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Juan Simoni - Las fieras


¿Quién es el que pone linderos al aire?

¿Y quién se hace dueño del agua del río?

O. ALFARO

        



Voy por esta senda buscando el calor que necesita la mirada de mi abuelo. Esa mirada que, si sigue así, añorando estos valles, se va enfriar entera, se va a congelar. Cuando mi abuelo se vino a estas serranías sin dueño, además del atadito colgándole del brazo, traía en su mirada un dolor de perro apaleado. Al comienzo, parecía resignado. Pero después fue untando el rancho con su pena. Untó la comida, los pocos atardeceres del descanso, los largos silencios. Casi no hablaba. Y el origen de esa pena tiene un nombre: don Justiniano, don Justi, que le cambió sus tierras por picardía. Claro, mi abuelo puso las tierras y don Justi la picardía que compró a los leyudos de la ciudad. Con cuatro papeles le quitaron su lengüita de campo. ¡Si es para no creerlo! ¡Con tanto valle que tiene don Justi!

 

        En estas montañas, la vida no es fácil para nadie. A cada día se lo debe lavar con un nuevo sudor. Para cazar hay que andar el monte: No hay tigre que venga al rancho a buscar su balazo. A dar y andar el monte, como ahora yo voy por él, entre carahuatas, pensando en el abuelo. Hay quien piensa que para el buen cazador sobra la carne. Sucede que sí, que a veces sobra, pero falta el tiempo para sentarse a comer como Dios manda. Y uno se acostumbra a ser maleducado con el hambre. No se le atiende cuando llega, sino cuando se puede. El tigre no espera. Es necesario seguirlo en las quebradas, en las laderas, sobre el filo de los cerros, con lluvia o con sol, de día o de noche. Eso sí, al empezar a huellarlo, desde los dominios del Peñón Verde, cruzando la Emboscada del Ganso, para entrar después al Cañón de las Sombras, ese tigre tiene los días contados.

 

        Sin embargo, a pesar de estas penas, no me quejo. Este oficio no lo cambio por otro. Cierto que no soy hombre alegre. ¿Cómo se puede ser alegre cuando uno se vuelve parte de la soledad de los montes? Pero tampoco soy triste; cuando la tristeza aparece hay que correrla a machetazos, para que no se aquerencie dentro de uno, hasta adueñarse de todo. Si la tristeza llega como le llegó al abuelo, no se puede quedar uno con los brazos cruzados. No señor, hay que espantarla como a los cuervos cuando se vienen al charque. Si no se los espanta a tiempo, se quedan. Lo ocupan todo y nos dejan sin un lugarcito para nosotros.

 

        Don Justi lo echó al abuelo de sus tierras, y nos dijimos: Ya no aparecerá más, ya se habrá hartado el carancho. Pero un día, orillando el valle, pitando detrás de unas rocas, escuché gritos y pisadas de caballos. Me asomé a ver lo que pasaba. Era don Justi azotando a un hombre. Tenía en sus ojos esos cuchillos que tienen los tigres cuando se les centra la mira en la frente. La vida de los hombres está marcada en sus ojos. El azotado se quedó quieto. Don Justi se alejó montando su alazán, bien herrado en los cuatro cascos. Para qué contar lo que le había ocurrido. Don Justi le quitó sus tierras, lo mismo que al abuelo. Fue a reclamar y lo azotaron.

 

        Cebado don Justi, dueño ya de toda la tierra, se dedicó a cuidarla como perro cabrero. Sólo sus animales podían andar por sus campos. Mi pasto no es para engordar ganado ajeno, decía. Y, aunque los campesinos de los alrededores apenas tenían uno que otro burrito y rara vez alguna vaca, igual, animal ajeno que encontraba era animal muerto. Si a lo lejos usted veía una nube de cuervos, tenga por seguro que en algún rancho alguien lloraba la pérdida de su animalito.

 

        Siempre pensé que los bichos del monte no tenían dueño. Pero vea lo que le pasó al abuelo: El extrañaba el valle, se fue para allá y mató un venado. Apareció don Justi con su gente y le dijo: "Caramba, Anselmo, sabes muy bien que tengo prohibido cazar en mi propiedad. En fin, habrá que repartir, me llevo la carne y te dejo el cuero".

 

        Pasó el tiempo. Sin darse cuenta, otro día, el abuelo se fue hasta el bajo; esta vez mató un tigre. Don Justi, que nunca duerme, lo encontró: "Te dije claramente que no hicieras esto. Tratándose de vos te perdonaré, olvidándome del asunto. Así que a repartir; el otro día te di el cuero, ahora me llevo el cuero y te dejo la carne. A ver si de una vez por todas cambias de rumbos".

 

        Y llegó el día en que nadie podía sombrearse bajo ningún árbol de los campos de don Justi.

 

        Ahora, poco a poco, me voy acercando. Yo sé que en el seguimiento se conoce a la fiera. Algunas huyen parejito, como si presintieran la muerte, aproximándose. Otras, enmarañan su huida, emborrachando al cazador: avanzan, vuelven, hacen rodeos, se suben a los árboles, cruzan quebradas y aparecen en el lugar inicial. Llegado el momento, tan esperado, el minuto final en que se cierra el círculo, se ve lo que son: rugen o se agazapan silenciosos, según el acoso de los perros. El dedo no debe apartarse del gatillo. Un aliento de cascabel invade el aire y, el corazón, qué caray, suena más rápido. Pero hay que serenarse, porque al sembrar un error se puede cosechar la muerte.

 

        Y, en ocasiones, no se puede evitar agujerear el cuero, como aquella vez, en el final del cañón de las sombras. Al cruzar un arroyo, mis perros perdieron el olor; yo, las huellas.  Hicimos un alto en la orilla. Los perros husmeaban. Una ramita se rompió; fue mi salvación. Desde el árbol más alto, el tigre se me vino encima; apreté dos veces el gatillo y estoy seguro que se fue muriendo al caer, pero igual me dejó la marca de sus garras en el hombro izquierdo. Un poco más y me borra para siempre de estos montes.

 

        Y aquí voy, masticando los negros recuerdos del abuelo. Las huellas de un alazán me van mostrando el camino...

 

        Al pasar esa lomada está la aguada de la Aurora. Si se detiene, lo alcanzaré ahí.

 

           Sí. Aquí está, dándole agua a su caballo; esa agua que hace mucho tiempo no le quita la sed a ninguna criatura viviente que no sea propiedad suya. Miro su estampa inmensa de fiera bien alimentada. El agua presintiendo su libertad, me acerca ya su frescura. Levanto el arma. Sería ahora fácil oprimir el gatillo, pero debo esperar a que me mire, a que los cuervos del miedo desciendan a sus ojos. Don Justi debe saber, en el momento preciso, quién, y por qué lo está matando.

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Fotografía: venenolundico.blogspot.com de Miguel Lundin Peredo

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