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Juan Simoni - Sin nombre

 


Noche de luna. Un inmenso algarrobo. El fogón y, alrededor del fogón, la rueda del mate.

 

Había un cazador (se escuchó la voz de don Eustaquio, el dueño de casa) que le gustaba mucho la cacería, aunque no le hacía lance al trabajo.  Un día, ese cazador, estaba por cruzar el río cuando escuchó unos gritos. (Don Elustaquio encendió su enchalao). Deben saber ustedes que el tal cazador estaba camino del pueblo, en busca de provisiones. Miró hacia la otra orilla del río y vio a unos muchachos puebleros que apuntaban al medi0 de la corriente. El cazador miró también al río y no vio nada.

 

(Don Eustaquio echó una bocanada de humo, como quien trata de recordar algo que el tiempo, minucioso destructor de recuerdos, ha pulverizado). El cazador comenzó a vadear el río cuando vio, de pronto, asomando entre las aguas, un perro. Hay gente mala, sí señor, mala como el mismo diablo. (Don Eustaquio miró a su audiencia). El perro, pobre animalito, tenía atada al cuello una soga. Lo habían arrojado al río para que se ahogue; pero la piedra, mal atada o el perro, muy sabido, logró zafarse. Y desde entonces, aquel perro lo siguió monte adentro, como sólo los perros saben hacerlo.

 

(Don   Eustaquio se levantó, removió las brasas del fogón y volvió a su asiento).

 

Y es aquí donde comienza, en realidad la historia. Porque ese perro se convirtió, como se dice, en su mejor amigo. Cierto que al principio le corrió algunas urinas y hasta un tigre, pero aprendió con el tiempo, poco a poco, todos los secretos de la caza. Cuando su amo descubría una presa, el perro se quedaba quieto. El cazador, como era su costumbre, agitaba el sombrero y el perro partía como loco.  Era hermoso verlos andar por el monte.  Lindo se comprendían, lindo. Hacía fuego el cazador y el animal se echaba al lado de la fogata, porque parece que le quedó un poco de frío de la mojazón que le dieron los muchachos. (Don Eustaquio arrojó al fogón el pucho de su cigarro). ¡Qué sería del hombre sin el fuego! Y en una de esas, el perro, que olfateaba hasta el brillo de las estrellas, lo llevó al cazador hasta un grupo de exploradores que estaban estudiando la tierra por esos carahuatales que están más allá del Arroyo del Burro.

 

¡Sí, señor, más allá del Arroyo del Burro! (Y don Eustaquio alargó el brazo para señalar la dirección de esas tierras).

 

Suerte tuvo el cazador de encontrar a esos exploradores, porque le dieron trabajo. Y como era bueno para el machete, ahí nomás se puso a abrir sendas para que avancen los que llevaban el avío; con el ingenierito por detrás, con sus aparatos de estudiar todo lo que había en ese monte.   Tenía uno así (don Eustaquio hizo un círculo con las manos) con el que se podía ir, sin perderse, hasta el fin del mundo. A los pocos días, se dieron cuenta de que el fulano y su perro eran bien entendidos para la cacería y les comisionaron conseguir carne. Desde entonces a comer como Dios manda: ¡Puro churrasco todos los días! Avanzaban rápido. Aquél ingenierito, además de gaucho era bueno para el monte. Trabajaban hasta que se iba la última luz del día. Después, hacían campamento. Una de esas veces, bien entrada la noche, el perro empezó a aullar. Aullaba y aullaba.

 

(Don Eustaquio guardó silencio para que sus contertulios pudieran imaginar el aullido).

 

Mala noche aquella, mala noche. Aullaba de tal manera el animal que, al poco rato, se despertaron todos. Y lo que entonces vieron jamás olvidarían. El perro estaba frente a una cascabel, así de grande, así de gruesa, que había intentado acercarse a su amo. No la dejaba avanzar. Bravísima estaba la víbora, que mordía y mordía y el perro esquivándola, sin retroceder ni un tantito, hasta que un mozo zanjó el asunto de un machetazo. El perro se refugió en brazos de su amo y entonces, a la luz del rescoldo de la fogata, se vio lo que le había pasado. Parece que, en una de las primeras mordidas, la cascabel le destrozó el ojo izquierdo. (Tembló la voz de don Eustaquio que encenqió, contra su costumbre, otro enchalao). Una llaga, una llaga de la que manaba sangre, era todo lo que tenía en lugar del ojo.

 

Y aquí viene lo que les decía acerca del ingenierito, un hombre cabal, como se dice. Impresionado por el cariño que le tenía aquel cazador a su perro, no vaciló en gastar las vacunas que había traído contra las picadas de víboras. Le puso una inyección al animalito, que medio atolondrado, medio atontado, ya no levantaba cabeza. Al amanecer, le puso la segunda. Y al medio día, después de colocarle la Última inyección, y como la obligación es primero, ordenó reanudar la marcha. El hombre se las arregló para quedarse con el perro y alcanzar después a los demás. Así, sentado, al pie de un toborochi, pensando en las cosas de la vida, se pasó todo el día. De rato en rato, para que se refrescara, le echaba agua, pero el animal seguía quieto.

 

(Don Eustaquio carraspeó y alzó la mirada hacia el monte).

Dicen que la oscuridad trae la muerte. Dicen, pero no es siempre.

 

Pues, en cuanto llegó la noche, el perro, señores, resucitó. "Se levantó, dio vuelta al árbol, orinó y se tendió a dormir. (Don Eustaquio dio una larga chupada a la bombilla del mate). Clareando ya, cazador y perro se echaron a andar por la senda hasta alcanzar la caravana.

 

¿Y el perro? -Preguntó en coro la rueda. Don Eustaquio se puso de pie.

 

- ¡Sin nombre! ¡Sin nombre!

 

Y entonces, de un lado del fogón, se levantó un perro, tan viejo como la misma muerte, y se acercó a don Eustaquio, batiendo apenas la cola. A la luz de la luna se podía ver su ojo, destrozado y sin vida. Y al observar la mirada que se tendían perro y amo, comprendieron todos que los unía algo distinto, algo que estaba más allá de las palabras.

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