Ir al contenido principal

Juan Simoni - La Petrolera

 


Dicen que cuando nació Amanda, los tres ceibos que rodeaban su rancho disimularon la ausencia del sol: Habían florecido. En cambio, los toros se inquietaron. Como si se hubiera gestado en el aire algo perturbador y excitante, rompieron el corral y se escapa ron al monte, hociqueando y batiendo la cola. Los perros, abochornados, se lanzaron al agua en pos de frescura. Sonido penetrante de mil órganos, los pájaros trenzaron el aire con hilos invisibles. Así, Dios, o quien sea, le marcó a Amanda su destino, al ponerle el paraíso y el infierno ahí donde las mujeres llevan el bichito del deseo. Y, como el tiempo y las aguas hacen crecer todo, así le creció el deseo a Amanda. Y el primero que apareció para calmárselo   fue Cruz Durán. Con las tentadoras ancas del zaino y la expansión del fuego en sus entrañas no hicieron falta palabras para que Aman Amanda y Cruz Durán rumbearan para el monte. Para entonces, Amanda tenía trece años. Diez meses después de haber conocido a Cruz Durán, le nació una niña, que duró poco, pues a los dos años falleció.

Cruz Durán enfiló caballo a la frontera con el Paraguay y desapareció de la vida de Amanda. Esta, cuando murió su hija, tuvo

 

su segundo hombre: el cura de Carandaytí. Después de obtener su perdón y su bendición, Amanda se dedicó a repartir su tesoro. Corrió todas las sendas, uniendo ranchos de caballo en caballo, hasta que un día salió a la carretera y cambió medio de transporte. Más de un chofer la tuvo de ayudante y Amanda llegó, de camión en camión, a Camiri, con lo único que tenía puesto y los recodos bien moldeados de su cuerpo. Pero ni en Camiri, ese infierno que Cruz Durán conseguía apagar en el interior de Amanda (el mismo que el cura de Carandaytí no pudo atenuar ni con la ayuda de Dios), se apaciguó. Ardieron sus tizones hasta que no hubo hombre que no hubiera intentado apagarlos. Así nació Amanda, la petrolera, la mujer más puntual que se haya conocido en et Chaco. Firme, esperando la salida de los vehículos que transportaban el "turno" de perforadores hacia el Zararenda, hacía el recorrido cuantas veces se le antojaba. Ocho a diez machos en cada vehículo y en el centro ella, para lo que manden o, más precisamente, para lo que ella desee. Muchos petroleros perdieron el casco por esta mujer, incluido Luchote, el Matatigres, quien la frecuentaba en secreto. ¡Pobre brasa desbocada!, se escurría sola cuando iba al medio de los perforadores. Después, no le bastaba ni un turno completo de diez hombres. Recorría, en una sola jornada todos los pozos del Zararenda. Si alguna vez, entre cervezas, se de no haber participado de la Guerra del Chaco, no era, como se pudiera pensar, por patriotismo. Al que la forma en que dejó este mundo. No fue, como se supo más tarde, porque alguien la odiara, sino más bien porque un petrolero, que se había enamorado de ella, no quiso compartirla.

Años después de su muerte, a nadie se le ocurrió pensar que aquel jinete que llegó al pueblo, al paso medido de su caballo y envuelto en las primeras sombras de la noche, había venido en busca del dueño del machete que acabó con los deseos de Amanda. El recién llegado deambuló por los bares de Camiri haciendo averiguaciones y tomándose unos tragos con los petroleros. Así se estuvo, varios días. Cuando parecía que sabía nada del asunto, alguien le deslizó un nombre en el sombrero: Jacinto Balderrama. Supo, al mismo tiempo, que el tal Jacinto ya no se encontraba en Camiri, pues hacía tiempo que respiraba aires salteños. Resignado, y al influjo de otro trago, Cruz Durán se acordó de Amanda, como la conoció, con ese caminar de gacela y río crecido y el tipoy presionándole ahora el vientre, partiéndole el trasero, moldeándole una teta, otra, perfilando sus piernas, las nalgas, el sapo, como si el viento la fuera armando y desarmando cada vez que daba un paso. ¡Sabrosa mujer la Amanda! Se dijo Cruz Durán con el último trago. Ya montado en su zaino, buscó la salida del pueblo; pasó por un costado de la plaza, mirándola sin expresión. Aquella misma plaza donde años antes, a media mañana de un día cualquiera, encontraron a Amanda de bruces. El mango de un machete le brotaba de la espalda. Tenía las nalgas al aire como dos soles quemando el día. Dos soles que parecía que estaban esperando. . . esperando. 

*****************************


Comentarios