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Juan Simoni - Historias de Cruz Durán



 

Cuando desde el cuello de Cruz Durán flameaba ese pañuelo, que por ser de quien era codiciaba el viento, relucían también, alrededor de su cintura, coma las alas de un águila, sus cananas. Luego, montaba en la tornasolada piel de su zaino y en todos los caminos del Chaco se oía el repiqueteo de unos cascos que no podían ser otros que los de su caballo. Sólo bastaba que eche a andar para que en Carandaytí, Boyuibe, Ñancaroinza o Capirenda la gente supiera, en ese mismísimo momento, que ese ciclón que borraba sotos, quebrachos y tuscales, era Cruz Durán galopando. No hubo senda en el Chaco que los cascos de su caballo no marcaran, ni verija de hembra montaraz que no hubiera sentido el roce de sus manos. Y si no, que lo digan las hijas de Pantaleón, las primas de Pedro o las sobrinas de Aurelio. Las pisó a todas y no me dejarán mentir a la hora del juicio final. Cruz Durán dejó más hijos que algarrobo hay regado en todo el Chaco. Ni siquiera Luchote, el Matatigres, con todas sus aventuras, puede compararse con él. Al lado de lo que hizo Cruz Durán con las mujeres, los amores de Luchote con la Jucumari son un piojo tuerto. ¡La Jucumari!... ¡Pendejadas de petrolero borracho!

 

¿Que quién era Cruz Durán?

Eso, nadie lo supo. Lo de Cruz parece que le vino de la pila del bautismo, aunque muchos sostenían que Cruz Durán era hijo del mismo diablo. ¿Cómo podría llamarse Cruz si era hijo del diablo? Respondían los que no estaban de acuerdo con estos díceres. Todo lo que se sabe es que un día apareció levantando polvareda por Boyuibe, donde conoció a un tal Lizardo Durán, un viejo abigeatista del cual, según las malas lenguas, tomó el apellido y aprendió todas sus malas artes. Claro está que Cruz Duran ten fa los cojones bien puestos y no necesitó de mucho aprendizaje para transitar por el mundo. Pero esa es otra historia. Lo cierto es que Cruz Durán no quiso avenirse con la vida de los hombres de esta región, que se levantan con la fresca a ordenar, huellar vacas recién paridas, arreglar cercos, desquerezar terneritos y tantas otras tareas del campo. Lo llamaron los caminos de la vida y por ellos se fue, mezclándose con la leyenda. Alguien que dijo haberlo conocido, allá en la juventud, contó que tenía en los ojos la punta de dos lajas, huidizas a veces, inmóviles otras, pero siempre penetrantes, como su propio facón. No se le puede sostener la mirada a Cruz Durán, decían los que lo conocieron y se atrevieron a mirarlo de frente.

 

Junto, pues, con Lizardo, Cruz Durán se alejó de los caminos trillados, como ese ganado que se remonta buscando mejores pastos, allá donde rara vez llega el cristiano. Juntos anduvieron por sendas que sólo animales del monte recorrían. Eso sí, de tiempo en tiempo, aparecían como un vendaval en alguna cantina de Boyuibe, cuando todos creían que andaban por Capirenda. Lizardo tenía por costumbre robar vacas en alguna hacienda, andar toda la noche y venderlas por ahí, en algún pueblo. Robar, por ejemplo, en Ñancaroinza y amanecer en Cuevo contando los pesos que dejaría en el kilombo de Camiri. En eso Cruz fue diferente. No frecuentaba los kilombos. Le gustaba tener una mujer en cada rancho, aunque hubo una, Laura Martínez, esencia de mistol y chichapi maduro, que era su preferida. Por un tiempo Cruz Durán se aquerenció bajo la sombra de sus pestanas, y en más de una fiesta se los vio prendiditos remontando la noche entre sotos y tuscales, quemando la tierra con el calor que los juntaba. Por ahí se dice que la rivalidad con el hacendado de "La Esmeralda" se debía a que este le quitó a Laura Martínez. Pero lo dudo, porque ni en el Chaco ni en otro lugar había hombre capaz de quitarle una hembra a Cruz Durán.

 

Y bueno, el que anda entre faldas y no trabaja, de algún lugar tiene que sacar el combustible. Y, si Lizardo se había especializado en robar animales, Cruz Durán tenía sus propios modos. Iba directo donde cualquier hacendado de la zona. Llegaba tranquilo, como de paseo. Se plantaba frente al cogotudo y le decía: "Mire, don tal, necesito tantos pesos. Usted ha sido el elegido para dármelos. Los quiero ahora mismo, y no se preocupe que no le haré nada a nadie que no sea usted. Porque eso sí, si usted no me da la plata ya, se le va escapar el alma por el agujero que le hare en la cabeza". Lo decía despacio y sereno, sin sacar el revolver de la funda. Pero quien oía aquello era capaz de entregar no solo su hacienda, sino a su propia madre, para huir de la mirada que Cruz tenía en ese momento. Le daban lo que pedía, montaba y se iba tan tranquilo como llegó. Se perdía tiempo, hasta quedar sin un centavo. Luego, visitaba a otro hacendado. Pero no se vaya a creer que todo lo que robaba lo malgastaba; no señor. Si usted se toma el trabajito de ir y preguntar en el Chaco se encontrará con campesinos que le dirán que Cruz Durán era más bueno que un ángel. Siempre que podía socorría a esa gente. Y no hay peón de campo desde Capirenda hasta Ytiyuro que no haya recibido unos pesos de sus manos, como hay otros, que lo delataron, que no pueden dar razón de lo que recibieron porque no recibieron nada, salvo la presencia entre sus tripas de su facón, siempre afilado.

 

La muerte, todos lo saben, esta ah i donde tiene que estar y en el momento preciso.         

 

Tantos méritos juntó Cruz Durán con su cuchillo y tanto ganado sacó Lizardo de los caminos de la ley que el gobierno resolvió poner punto final a sus andanzas. Destacó al Chaco, a pedido de dos ricos estancieros, una patrulla de cincuenta milicos. Los buscaron por todas partes, y no buscaron en vano porque dieron, finalmente, con su madriguera. Rodeados y acorralados, antes de iniciar el ataque, un milico les ordenó rendirse. Cruz Durán bajó al milico de un balazo, hirió a otro y se apostó en una loma, entre unos matorrales. Ahí la balacera se puso a cantar fuerte. Cayeron otros dos milicos. Mientras tanto Lizardo hacia lo suyo y disparaba también a todo dar. La patrulla resolvió retirarse dejando a los estancieros librados a su suerte. Cruz Durán, sin embargo, no los mató. Los montó en sus caballos y les dijo: "Si vuelven a buscarme, estos caballos se quedarán sin jinete, y aprendan de una vez por todas que el monte no tiene dueño”.

 

Lo mismo pensaba Luchote, el Matatigres, gran cazador según acreditan los que lo conocieron. Puede que sean verdad estas mentas, pero aquello de que rescat6 a la Jucumari de una banda de monos que la había raptado, me parece puro cuento. Lo que no parece cierto, porque yo sólo creo en lo que ven mis ojos, es que un día Cruz Durán y Luchote se encontraron en una calle de Camiri, y como los dos eran bien machos, al verse frente a frente y olfatear en el aire la hombría del otro, se cagaron. Pero, eso sí, ambos se cagaron al mismo tiempo. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Esto no lo creo, ni nadie que conoció a Cruz Durán puede creerlo. Pero la gente habla y uno no puede sacarse las orejas de donde están.

 

¿Que dónde está ahora Cruz Durán?

 

Averígüelo usted mismo, si puede. Verdad es que los milicos resolvieron vengarse por la derrota que sufrieron cuando intentaron matarlo, verdad; pero que lo hayan conseguido es otra cosa. Dicen que lo emboscaron junto con Lizardo, en uno de los tantos caminos del Chaco. Los tomaron por sorpresa. Sin embargo, cuando llegaron a Camiri de regreso, no traían nada. Un milico contó que el cadáver de Lizardo tenía tantos plomos dentro que no pudieron subirlo al caballo y se quedó allí, tirado en el monte. Sobre la suerte que corrió Cruz Durán no dijeron una palabra, como si el solo nombrarlo pudiera restablecer su presencia. Sólo dijeron que el viento que en medio de la balacera empezó a soplar con ganas, le arrancó el pañuelo y se lo llevó, monte arriba, volando sobre los árboles.

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