Noche de luna. Un inmenso
algarrobo. El fogón y, alrededor del fogón, la rueda del mate.
Había un cazador (se
escuchó la voz de don Eustaquio, el dueño de casa) que le gustaba mucho la
cacería, aunque no le hacía lance al trabajo.
Un día, ese cazador, estaba por cruzar el río cuando escuchó unos
gritos. (Don Elustaquio encendió su enchalao). Deben saber ustedes que el tal
cazador estaba camino del pueblo, en busca de provisiones. Miró hacia la otra
orilla del río y vio a unos muchachos puebleros que apuntaban al medi0 de la
corriente. El cazador miró también al río y no vio nada.
(Don Eustaquio echó una
bocanada de humo, como quien trata de recordar algo que el tiempo, minucioso
destructor de recuerdos, ha pulverizado). El cazador comenzó a vadear el río cuando
vio, de pronto, asomando entre las aguas, un perro. Hay gente mala, sí señor,
mala como el mismo diablo. (Don Eustaquio miró a su audiencia). El perro, pobre
animalito, tenía atada al cuello una soga. Lo habían arrojado al río para que
se ahogue; pero la piedra, mal atada o el perro, muy sabido, logró zafarse. Y
desde entonces, aquel perro lo siguió monte adentro, como sólo los perros saben
hacerlo.
(Don Eustaquio se levantó, removió las brasas del
fogón y volvió a su asiento).
Y es aquí donde comienza,
en realidad la historia. Porque ese perro se convirtió, como se dice, en su
mejor amigo. Cierto que al principio le corrió algunas urinas y hasta un tigre,
pero aprendió con el tiempo, poco a poco, todos los secretos de la caza. Cuando
su amo descubría una presa, el perro se quedaba quieto. El cazador, como era su
costumbre, agitaba el sombrero y el perro partía como loco. Era hermoso verlos andar por el monte. Lindo se comprendían, lindo. Hacía fuego el
cazador y el animal se echaba al lado de la fogata, porque parece que le quedó
un poco de frío de la mojazón que le dieron los muchachos. (Don Eustaquio
arrojó al fogón el pucho de su cigarro). ¡Qué sería del hombre sin el fuego! Y
en una de esas, el perro, que olfateaba hasta el brillo de las estrellas, lo
llevó al cazador hasta un grupo de exploradores que estaban estudiando la
tierra por esos carahuatales que están más allá del Arroyo del Burro.
¡Sí, señor, más allá del
Arroyo del Burro! (Y don Eustaquio alargó el brazo para señalar la dirección de
esas tierras).
Suerte tuvo el cazador de
encontrar a esos exploradores, porque le dieron trabajo. Y como era bueno para
el machete, ahí nomás se puso a abrir sendas para que avancen los que llevaban
el avío; con el ingenierito por detrás, con sus aparatos de estudiar todo lo
que había en ese monte. Tenía uno así
(don Eustaquio hizo un círculo con las manos) con el que se podía ir, sin
perderse, hasta el fin del mundo. A los pocos días, se dieron cuenta de que el
fulano y su perro eran bien entendidos para la cacería y les comisionaron
conseguir carne. Desde entonces a comer como Dios manda: ¡Puro churrasco todos
los días! Avanzaban rápido. Aquél ingenierito, además de gaucho era bueno para
el monte. Trabajaban hasta que se iba la última luz del día. Después, hacían
campamento. Una de esas veces, bien entrada la noche, el perro empezó a aullar.
Aullaba y aullaba.
(Don Eustaquio guardó
silencio para que sus contertulios pudieran imaginar el aullido).
Mala noche aquella, mala
noche. Aullaba de tal manera el animal que, al poco rato, se despertaron todos.
Y lo que entonces vieron jamás olvidarían. El perro estaba frente a una
cascabel, así de grande, así de gruesa, que había intentado acercarse a su amo.
No la dejaba avanzar. Bravísima estaba la víbora, que mordía y mordía y el
perro esquivándola, sin retroceder ni un tantito, hasta que un mozo zanjó el
asunto de un machetazo. El perro se refugió en brazos de su amo y entonces, a
la luz del rescoldo de la fogata, se vio lo que le había pasado. Parece que, en
una de las primeras mordidas, la cascabel le destrozó el ojo izquierdo. (Tembló
la voz de don Eustaquio que encenqió, contra su costumbre, otro enchalao). Una
llaga, una llaga de la que manaba sangre, era todo lo que tenía en lugar del
ojo.
Y aquí viene lo que les
decía acerca del ingenierito, un hombre cabal, como se dice. Impresionado por
el cariño que le tenía aquel cazador a su perro, no vaciló en gastar las
vacunas que había traído contra las picadas de víboras. Le puso una inyección
al animalito, que medio atolondrado, medio atontado, ya no levantaba cabeza. Al
amanecer, le puso la segunda. Y al medio día, después de colocarle la Última
inyección, y como la obligación es primero, ordenó reanudar la marcha. El
hombre se las arregló para quedarse con el perro y alcanzar después a los
demás. Así, sentado, al pie de un toborochi, pensando en las cosas de la vida,
se pasó todo el día. De rato en rato, para que se refrescara, le echaba agua,
pero el animal seguía quieto.
(Don Eustaquio carraspeó y
alzó la mirada hacia el monte).
Dicen que la oscuridad
trae la muerte. Dicen, pero no es siempre.
Pues, en cuanto llegó la
noche, el perro, señores, resucitó. "Se levantó, dio vuelta al árbol,
orinó y se tendió a dormir. (Don Eustaquio dio una larga chupada a la bombilla
del mate). Clareando ya, cazador y perro se echaron a andar por la senda hasta
alcanzar la caravana.
¿Y el perro? -Preguntó en
coro la rueda. Don Eustaquio se puso de pie.
- ¡Sin nombre! ¡Sin
nombre!
Y entonces, de un lado del
fogón, se levantó un perro, tan viejo como la misma muerte, y se acercó a don
Eustaquio, batiendo apenas la cola. A la luz de la luna se podía ver su ojo,
destrozado y sin vida. Y al observar la mirada que se tendían perro y amo,
comprendieron todos que los unía algo distinto, algo que estaba más allá de las
palabras.

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