Al comenzar la perforación de aquel pozo nadie imaginó hasta
dónde llegaríamos. Ahora comprendo por qué aquél geólogo nos decía que la
tierra era como una hembra chúcara, con su propio sentido de la justicia. Nunca
sabremos por qué nos retuvo allí: si porque nos amaba o por seguir hurgando en
nuestro sufrimiento y medir así nuestra dimensión de machos. En cierta época,
llegamos a pensar que agujerearíamos el globo de parte a parte. Y eso que
éramos veteranos en el ramo y estábamos acostumbrados a ese jadeo ronco de las
máquinas que hace que las horas pierdan su color. Que yo recuerde, cuando
todavía nos importaba el tiempo, y los días se volvieron semanas, las semanas
meses y los meses años, se pensó en abandonar la obra muchas veces. Pero el
gobierno tomó cartas en el asunto y el Presidente dijo: "Lo que se empieza
se termina, qué carajo".
Apenas recuerdo que, durante el traslado del equipo al nuevo
punto de perforación, la naturaleza nos dijo que éste pozo sería diferente.
Pero, en ese momento, nadie entendió su mensaje: un aire sofocante y pesado se
recostó sobre la llanura, los vientos cambiaron de rumbo, el sol se apoderó de
la sabana y los caminos se llenaron de arena.
Y allí nos quedamos, como atrapados en el tiempo, sin poder avanzar ni
retroceder. El companyman decidió
esperar las lluvias para continuar el trabajo; pero cuando llegaron las lluvias
el agua penetró en la tierra, las ruedas se hundieron en el barro y los equipos
se quedaron donde estaban. Después de
muchos esfuerzos, nos dimos cuenta que lo mejor era esperar el regreso de los
días soleados. Ya para entonces, las mujeres del tooll poscher, del mecánico y del
químico, se cansaron de estar sin marido y se presentaron un día para
instalarse alrededor de las máquinas. Después fueron llegando las demás, en
largas y bulliciosas romerías.
Fue entonces, pienso yo, que el tiempo comenzó a cambiar de
sentido. Porque se sucedían las estaciones, sol y lluvia, lluvia y sol, y allí
continuábamos, sin movernos. Un día
cualquiera, las mujeres se aburrieron y regresaron al pueblo. En el campamento
sólo quedó un vago olor a macho y aceite y Sotelo empezó a convertirse en el
personaje más querido de la llanura. Cuando esperábamos, por enésima vez, otra
época de lluvias, el gobierno se enojó y mandó a decir: "Tienen que desarmar el equipo y trasladar todo, aunque
sea en burro, qué carajo''. Y por
orden del gobierno nos convertimos en burros. El
trabajo fue pesado. Al finalizarlo, lógicamente que estábamos extenuados, pero
así y todo armamos un bonche descomunal. Bailamos tanto sobre la barriga de la
sabana, que el polvo que levantamos con la salsa y los joropos estuvo a punto
de tragarse un avión. Cuando la polvareda llegó a Caracas, nos enviaron otro
ultimátum: Había que empezar, sin más dilaciones, la perforación. Resulta
imposible contar todo lo que sucedió en aquellos años, desde que el taladro se
hundió en la tierra hasta ese milagroso día en que la espada de Sotelo se
levantó.
Aunque, como es habitual, la perforación se alargaba a través
de un infinito racimo de días y noches, algo raro pasaba allí. Imaginemos una
mezcla de monotonía y tristeza y una lenta pérdida de la noción del tiempo; en
esa mezcla, pienso yo, se gestó ese hijo invisible que se apoderó de todo el
campamento. Poco a poco, al geólogo le creció su amor por la tierra; amor
doloroso a veces, pero que de cualquier manera lo comprendíamos. Y el viejo
texano, que había pasado su vida a la sombra de las torres de perforación,
tenía actitudes que en otro tiempo no nos hubieran causado molestia. En cuanto
abría la boca, como vieja que dice "amén", decía "puta",
que era la única palabra que podía pronunciar correctamente. No tenía más tema en su conversación que los
prostíbulos. Nos aburrió también con su eterna propuesta de intercambiar
mujeres, promocionando a la suya con unas fotos en las que aparecía una gringa
desnuda de pendejos tan amarillos que se confundían, o se fueron confundiendo más
y más, con la declinante coloración del papel. ¡A más de uno le entró la idea
de quemarle la foto!
Ya, para entonces, las canaletas se habían convertido en
zanjas, y las zanjas en arroyos sobre los que tuvimos que tender puentes para
poder pasar. El pozo de desagüe fue ampliado tantas veces que, al final, se
transformó en esa laguna que los pueblos vecinos usan hoy para navegar y
comunicarse.
Sotelo se instaló en la parte más acogedora del campamento. El
representaba para nosotros la esperanza, la alegría y todas las cosas buenas
con las que podíamos soñar. Fue buscador de esmeraldas en la frontera con
Brasil, peón de campo en las haciendas de Aragua, estibador en Puerto Cabello,
albañil en Caracas y, sobre todo, amante del juego, del ron y las mujeres. En
la oscuridad de la llanura, en esas contadas ocasiones en que el silencio
parece conversar consigo mismo, se podía sentir nítidamente el palpitar de las
pulsaciones de esa criatura planetaria que llevaba Sotelo entre las piernas,
como si existiera fuera de él con vida propia, mientras que el taladro, entre
reventones de gas, hacía lo suyo. Sólo una noche cambió el olor del gas. El
geólogo, entre sorprendido y alegre, lo atribuyó a otra formación. Como era un
gas denso, daba la sensación de que se lo podía palpar. Al siguiente día se
supo que aquello fue producto de un cargamento de caraotas que el Presidente
nos mandó de regalo, porque para que la gente trabaje hay que alimentarla, qué
carajo, aunque las caraotas se conviertan después en gas y provoquen la
confusión de los geólogos.
Sin embargo, no se vaya a pensar que nosotros estábamos alií
sin alimentos. Nada de eso. Desde la distancia, se podía apreciar que la torre
se alzaba orgullosa en medio de sembradíos de maíz, arroz, patillas y toda
clase de hortalizas. Se podía oír también al companyman dar órdenes desde la
torre. Es cierto que el viento, en su pesadez, afectaba la acústica y retenía
sus palabras, como si las ahogara, porque cuando la orden llegaba, el
companyman estaba ya cosechando los tomates. Los alimentos parecían nacer
solos. Cuando allá abajo la tierra se puso dura, y nos vimos obligados a
suspender temporalmente la perforación, los tubos se cubrieron de una costra de
tierra de la que nació, no sabemos cómo, una plantación de tomates. Y cuando se
necesitó otro tubo, como los tomates estaban todavía verdes, el companyman
dijo: "Nada de vainas; a esperar, no vamos a perder los tomates".
Esperamos y fue por eso que alguien propuso plantar frutales
alrededor de la mesa rotaria. Crecieron fácil; con los años apareció el
bosquecito. Teníamos mandarina, mango, cambur y hasta un limonero. ¡Qué huerto
más chévere! Y allí estaría aún si no fuera por los pájaros, que enamorados de
su verdor se vinieron a empollar en sus ramas. Nuestros oídos, acostumbrados al
ruido de las máquinas, se resintieron. Y se resintieron tanto que el companyman
los espantó a escopetazos y dio orden de talar todos los árboles. "Ya no
soporto esa vaina", dijo. Todo lo que quedó del huerto era una miserable
fotografía, donde se veía un limonero que renació gracias a los mimos de
Melitón. Lo volvieron a cortar, pero era terco el arbolito. Al final nos ganó a
todos y se quedó allí, paliducho, raquítico, pero vivo.
Bajo la sombra de aquél limonero compartimos recuerdos; como
los del geólogo, que sentía la tierra como parte de sí mismo y no expresaba
nada que no tenga relación con ella, ni siquiera cuando hablaba de mujeres.
Así, la piel femenina podía ser, según su textura, como de jaspe o gutolitas;
sus senos, como cantos rodados; sus formas, como lentas dunas; su vagina, como
un ventifacto suave a las caricias. Medía su excitación sexual en la escala de
Richter, con graduaciones ascendentes que alcanzaban al grado siete, orgasmo,
comúnmente llamado terremoto. Cierta vez, al eructar el pozo, nosotros, como es
habitual, escapamos. El geólogo, por el contrario, subió a lo más alto de la
escalera: ¡Vuelvan! ¡la tierra es mi chola! ¡Vuelvan, que yo pararé su furia!
¿Qué fuerzas acudieron para ayudarlo? No lo sé, pero él sólo, sin ayuda de
nadie, colocó el kelly, mientras que el barro que lanzaba su
"hembra", la tierra, lo cubría por completo. Alcanzamos a ver su
boca, que se abría y cerraba como si estuviera hablando con ella, y la verdad
que pareció convencerla, porque el pozo dejó de estornudar, suspiró tres veces
y volvió a la normalidad.
Fue entonces, sí, entonces, cuando de la profundidad de la
sabana, de las entrañas del tiempo, vimos llegar a un anciano cojitranco que
estaba también, de alguna manera, metido en nuestra memoria. Lo reconocimos en
el acto. Desnivelado, parecía que un peso invisible lo empujaba hacia adelante,
como para incrustarlo en la tierra. Avanzaba lentamente. La luz parecía huir a
su paso en un desplazamiento sin fin. Desde las cuencas de sus ojos, ahítas de
sangre, caía algo así como dos chorros que empurpuraban el suelo. Llevaba de
tiro un corcel donde descansaba una niña, frágil como el aleteo de un colibrí y
solitaria como una gaviota en el confín del mar. Mientras se alejaba yo me
pregunté, desde la torre de perforación, sobre la visión que se habrá llevado
de nosotros, Lope de Aguirre. El reverberar lejano de la sabana se los tragó.
Salvo Sotelo, que de tarde en tarde nos alegraba la vida, esos
años sin color nos habrían devorado definitivamente. Sotelo contaba historias
que sólo él conocía. Sotelo cantaba con ancestral dolor antiguos joropos.
Sotelo reía. Sonreía y su sonrisa dejaba translucir el alma de un pueblo parido
a espaldas del alfabeto; un pueblo que enrojeció el mar con su sangre y trajo
del África fuego de tigres y ternura de palomas uncidas al eslabón de sus
cadenas. A veces se entristecía, sobre todo si alguien le hacía mención de
Salto Ángel; pues, según opinaba, no le correspondía ese nombre, aunque las
coincidencias de su creación insinuaran lo contrario: un ángel que, al volar
sobre el Amazonas, apresado por las hordas de satanás fue castigado sobre el
farallón donde ahora se ve caer la cascada. Antes, por supuesto, le cortaron
las alas y lo arrojaron al vacío; pero nunca llegó al fondo porque su caída fue
una prolongación infinita entre ambos puntos. Ahora, decía Sotelo, parece que
es agua lo que cae. Ahora, se burlaba Sotelo, se llama Ángel Sam. Y churum
...chu rum ...churum ... meeruuú ...cantaba y cantaba.
Porque si hubo un bongó milenario, curtido de sol y arena, ese
fue Sotelo. Con esa especie de obelisco siempre en apresto, que enloquecía a
las mujeres. Llegaban de todos los confines. Y Sotelo, justo como era, le daba
a cada una lo que le correspondía. Durante la noche, en la soledad del
campamento, esos gemidos que se escuchaban, en alemán, en ruso, en francés y
hasta en sánscrito, se transformaban en un gigantesco coro conducido y dirigido
por la fabulosa batuta de Sotelo. Ese tobogán, que era el sitio preferido de
Sotelo para pasar la noche, no era otra cosa que un mecanismo por el cual una
catira se deslizaba para incrustarse en Sotelo. Según decía él, la catira lo
rociaba previamente con una rara miel traída de una constelación desconocida. Y
pronunciaba, antes de hundirse en él, misteriosas palabras que provocaban la
erección de su miembro. ¿Qué palabras? Le preguntamos. Sólo las mujeres las
saben. Nos respondió.
Mientras tanto el viejo texano, inconsolable porque de tanto
mostrar las fotos de su mujer, desapareció la imagen, se esforzaba por
conseguir con palabras lo que no había logrado obtener exhibiendo la
fotografía. Se desgañitaba en torpes descripciones sobre las virtudes sexuales
de su mujer y nosotros teníamos que hacer lance a los chisguetazos del
nauseabundo tabaco que saltaba de su boca al hablar. Más de una vez lo
sorprendí mirando el suelo, moviendo la cabeza, horas y horas. Además, se había
agravado su sordera. Aunque la torre de perforación tronara, él no la
escuchaba. Parecía habitar en una cápsula de silencio. Porque sólo cuando se
acaba la perforación de un pozo y las máquinas descansan, los otros sonidos
pueden tocar la superficie de los hierros, pasearse entre las bombas, mojarse
en el lodo de los tanques, caminar por la mesa rotaria y ascender hasta rebotar
en la última unión de la torre, para luego perderse en el viento. La lluvia y
el sol pueden también reinar a su antojo, porque el gigante está dormido. Pero
apenas un ejército de electrones mueve la primera polea, los engranajes se
desperezan hasta alcanzar un ritmo de locura. El Kelli se bebe los primeros
tragos de una borrachera infinita. Entonces, adiós lluvias, adiós soles. El
tiempo se detiene y la sinfonía del viento pasa de largo huyendo del chirriante
monólogo del acero.
Sin embargo, no todos parecían comprender lo que estaba
sucediendo en torno nuestro. Porque ni el viejo texano, que además de sordo
comenzó a volverse ciego, ni el gringo joven que se pasaba todo el día mirando
sus músculos en un espejo, vieron lo que nosotros vimos: la sonriente cabeza
del general Rivas, en el aceite burbujeante de un cántaro. La caravana, que por
un momento achicharró la llanura, parecía estar contenida en una gota de fuego.
Iba hacia Caracas, orgullosa de su preciada carga. El lomo de las cabalgaduras
se resentía del roce de sus jinetes. Cuando se perdió a lo lejos, rasgando la
noche con dagas de fuego, quedamos petrificados, como si la muerte nos hubiera
tocado con su aliento, pero la acción del taladro, zarandeándonos, nos volvió a
la vida. Nos aferramos a él hasta empaparnos de su canto metálico; a ese
fatídico compás que marcaba el ritmo de nuestros actos.
Para entonces, el geólogo parecía ya un alma en pena. Abandonó
su caseta para vagar por el taladro, entre las bombas, por detrás de los
tanques de lodo. Ya no saludaba con
"buenos días" ni con "buenas noches", sino con
"Arenisca cuarzosa" o "Banco de Lutitas". "Lodo en
20", contestaba otro, y el geólogo seguía su camino, la cabeza gacha y la
camisa hecha girones; esa misma camisa con la que lo vimos llegar al
campamento. Pero, desde más allá de sus cansadas y aburridas cuencas, sus ojos,
siempre vivaces, escudriñaban cualquier mínimo cambio que pudiera romper con la
monotonía de la búsqueda. Como aquella
vez que se quedó en el microscopio más tiempo del acostumbrado. Tras larga
observación, dijo tajante: ¡Esto es pura mierda! Y le llamaron la atención al gordo Estrada
para que no se cagara más en la zaranda; porque no estaba bien que, por los caprichos
de su culo, se alterara la interpretación del interior de la tierra. Una cosa era meterle mierda al lodo y otra
influir en las leyes de la geología. ¡No
hay derecho! Y el más afectado por esa profanación fue el geólogo que amaba la
tierra como se ama a una mujer.
Dormía el geólogo junto a una colección de rocas que había
recogido de los cinco continentes. Conformaba con ellas un cuerpo de mujer. Y
mientras dormía las acariciaba con sus manos, deteniéndose especialmente en un
trozo de lava traído de la Martinica, que oficiaba de sexo. Entonces, en la
penumbra de la noche o en la penumbra de su sueño, los ojales de su camisa se
convertían en pozos de petróleo olvidados para siempre. De volcanes inéditos,
desatándose como mensajes de amor, lentas líneas de lava se iban hacia el mar.
Fue por eso, por esa pasión que sentía por la tierra, que fue el único que
nunca perdía interés en 1.a perforación. Seguía, metro a metro, los avances,
hasta aquel triste episodio que sucedió cuando sacaron la tubería para cambiar
de broca; y a los pocos días el companyman, al caer sobre la caseta del
perforador, constató algo terrible: Había tropezado en la broca nueva que los
infelices olvidaron de colocar en lugar de la vieja.
Desde aquel infausto incidente, nadie más recordó la medida
del avance. No se sabía si perforábamos en pies, metros o kilómetros, pero
seguimos adelante con la perforación. Un memorable día, Torcuato, un campesino
de los alrededores, vino al campamento a informar sobre la insólita aparición
de un tubo en la cara de un barranco. Nuestra sorpresa fue grande. Para salir
de dudas nos fuimos para allá y constatamos que, en efecto, había en ese
barranco un trozo de cañería, abandonado por quién sabe qué gentes.
A nadie le pareció extraño que Sotelo, que a raíz de estos
incidentes había caído en una profunda depresión, se fuera poco después detrás
de una caravana de esclavos que cruzó por el campamento rumbo a los cacaotales.
Encadenados a la noche, fustigados por látigos, aullaban ciclónicos,
perturbando la armonía de la sabana. Sotelo, sin decir a nadie nada, se fue con
ellos. Cuando regresó, traía sobre su piel un nuevo dolor. Un dolor que
Florentino ritmó más tarde, con los cascos de su caballo, cuando pasó por el
campamento cabalgando sobre una copla. Poco antes de su arribo, misteriosamente,
se detuvo el pulso de la vida. Las máquinas dejaron de trabajar. Un viento
infernal atravesó la llanura y detrás de ese viento apareció Florentino, al
galope, detrás del diablo. Lo vimos perderse como sombra entre sombras y la
oscuridad se fue, bañada por la luna que se derramó, como leche tierna y dulce,
sobre la sabana. El corazón de la torre reinició sus latidos. Trinaron los
pájaros. Y la música de Florentino renació en el cuatro de Sotelo.
El más sorprendido por las coplas de Florentino era el geólogo.
Por esas cosas de la enseñanza universitaria y la vida que tuvo, deambulando
por medio planeta, cuanto escapaba al ámbito de la geología, le resultaba
extraño. Parecía que él mismo se hubiera con vertido en un espécimen
geológico. Su mirada, de impreciso color, recordaba la ceniza volcánica. Bien vistas, sus barbas eran dendritas de
manganeso. Y cuando en las noches sin luna se paraba sobre un promontorio,
podía distinguirse claramente, en su figura, el poderoso plutón que custodiaba
el acantilado de su pecho. Temíamos por él, al pensar en el momento de su
descendencia, porque seguro que procrearía un adobe, una caliza, o, en el mejor
de los casos, un bloque de granito. Y porque venía de otras latitudes le
causaba risa la forma de hablar del caribeño, con esa ausencia de eres, que no
eles, en su fonética. Sotelo le explicó que tal ausencia quedó sellada en el
momento en que se esparció por el Caribe la humareda del último cañonazo
filibustero; cañonazo que hundió precisamente el barco que transportaba el
cargamento de las letras eres, remitido hasta estas tierras por la Real
Academia de la Lengua Española. Nadie se asombre, por lo tanto, si un caribeño,
al declamar a Lorca, diga: “velde que te quielo velde”. La culpa la tienen los
ingleses.
Más allá de estas limitaciones, propias de su trabajo, era un
buen hombre aquél geólogo. Y si no que lo diga Braulio, mejor dicho, el finado
Braulio, o para ser más exactos, la verruga del finado Braulio. Hacía muchos
meses que había desaparecido del campamento y eran pocos los que se acordaban
de él. Unos decían que se había ido para el Sur, otros para el Norte, en busca
de la mujer del texano. Pero la verdad es que no se había movido del
campamento. Y ahí estaba el geólogo que lo encontró en el fondo de su micros copio,
entre los granos de arena, cuando descubrió la peluda y luna reja verruga que
tenía Braulio en la mejilla. Sí, se cayó nomás al pozo y una Smith F-7 lo
deshizo.
Comprendimos, desde la muerte de Braulio, que la tierra se
burlaba de nosotros. Nos hacía comer, literalmente, nuestra propia mierda;
pues, por los conductos que evacuaban los baños hasta una pequeña zanja, que
corría, aprovechando el desnivel del suelo, en dirección de un pozo de agua, y
de allí, por los secretos pasadizos de la tierra, a los recipientes de una
anciana que vendía arepas, vimos cómo esas arepas, en principio blancas, fueron
tomando una coloración amarillenta que se acentuó hasta un amarillo intenso.
Alguien explicó entonces que el agua que usaba la anciana para hacer sus arepas
estaba contaminada de nuestra mierda, cosa que comprendimos en el último
eructo. Sotelo, jugador empedernido, propuso una apuesta: A ver quién de
nosotros lograba distinguir el olor de su propia mierda, pero nadie le siguió
el juego. Porque si bien, los domingos, participábamos de las carreras de
caballos de La Rinconada, que Sotelo aseguraba ver desde la torre con un
largavistas, aquello tenía algún sentido, y hasta emoción, pero apostar sobre
las arepas sólo tenía mal sabor. Así, marginándonos del tiempo, la tierra se
divertía con nosotros y se rehusaba a entregarnos su petróleo.
Llegado de los valles del Tuy, el abuelo Zacarías, que casi
nunca hablaba, dijo entonces que no sabíamos hacerle el amor a la tierra. Quizá
no lo dijo con estas palabras, pero esto es lo que quiso decir cuando describió a la sabana como una hembra
dormida. Cuando el placer le remueva las entrañas, dijo, largará el petróleo;
pero la tierra estaba sorda porque todo continuaba igual. O casi igual. Sotelo
no lograba afinar su cuatro. El geólogo se encerró en su laboratorio. Y un día,
sin motivo aparente, Leonardo, el enganchador, le propinó al gringo joven un
directo a la mandíbula que lo lanzó de cabeza en la laguna de desagüe. Dijo que los gringos habían metido desde
Texas un tubo por el que se estaba yendo nuestro petróleo hasta los Estados
Unidos. Todo esto sucedió antes del milagro de Sotelo y antes de que aparezca,
sobre la inmensidad de la llanura, un arcoíris como jamás se había visto en
estas tierras. Sotelo se subió a la punta de la torre para ver lo que sucedía.
Y desde la profundidad del horizonte un redoble colosal de cinco mil caballos
sacudió la sabana. Al mismo tiempo, el cielo se cubrió de una densa polvareda.
Cuando se alejó el redoble y se disipó el polvo, Sotelo bajó de la torre, pero
no quiso decir lo que vio, aunque todos lo comprendimos. Y sucedió entonces que la tierra, que había
retado nuestra condición de machos, estalló con toda la furia de que era capaz. El kelli, los portamechas y la tubería se
incrustaron en las nubes, ocasionando que el gobierno de los Estados Unidos
acusara a Venezuela de haber lanzado al espacio misiles cuya potencia y destino
se desconocía. Por las dudas, y para
evitar sorpresas, esos extraños misiles, dijo la Casa Blanca, fueron
inmediatamente destruidos. Sólo nosotros sabíamos que se trataba de los tubos
de perforación que saltaron al cielo por la presión del pozo; presión que bañó
la llanura con las entrañas de la tierra, que se había removido como una hembra
en celo. Ante ese pandemónium, que no sabíamos cómo detener, llegamos al
convencimiento de que la única solución estaba en Sotelo. Afortunadamente,
estaba allí la anciana de las arepas. Le pedimos que pronunciara las palabras
mágicas. Levantamos a Sotelo, atravesamos ciegos el cataclismo con que la
tierra nos quería detener y taponamos el pozo con su verga continental. La
tierra, al sentir el impacto, tembló. Luego, lanzó un aullido estremecedor,
suspiró y se aquietó. Cuando retiramos del pozo la estropeada criatura de Sotelo,
la tierra lanzó todavía un chorro viscoso que se mantuvo en el aire por largo
tiempo.
La noticia se esparció por los cinco continentes. Se pensaba
que Sotelo jamás se recuperaría de la extraña conmoción. Desde mares y tierras
desconocidas, empezaron a llegar hasta el campamento, toda clase de mujeres:
grandes, pequeñas, gordas, flacas y hasta invisibles. Algunas tenían las tetas
como volcanes gemelos. Otras, el sexo fino, como el suspiro de una libélula; o
inmensos y humedecidos como la perdida Atlántida. Las había de fabulosos
traseros, como dos planetas unidos por el ojo de Dios. Todos los sonidos del
universo confluyeron en sus gargantas, de donde resurgieron con tonalidades de
agua, fuego y metal. El tiempo se impregnó, en la totalidad de sus segundos, de
murmullos polífonos. Pudieron percibirse todas las variantes posibles: quemante
lava, temblor de témpanos, rugidos de selva.
Las mujeres se desplazaban en grupos en pos de la canción mágica que
reanimara a Sotelo. Luego, cuando su deseo llegaba a extremos intolerables, se
desperdigaban por los caminos de la tierra. Y cuando todo parecía perdido, de
los cuatro puntos cardinales de Venezuela llegaron mujeres con sabor a coco,
patilla, guanábana y cambur. Daba la impresión de que la misma sabana, percutida
por un baile que se generalizó en todas sus direcciones, se había convertido en
un bongó gigantesco. Morenas de fuego, de andar felino, talladas en ébano y
otras maderas suaves como la luna, con triangulares ojos de gato, llegaron
hasta el campamento, dijeron lo que tenían que decir y se produjo el milagro.
El cohete de Sotelo se alzó majestuoso, apuntando al universo. Se bailó y cantó
durante cien días y sus noches.
Habíamos triunfado. Nuestra naturaleza de machos estaba
plenamente confirmada. Pero entonces sucedió algo que nadie, en medio de tanto
júbilo, había previsto. Los geógrafos de Venezuela dieron cuenta del nacimiento
de una montaña. Les llamaba la atención que esa montaña reflejara el sol en
rayos iridiscentes, como si fuera una montaña de vidrio. Pronto, otros científicos, lanzaron sus
propias hipótesis acerca del fenómeno, que pasó a figurar en textos escolares y
hasta en la enciclopedia británica. El asombro se derrumbó cuando un geólogo
abstemio, que veía las rosas tal como eran, develó el misterio: La flamante
montaña se había formado por la acumulación de las latas de cerveza que
consumirnos para celebrar la resurrección del miembro de Sotelo. Consecuencia
de este carnaval fue la transformación en desierto de una gran parte de la sabana,
corno efecto del orín cervecero. A partir de entonces, el gobierno se vio en la
necesidad de importar desde Miami hallacas, y hasta arepas, porque al pueblo,
qué carajo, hay que alimentarlo bien.

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