Atanabel se llamaba el
hombre. Y ya nomás le entro al bulto, para contarles, que su santa madre se
equivocó en ponerle el nombre que le puso. En mi vida vi cristiano más testarudo.
Si usted decía que esto era blanco, para él era negro. Tomemos unos cortos; no,
mejor será un vinito, ¡Qué rica es la carne de jochi! No, más sabrosa es la de
urina. Las mulas nacen del cruce de un burro con una yegua. No, también hay
casos en que las mulas paren. Los ríos corren para abajo. Y se ponía a silbar,
fiufiufiufu, cuando la veía perdida.
Como Atanabel era
soltero se le dio por gambetear a las hijas de Robustiano Acosta; dos tiernas
chinitas del mismo tamaño y lindura. Adelaida, la mayor, seria y hacendosa,
parecida a la madre. La menor, Elvira, alegre y agraciada. Apenas terminaba la
faena diaria, Atanabel se ataba al cuello el pañuelo rojo que le trajo de
Tartagal el finao Acorta y se iba silbando a casa de las gurisas. En los
primeros tiempos, nadie sabía por cuál de ellas pechaba, y esto duró bastante.
Porque usted lo veía charlando ahora con una, después con la otra o con las dos
juntas. Como además de "contreras", era discreto para cosas, era
difícil saber en cuál charco quería resbalar. Hasta que se lo vio más seguido
con la menorcita y más salteado con Adelaida. Ya definidas andaban las cosas,
cuando llegó la fiesta de San Juan. Adelaida se había recogido temprano a
dormir, como era su costumbre. Elvirita, en cambio, estuvo saltando hasta un
poco más de la medianoche. De paso les diré que esa noche estaba más oscura que
un horno tapiado. Después de dejarla con los padres, Atanabel montó su rosillo
y enfiló para su rancho, pero apenas entró al monte, se quedó escondido
esperando que pasen las horas. Habrían pasado dos y se fue, despacito, donde
las chicas.
Fue fácil para el
vichador acercarse a la casa sin hacer ruido. Los comelagua lo conocían tanto
que ni latían. Ya les dije que estaba oscuro y que no se distinguía un burro
blanco a dos pasos de distancia. Pero el hombre se las arregló para llegar a la
ventana y allí lanzar unos suaves silbidos. Salió la china y el mozo la tomó
del brazo sin decir palabra. La montó en ancas de su pingo y arrancó como si lo
corriera el diablo, para el lado de Campoverde.
Consumado el rapto y
tejos ya del poblado, Atanabel se detuvo para que descanse su cabalgadura y
probar un poco de la miel que traía. Bajó del caballo y alargó los brazos a su
china y se dio cuenta de que no era la menorcita, sino la mayor la que se había
robado. Se quedó frío el hombre, pero no dijo nada, Se puso a pensar qué pudo
haber pasado y claringo, lo vio todo: Adelaida, al irse temprano a dormir,
estaba bien descansada y despertó al escuchar los silbidos. Elvira, debido al
cansancio, se quedó quieta como durmiente de riel.
Así, por unos zapateos
demás y la noche que lo cambia todo, Atanabel halló la felicidad en una mujer
que no había ido a buscar. Hace unos días le nació su segundo orejanito. Lo
encontré cerca de su rancho y le pregunté por qué se robó a la mayor, si le
arrastraba el ala a la menor. Ahora, me dije, silba y se hace el desentendido,
pero no se le movió un pelo: "No, desde el primer día que pisé esa casa,
puse la mira en la que es ahora mi mujer".

Comentarios
Publicar un comentario