Cruz Durán se movió sobre su cabalgadura. Atrás quedaban los
últimos destellos de la fragua del día. Sentía el brazo duro, agarrotado.
Cambió a la niña de lugar, y por millonésima vez clavó espuelas al zaino. La
senda se estrechaba, ayudada por el desperezamiento de la noche. El animal
resoplaba cansancio. Aunque los ruidos del monte aumentaron, Cruz no se percató
de ello. Sólo lo embargaba el afán de llegar lo más antes posible al poblado;
de escapar de ese misterioso redoble de cascos que aumentaba precisamente
cuando el corazón de la niña parecía detenerse. Empezó a escucharlos una hora
después que salió de su rancho. Al comienzo los escuchó difusamente,
confundiéndolos con el sonido de los cascos de su propio caballo. Luego se
hicieron más nítidos. Sin lugar a dudas, la muerte lo seguía.
El contenido del vaso desapareció entre los labios del doctor.
Había tenido un día normal: repartió aspirinas, asistió a un nacimiento y cerró
los Ojos de una vieja. Luego, se fue a beber. Así lo encontró Cruz Durán, después
de buscarlo en la posta y preguntar a los vecinos, mientras lo maldecía y
subían de la vaina a su mano las
pulsaciones de su puñal. Ahora el doctor examinaba a la niña y luchaba
además contra los efectos de la bebida. Cruz Durán prefirió esperar fuera de la
posta. Escarbaba la tierra con la proyección de su mirada. De pronto, se
reanudó, restallando en su mente ese galope. Comprendió lo que pasaba, y entró.
El médico, lívido, se disculpó: "Hace meses que no me mandan remedios; soy
un médico, no un mago". El puñal saltó a las manos de Cruz. El médico
retrocedió. Le hubiera sido difícil precisar cuál de esos tres puñales lo
atemorizaban más, si el facón o la mirada de Durán que se detuvo, por un
momento, en un pequeño estante, polvoriento y vacío. Guardó el facón.
Consciente de que no se puede mojar el agua, tomó el cuerpito inerte de la
niña, subió al caballo y volvió a su rancho. Sólo cuatro cascos tamborileaban
sobre el camino.

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