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Juan Simoni - La frontera de las palabras

 


 

Lo que es yo, cuando vuelva para allá y vaya alguna vez al mercado a tomar un api, no pienso abrir la boca; me tomo mi apicito con empanadas y, chao Mariano, al rancho de vuelta, porque esa gente parece que tiene las orejas mal lavadas:  escucha cosas que nadie dijo o no entiende las cosas como se las dice.

 

Estoy seguro, por ejemplo, que si yo hubiera dicho esa palabra (esa palabra que dijo el gringo) no me hubieran dado ni una chiva para estudiar". Los dueños del rebenque son así: Si un gringo se equivoca no sólo que no lo castigan; lo invitan a tomar cerveza y se la entregan a Pepita. Si un campesino le cuenta un sueño a su compadre, ya nomás lo quieren meter preso. No señor, no hay derecho. ¡Gringo entomonosequé que vino a estudiar las hormigas, como si en la vida no hubiera cosas más útiles que hacer!

 

Suerte mía que, apenas volví de Villamontes, Simplicio me puso al tanto de todo. Tardé menos tiempo en desensillar y ensillar mi yegua que lo que tarda un cura en cantar un responso para el alma de un pobre. Al pasitrote, camino de la frontera, iba pensando en el gringo: llegó al pueblo a estudiar las hormigas, dizque, y acabó estudiando a Pepita. Mejor dicho, las curvas de Pepita, y todo, gracias a una palabra: ¡Cucurvitapepo!  Si hubiera sabido que con esa palabra me daba semejante gusto, hasta me compraba un diccionario; pero seguro que si era yo el que la decía nadie hubiera hecho nada para que yo pueda estudiar a Pepita. En cambio, a un gringo, si dice "muuu" le traen una vaca.

 

Si han ensanchado y aplanado el camino que va a mi chaco, yo no tengo la culpa. Y mucho menos mis zapallos. Ya lo dije, cada uno oye lo que quiere oír y yo no sembré los zapallos para que hablaran:  Que el fin del mundo está cerca, que el pecado abunda y que hay que hacer penitencia. Y el cura, como un sucha empapado en almíbar bajo el sol que pela, comandando la procesión hasta mi potrero y esperando, día tras día, ¡el milagro! Los zapallos, naturalmente, no hablan, pero la gente insistía y ya nadie trabajaba. Todo esto no lo vi; me lo contó mi compadre cuando regresé de Villamontes con mi yegua, que últimamente tira para esos pagos, donde nació.

 

Sin embargo, cuando se supo la metida de pata del gringo, y el pueblo quedó en ridículo, nadie dijo ni pio. Todo lo contrario. Llegó de La Paz otro gringo que, según las mentas, se sabía hasta el idioma de los chuturubises y debía desenredar el asunto. Y ahí estaban los dos gringos, entre un regimiento de cervezas, y el alcalde, pico de oro, zalamereando de lo lindo. Que no había que hacerse problemas con la confusión, porque eso le pasa a cualquiera; que el pueblo estaba muy honrado de tener un vecino tan importante, que seguramente en su país entendieron mal de lo que se trataba: no era una especie rara de hormigas que hacía contrabando, sino que el contrabando era hormiga porque la gente lo hacía de a poquito y los gringos diciendo yes a todo.

 

Suerte, pues; que apenas llegué de Villamontes, Simplicio me puso al tanto de lo que pasaba: Tenés que desaparecer, me dijo, han venido hasta los periodistas del "Tribuno" de Salta. Y no sólo el alcalde y la policía te están buscando, también el ejército. Quieren meterte preso porque has paralizado todo Yacuiba. Nadie quiere hacer nada que no sea ir a tu potrero. El gringo, curioso como todos, fue también a ver los zapallos. Después de verlos y pensar largamente, pronunció esa bendita palabra: cucurvitapepo. Y como ya no estaba el gringo intérprete; el    alcalde y sus lambe lambe, haciendo uso de toda su inteligencia, quisieron demostrarle que entendían lo que hablaba, y le dijeron a Pepita que el gringo quería estudiar sus curvas y que ella tendría que colaborar. No era justo que el gringo se volviera a su país sin haber hecho ningún estudio. Pepita, que estaba babosa por el gringo, no se hizo rogar mucho

 

El gringo dice cucurvitapepo y se la entregan a Pepita. Yo voy al mercado a tomarme un apicito, me encuentro con mi compadre y, mientras nos dirigimos a una mesa, le digo:

 

- Compadre, anoche tuve un sueño raro.

- Qué soñó, compadre.

- Que mis zapallos me hablaban.

- ¿Sus zapallos le hablaban?

- Si compadre.

- ¿Y qué le dijeron?

- Tenés que arreglar la cerca, Edmundo.

 

Y nos sentamos a tomar el apicito. Al poco rato, para variar la charla, y como ya está próxima la temporada de pesca, cambié de tema.

 

-Este año abundará el pescado.

 

Estas fueron mis palabras. Lo que las apiceras oyeron y comentaron después es otra cosa: Yo nunca dije que el fin del mundo estaba cerca, por causa del pecado, que abunda ahora como nunca antes abundó. Y, cualquiera sabe que en sueños puede uno hablar con sus zapallos, y hasta acostarse con Pepita, sin causarle daño a nadie.                                             

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Fotografía: venenolundico.blogspot.com de Miguel Lundin Peredo

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