he comprendido que debo aceptar las cosas tal como son. Nada es innecesario. Hedilfo y sus secuaces me han enseñado a sobrevivir. Es como si un día cualquiera te despiertas y descubres que te han salido escamas; escamas sin las cuales no podrías vivir aquí. Poco a poco, te vas acostumbrando a esas escamas. Reconoces que son la coraza que necesitas para vivir en un medio como éste. Con el tiempo, terminan por ser algo normal.

 

XX

 

E l Vigilante me ha advertido que no podrá hacer mucho contra el sordo Luján. Me ha dicho que a ese tipo jamás debían haberlo aceptado en el asilo, porque es un ex convicto. Su lugar es la cárcel, opinó. Ante esta notificación, que reduce mis márgenes de seguridad, he conseguido, mediante dádivas naturalmente, un asiento desde el cual puedo observar, a través de una ventana, mi cama. Cierro mi cacha, que está bajo mi cama, con tres candados. Y he decidido no hablar con nadie, ni siquiera con Ramallo. Debo estar alerta.

 

XXI

 

Soy un estúpido, me dejé sorprender.  Anoche, cuando trasponía la puerta del dormitorio, no vi ese bastón que surgió del otro lado del muro y se atravesó en mi camino. Tropecé y me fui de bruces. Los enfermeros del turno me trasladaron a mi cama y empezó esa ronda de rostros que se proyectó, por un momento, como una pesadilla. El primero que vino a verme fue el cojo Milán, luego se me acercó Hedilfo, haciendo rechinar las ruedas de su silla. Ramallo me dijo algo; pero habló en voz tan baja que no puedo recordar lo que me dijo. Uno tras otro, llegaron todos, menos el sordo Luján. Yo no podía hablar. La última en aparecer fue la madre superiora. Alzó mi mano y me tomó el pulso. Escudriñó cuidadosamente mis ojos. Llamó entonces a los enfermeros y sentí el traqueteo de la camilla. Cuando me trasladaban al Pabellón de los Desahuciados, perdí el conocimiento.

 

XXII

 

Soy un estúpido, me dejé atrapar. Los apestosos me vencieron. Mi error fue haber permanecido aquí. Debí haber escapado a tiempo. La ciudad es más benigna. Es mejor vivir bajo un portal o bajo un puente; con hambre o con frío, pero vivir. Estoy derrotado. Pienso en el obelisco, con su bandera flameando al tope. La ciudad se abre bajo mis pies y yo voy por ella, saltando vallas. Giran los carruseles de los parques y vuelvo a ser ese niño que bajaba por resbalines y se detenía ante los monos del zoológico, siempre tan traviesos.  ¡No me castigues mamá; no he cometido ningún crimen! ¡Yo te prometo que no saldré más a jugar con Peter! ¡Es él quien me obliga a cantar esas canciones que no te gustan! ¡Pégame si quieres, no me compres juguetes! ¡pero no me encierres, mamá, en el cuarto oscuro! ¡No te vayas, me duele la espalda!  ¿No sientes acaso cómo me duele la espalda? Ya se encenderá la luz y me iré de aquí, mamá, para siempre.

 

XXIII

 

Se enciende la luz y estoy, sobre una camilla, al final de un largo pasillo. Se acerca un enfermero y empuja la camilla. Crece el chirrido de sus ruedas. Me levantan y me acuestan sobre una cama. Esta cama es distinta de la que tenía antes: suave, muelle, con sábanas limpias. Tengo frío. Me abrigan de inmediato. Se acerca hasta la cama una monja. Es una monja joven. Sonríe. Siento un gran alivio porque el dolor de espalda empieza a disiparse. La monja me dice que no me preocupe, que todo está bien. No me faltará nada. La comida es buena y hay una capilla que está permanentemente abierta. A mi derecha hay una cama vacía, con las sábanas en desorden; recién desocupada, sin duda. Cuando le pregunto por mis cosas, la monja se lleva el índice a los labios. Debo guardar silencio porque en la sala hay otros enfermos. Se va la monja y pienso en la vida. Después de todo no es tan mala, como lo había pensado al principio.

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Juan Carlos Rodríguez, abogado y escritor boliviano nacido en Santa Cruz

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