¿Quién es el que pone
linderos al aire?
¿Y quién se hace dueño del
agua del río?
O. ALFARO
Voy por esta senda buscando el calor que necesita la mirada de
mi abuelo. Esa mirada que, si sigue así, añorando estos valles, se va enfriar
entera, se va a congelar. Cuando mi abuelo se vino a estas serranías sin dueño,
además del atadito colgándole del brazo, traía en su mirada un dolor de perro
apaleado. Al comienzo, parecía resignado. Pero después fue untando el rancho
con su pena. Untó la comida, los pocos atardeceres del descanso, los largos
silencios. Casi no hablaba. Y el origen de esa pena tiene un nombre: don
Justiniano, don Justi, que le cambió sus tierras por picardía. Claro, mi abuelo
puso las tierras y don Justi la picardía que compró a los leyudos de la ciudad.
Con cuatro papeles le quitaron su lengüita de campo. ¡Si es para no creerlo!
¡Con tanto valle que tiene don Justi!
En estas montañas, la vida no es fácil para nadie. A cada día
se lo debe lavar con un nuevo sudor. Para cazar hay que andar el monte: No hay
tigre que venga al rancho a buscar su balazo. A dar y andar el monte, como
ahora yo voy por él, entre carahuatas, pensando en el abuelo. Hay quien piensa
que para el buen cazador sobra la carne. Sucede que sí, que a veces sobra, pero
falta el tiempo para sentarse a comer como Dios manda. Y uno se acostumbra a
ser maleducado con el hambre. No se le atiende cuando llega, sino cuando se
puede. El tigre no espera. Es necesario seguirlo en las quebradas, en las
laderas, sobre el filo de los cerros, con lluvia o con sol, de día o de noche.
Eso sí, al empezar a huellarlo, desde los dominios del Peñón Verde, cruzando la
Emboscada del Ganso, para entrar después al Cañón de las Sombras, ese tigre
tiene los días contados.
Sin embargo, a pesar de estas penas, no me quejo. Este oficio
no lo cambio por otro. Cierto que no soy hombre alegre. ¿Cómo se puede ser
alegre cuando uno se vuelve parte de la soledad de los montes? Pero tampoco soy
triste; cuando la tristeza aparece hay que correrla a machetazos, para que no
se aquerencie dentro de uno, hasta adueñarse de todo. Si la tristeza llega como
le llegó al abuelo, no se puede quedar uno con los brazos cruzados. No señor,
hay que espantarla como a los cuervos cuando se vienen al charque. Si no se los
espanta a tiempo, se quedan. Lo ocupan todo y nos dejan sin un lugarcito para
nosotros.
Don Justi lo echó al abuelo de sus tierras, y nos dijimos: Ya
no aparecerá más, ya se habrá hartado el carancho. Pero un día, orillando el
valle, pitando detrás de unas rocas, escuché gritos y pisadas de caballos. Me
asomé a ver lo que pasaba. Era don Justi azotando a un hombre. Tenía en sus
ojos esos cuchillos que tienen los tigres cuando se les centra la mira en la
frente. La vida de los hombres está marcada en sus ojos. El azotado se quedó
quieto. Don Justi se alejó montando su alazán, bien herrado en los cuatro
cascos. Para qué contar lo que le había ocurrido. Don Justi le quitó sus
tierras, lo mismo que al abuelo. Fue a reclamar y lo azotaron.
Cebado don Justi, dueño ya de toda la tierra, se dedicó a
cuidarla como perro cabrero. Sólo sus animales podían andar por sus campos. Mi
pasto no es para engordar ganado ajeno, decía. Y, aunque los campesinos de los
alrededores apenas tenían uno que otro burrito y rara vez alguna vaca, igual,
animal ajeno que encontraba era animal muerto. Si a lo lejos usted veía una
nube de cuervos, tenga por seguro que en algún rancho alguien lloraba la
pérdida de su animalito.
Siempre pensé que los bichos del monte no tenían dueño. Pero
vea lo que le pasó al abuelo: El extrañaba el valle, se fue para allá y mató un
venado. Apareció don Justi con su gente y le dijo: "Caramba, Anselmo,
sabes muy bien que tengo prohibido cazar en mi propiedad. En fin, habrá que
repartir, me llevo la carne y te dejo el cuero".
Pasó el tiempo. Sin darse cuenta, otro día, el abuelo se fue
hasta el bajo; esta vez mató un tigre. Don Justi, que nunca duerme, lo
encontró: "Te dije claramente que no hicieras esto. Tratándose de vos te
perdonaré, olvidándome del asunto. Así que a repartir; el otro día te di el
cuero, ahora me llevo el cuero y te dejo la carne. A ver si de una vez por
todas cambias de rumbos".
Y llegó el día en que nadie podía sombrearse bajo ningún árbol
de los campos de don Justi.
Ahora, poco a poco, me voy acercando. Yo sé que en el
seguimiento se conoce a la fiera. Algunas huyen parejito, como si presintieran
la muerte, aproximándose. Otras, enmarañan su huida, emborrachando al cazador:
avanzan, vuelven, hacen rodeos, se suben a los árboles, cruzan quebradas y
aparecen en el lugar inicial. Llegado el momento, tan esperado, el minuto final
en que se cierra el círculo, se ve lo que son: rugen o se agazapan silenciosos,
según el acoso de los perros. El dedo no debe apartarse del gatillo. Un aliento
de cascabel invade el aire y, el corazón, qué caray, suena más rápido. Pero hay
que serenarse, porque al sembrar un error se puede cosechar la muerte.
Y, en ocasiones, no se puede evitar agujerear el cuero, como
aquella vez, en el final del cañón de las sombras. Al cruzar un arroyo, mis
perros perdieron el olor; yo, las huellas.
Hicimos un alto en la orilla. Los perros husmeaban. Una ramita se
rompió; fue mi salvación. Desde el árbol más alto, el tigre se me vino encima;
apreté dos veces el gatillo y estoy seguro que se fue muriendo al caer, pero
igual me dejó la marca de sus garras en el hombro izquierdo. Un poco más y me
borra para siempre de estos montes.
Y aquí voy, masticando los negros recuerdos del abuelo. Las
huellas de un alazán me van mostrando el camino...
Al pasar esa lomada está la aguada de la Aurora. Si se
detiene, lo alcanzaré ahí.
Sí. Aquí está, dándole agua a su caballo; esa agua que hace
mucho tiempo no le quita la sed a ninguna criatura viviente que no sea
propiedad suya. Miro su estampa inmensa de fiera bien alimentada. El agua
presintiendo su libertad, me acerca ya su frescura. Levanto el arma. Sería
ahora fácil oprimir el gatillo, pero debo esperar a que me mire, a que los
cuervos del miedo desciendan a sus ojos. Don Justi debe saber, en el momento
preciso, quién, y por qué lo está matando.
**********************
Fotografía: venenolundico.blogspot.com de Miguel Lundin Peredo

Comentarios
Publicar un comentario