Dicen que cuando nació Amanda, los tres ceibos que rodeaban su
rancho disimularon la ausencia del sol: Habían florecido. En cambio, los toros
se inquietaron. Como si se hubiera gestado en el aire algo perturbador y
excitante, rompieron el corral y se escapa ron al monte, hociqueando y batiendo
la cola. Los perros, abochornados, se lanzaron al agua en pos de frescura.
Sonido penetrante de mil órganos, los pájaros trenzaron el aire con hilos
invisibles. Así, Dios, o quien sea, le marcó a Amanda su destino, al ponerle el
paraíso y el infierno ahí donde las mujeres llevan el bichito del deseo. Y,
como el tiempo y las aguas hacen crecer todo, así le creció el deseo a Amanda.
Y el primero que apareció para calmárselo
fue Cruz Durán. Con las tentadoras ancas del zaino y la expansión del
fuego en sus entrañas no hicieron falta palabras para que Aman Amanda y Cruz Durán
rumbearan para el monte. Para entonces, Amanda tenía trece años. Diez meses
después de haber conocido a Cruz Durán, le nació una niña, que duró poco, pues
a los dos años falleció.
Cruz Durán enfiló caballo a la frontera con el Paraguay y
desapareció de la vida de Amanda. Esta, cuando murió su hija, tuvo
su segundo hombre: el cura de Carandaytí. Después de obtener
su perdón y su bendición, Amanda se dedicó a repartir su tesoro. Corrió todas
las sendas, uniendo ranchos de caballo en caballo, hasta que un día salió a la
carretera y cambió medio de transporte. Más de un chofer la tuvo de ayudante y
Amanda llegó, de camión en camión, a Camiri, con lo único que tenía puesto y
los recodos bien moldeados de su cuerpo. Pero ni en Camiri, ese infierno que Cruz
Durán conseguía apagar en el interior de Amanda (el mismo que el cura de
Carandaytí no pudo atenuar ni con la ayuda de Dios), se apaciguó. Ardieron sus
tizones hasta que no hubo hombre que no hubiera intentado apagarlos. Así nació
Amanda, la petrolera, la mujer más puntual que se haya conocido en et Chaco.
Firme, esperando la salida de los vehículos que transportaban el
"turno" de perforadores hacia el Zararenda, hacía el recorrido
cuantas veces se le antojaba. Ocho a diez machos en cada vehículo y en el centro
ella, para lo que manden o, más precisamente, para lo que ella desee. Muchos
petroleros perdieron el casco por esta mujer, incluido Luchote, el Matatigres,
quien la frecuentaba en secreto. ¡Pobre brasa desbocada!, se escurría sola
cuando iba al medio de los perforadores. Después, no le bastaba ni un turno
completo de diez hombres. Recorría, en una sola jornada todos los pozos del
Zararenda. Si alguna vez, entre cervezas, se de no haber participado de la
Guerra del Chaco, no era, como se pudiera pensar, por patriotismo. Al que la
forma en que dejó este mundo. No fue, como se supo más tarde, porque alguien la
odiara, sino más bien porque un petrolero, que se había enamorado de ella, no quiso
compartirla.
Años después de su muerte, a nadie se le ocurrió pensar que
aquel jinete que llegó al pueblo, al paso medido de su caballo y envuelto en
las primeras sombras de la noche, había venido en busca del dueño del machete
que acabó con los deseos de Amanda. El recién llegado deambuló por los bares de
Camiri haciendo averiguaciones y tomándose unos tragos con los petroleros. Así
se estuvo, varios días. Cuando parecía que sabía nada del asunto, alguien le
deslizó un nombre en el sombrero: Jacinto Balderrama. Supo, al mismo tiempo,
que el tal Jacinto ya no se encontraba en Camiri, pues hacía tiempo que respiraba
aires salteños. Resignado, y al influjo de otro trago, Cruz Durán se acordó de
Amanda, como la conoció, con ese caminar de gacela y río crecido y el tipoy
presionándole ahora el vientre, partiéndole el trasero, moldeándole una teta,
otra, perfilando sus piernas, las nalgas, el sapo, como si el viento la fuera
armando y desarmando cada vez que daba un paso. ¡Sabrosa mujer la Amanda! Se
dijo Cruz Durán con el último trago. Ya montado en su zaino, buscó la salida
del pueblo; pasó por un costado de la plaza, mirándola sin expresión. Aquella
misma plaza donde años antes, a media mañana de un día cualquiera, encontraron
a Amanda de bruces. El mango de un machete le brotaba de la espalda. Tenía las
nalgas al aire como dos soles quemando el día. Dos soles que parecía que
estaban esperando. . . esperando.
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