Cuando desde el cuello de Cruz Durán flameaba ese pañuelo, que
por ser de quien era codiciaba el viento, relucían también, alrededor de su
cintura, coma las alas de un águila, sus cananas. Luego, montaba en la
tornasolada piel de su zaino y en todos los caminos del Chaco se oía el
repiqueteo de unos cascos que no podían ser otros que los de su caballo. Sólo
bastaba que eche a andar para que en Carandaytí, Boyuibe, Ñancaroinza o
Capirenda la gente supiera, en ese mismísimo momento, que ese ciclón que
borraba sotos, quebrachos y tuscales, era Cruz Durán galopando. No hubo senda
en el Chaco que los cascos de su caballo no marcaran, ni verija de hembra
montaraz que no hubiera sentido el roce de sus manos. Y si no, que lo digan las
hijas de Pantaleón, las primas de Pedro o las sobrinas de Aurelio. Las pisó a
todas y no me dejarán mentir a la hora del juicio final. Cruz Durán dejó más
hijos que algarrobo hay regado en todo el Chaco. Ni siquiera Luchote, el
Matatigres, con todas sus aventuras, puede compararse con él. Al lado de lo que
hizo Cruz Durán con las mujeres, los amores de Luchote con la Jucumari son un
piojo tuerto. ¡La Jucumari!... ¡Pendejadas de petrolero borracho!
¿Que quién era Cruz Durán?
Eso, nadie lo supo. Lo de Cruz parece que le vino de la pila
del bautismo, aunque muchos sostenían que Cruz Durán era hijo del mismo diablo.
¿Cómo podría llamarse Cruz si era hijo del diablo? Respondían los que no
estaban de acuerdo con estos díceres. Todo lo que se sabe es que un día
apareció levantando polvareda por Boyuibe, donde conoció a un tal Lizardo
Durán, un viejo abigeatista del cual, según las malas lenguas, tomó el apellido
y aprendió todas sus malas artes. Claro está que Cruz Duran ten fa los cojones
bien puestos y no necesitó de mucho aprendizaje para transitar por el mundo.
Pero esa es otra historia. Lo cierto es que Cruz Durán no quiso avenirse con la
vida de los hombres de esta región, que se levantan con la fresca a ordenar,
huellar vacas recién paridas, arreglar cercos, desquerezar terneritos y tantas
otras tareas del campo. Lo llamaron los caminos de la vida y por ellos se fue,
mezclándose con la leyenda. Alguien que dijo haberlo conocido, allá en la
juventud, contó que tenía en los ojos la punta de dos lajas, huidizas a veces,
inmóviles otras, pero siempre penetrantes, como su propio facón. No se le puede
sostener la mirada a Cruz Durán, decían los que lo conocieron y se atrevieron a
mirarlo de frente.
Junto, pues, con Lizardo, Cruz Durán se alejó de los caminos
trillados, como ese ganado que se remonta buscando mejores pastos, allá donde
rara vez llega el cristiano. Juntos anduvieron por sendas que sólo animales del
monte recorrían. Eso sí, de tiempo en tiempo, aparecían como un vendaval en
alguna cantina de Boyuibe, cuando todos creían que andaban por Capirenda.
Lizardo tenía por costumbre robar vacas en alguna hacienda, andar toda la noche
y venderlas por ahí, en algún pueblo. Robar, por ejemplo, en Ñancaroinza y
amanecer en Cuevo contando los pesos que dejaría en el kilombo de Camiri. En
eso Cruz fue diferente. No frecuentaba los kilombos. Le gustaba tener una mujer
en cada rancho, aunque hubo una, Laura Martínez, esencia de mistol y chichapi
maduro, que era su preferida. Por un tiempo Cruz Durán se aquerenció bajo la
sombra de sus pestanas, y en más de una fiesta se los vio prendiditos
remontando la noche entre sotos y tuscales, quemando la tierra con el calor que
los juntaba. Por ahí se dice que la rivalidad con el hacendado de "La
Esmeralda" se debía a que este le quitó a Laura Martínez. Pero lo dudo,
porque ni en el Chaco ni en otro lugar había hombre capaz de quitarle una
hembra a Cruz Durán.
Y bueno, el que anda entre faldas y no trabaja, de algún lugar
tiene que sacar el combustible. Y, si Lizardo se había especializado en robar
animales, Cruz Durán tenía sus propios modos. Iba directo donde cualquier
hacendado de la zona. Llegaba tranquilo, como de paseo. Se plantaba frente al
cogotudo y le decía: "Mire, don tal, necesito tantos pesos. Usted ha sido
el elegido para dármelos. Los quiero ahora mismo, y no se preocupe que no le
haré nada a nadie que no sea usted. Porque eso sí, si usted no me da la plata
ya, se le va escapar el alma por el agujero que le hare en la cabeza". Lo
decía despacio y sereno, sin sacar el revolver de la funda. Pero quien oía
aquello era capaz de entregar no solo su hacienda, sino a su propia madre, para
huir de la mirada que Cruz tenía en ese momento. Le daban lo que pedía, montaba
y se iba tan tranquilo como llegó. Se perdía tiempo, hasta quedar sin un
centavo. Luego, visitaba a otro hacendado. Pero no se vaya a creer que todo lo
que robaba lo malgastaba; no señor. Si usted se toma el trabajito de ir y
preguntar en el Chaco se encontrará con campesinos que le dirán que Cruz Durán
era más bueno que un ángel. Siempre que podía socorría a esa gente. Y no hay
peón de campo desde Capirenda hasta Ytiyuro que no haya recibido unos pesos de
sus manos, como hay otros, que lo delataron, que no pueden dar razón de lo que
recibieron porque no recibieron nada, salvo la presencia entre sus tripas de su
facón, siempre afilado.
La muerte, todos lo saben, esta ah i donde tiene que estar y
en el momento preciso.
Tantos méritos juntó Cruz Durán con su cuchillo y tanto ganado
sacó Lizardo de los caminos de la ley que el gobierno resolvió poner punto
final a sus andanzas. Destacó al Chaco, a pedido de dos ricos estancieros, una
patrulla de cincuenta milicos. Los buscaron por todas partes, y no buscaron en
vano porque dieron, finalmente, con su madriguera. Rodeados y acorralados,
antes de iniciar el ataque, un milico les ordenó rendirse. Cruz Durán bajó al
milico de un balazo, hirió a otro y se apostó en una loma, entre unos
matorrales. Ahí la balacera se puso a cantar fuerte. Cayeron otros dos milicos.
Mientras tanto Lizardo hacia lo suyo y disparaba también a todo dar. La
patrulla resolvió retirarse dejando a los estancieros librados a su suerte.
Cruz Durán, sin embargo, no los mató. Los montó en sus caballos y les dijo:
"Si vuelven a buscarme, estos caballos se quedarán sin jinete, y aprendan
de una vez por todas que el monte no tiene dueño”.
Lo mismo pensaba Luchote, el Matatigres, gran cazador según
acreditan los que lo conocieron. Puede que sean verdad estas mentas, pero
aquello de que rescat6 a la Jucumari de una banda de monos que la había
raptado, me parece puro cuento. Lo que no parece cierto, porque yo sólo creo en
lo que ven mis ojos, es que un día Cruz Durán y Luchote se encontraron en una
calle de Camiri, y como los dos eran bien machos, al verse frente a frente y
olfatear en el aire la hombría del otro, se cagaron. Pero, eso sí, ambos se
cagaron al mismo tiempo. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Esto no lo
creo, ni nadie que conoció a Cruz Durán puede creerlo. Pero la gente habla y
uno no puede sacarse las orejas de donde están.
¿Que dónde está ahora Cruz Durán?
Averígüelo usted mismo, si puede. Verdad es que los milicos
resolvieron vengarse por la derrota que sufrieron cuando intentaron matarlo,
verdad; pero que lo hayan conseguido es otra cosa. Dicen que lo emboscaron
junto con Lizardo, en uno de los tantos caminos del Chaco. Los tomaron por
sorpresa. Sin embargo, cuando llegaron a Camiri de regreso, no traían nada. Un
milico contó que el cadáver de Lizardo tenía tantos plomos dentro que no
pudieron subirlo al caballo y se quedó allí, tirado en el monte. Sobre la
suerte que corrió Cruz Durán no dijeron una palabra, como si el solo nombrarlo
pudiera restablecer su presencia. Sólo dijeron que el viento que en medio de la
balacera empezó a soplar con ganas, le arrancó el pañuelo y se lo llevó, monte
arriba, volando sobre los árboles.
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