- ¿Y el francés?
Le había
preguntado Olivera al primo. Se arrepintió en el acto de haber hecho esa
pregunta, pero ya era demasiado tarde. A pesar del estruendo del rock, el primo
empezó a contar a gritos.
- ¡Al francés le hice la boleta el viernes!
-
¿Cómo?
-
¡Que le hice la boleta!
Olivera se
interesaba más en el rock, el movimiento frenético de las parejas, los
resplandores destellantes de la pista. Ordenó otra cuba. Observó al primo. En
la penumbra de la barra, ofrecía un aspecto intemporal. No había cambiado mucho
desde cuando arrojaron un cohete bomba en un templo evangélico. Escondidos detrás
de un Toborochi, vieron cómo los fieles escapaban en tropel. Después llegó una ambulancia a recoger a un
pobre viejo que murió debido a la explosión. "Bueno, -dijo el primo-. La culpa no fue nuestra. Fue del cohete". Y estalló en una
risa cínica.
Ahora, el primo trataba
inútilmente de contar la suerte que corrió el francés. Gesticulaba y hablaba en
voz alta, al ritmo del flashdance. Le gustaba expresarse así, con más gestos
que palabras.
- ¿Te acordás del maricón de Buenos Aires?
-Le había dicho el primo cuando entraron a la discoteca. -Ese día que estábamos en la parada del bus y yo te dije:
- Fijate en ese maricón.
- Te digo que no es maricón.
- Te digo que lo es.
Y empezaron a
discutir. Apostaron mil nacionales y resolvieron aclarar, ahí mismo, el
misterio. El primo le hizo al hombre señas, haciéndose el afeminado. El hombre no entendió las señas, giró la
cabeza y miró hacia atrás, porque pensó que estaban dirigidas a otra persona.
Cuando se convenció de que estaban destinadas a él, comenzó a caminar hacia
ellos, con cara de pocos amigos.
- Te dije que no era maricón.
El primo caminó
hacia la esquina, apresurando el paso.
Después de todo quien había hecho las señas era él. Dio vuelta la
esquina, seguido por el hombre. Poco
después reapareció, silbando, como si nada hubiera ocurrido. Justo, en ese
instante, llegó el bus. Lo abordaron. Viajaron en silencio. El primo se bajó en
Once. Olivera siguió viaje hasta Primera Junta. Un año después, buscando
papeles, se encontró con un recorte de La Razón, guardado en un libro viejo. Se
trataba de un informe difuso, un suelto policial: El hallazgo de un cadáver en las
inmediaciones de un cine. Se desconocía el móvil del homicidio. Causa de la
muerte, una cuchillada.
- Sí, -dijo Olivera- ahora lo
recuerdo. Era ese maricón al que le
hiciste señas.
- ¿Ouerés saber lo que le pasó?
- Le metiste el cuchillo.
-
¿Y cómo te enteraste?
Pero ya estaban
dentro de la discoteca, rumbo a la barra. El primo, sentado ahora entre Olivera
y un desconocido que estaba ansioso de hacer amigos, se olvidó del francés.
Giró en el taburete y se abrazó del desconocido. Olivera clavó los ojos en la
pista, pero le era imposible escapar de la conversación que sostenía el primo:
"Y cuando me di cuenta, estaba
tirado sobre un tanque de Yacimientos. Torcido, mi cumpa, y sobre un tanque.
Ahí nomás le eché mi último pitillo. Aterrizaje forzoso, mi cumpa, sobre un
tanque". Se dio vuelta hacia Olivera.
- ¿Te acordás
de la peladita de plaza Blacutt?
Olivera se
recostó en el taburete. ¡La peladita de plaza Blacutt! Era él, no el primo,
quién la había descubierto. Era él quien había establecido que alrededor de las
seis, minutos más minutos menos, cruzaba el parque enfundaba en jeans y varios libros
en la mano. Averiguó su nombre, Ruth, y se lo dijo al primo. Le dijo también
que la tal Ruth se hacía la linda y no había modo de abordarla. Eso, le dijo el
primo, lo arreglo yo. Y al otro día,
entre cuatro (él, el primo, el Chulupi Soto, dueño del jeep, y un tipo cuyo
nombre ya no se acordaba) la subieron al jeep y se la llevaron al Botánico. A
los pocos días, la tal Ruth reapareció a la misma hora, con sus cuadernos en la
mano. Se encontró con el primo y le dijo que la cosa había gustado. Que quería
otra ronda. Y los cojudos se la creyeron. Se anotaron siete para la segunda
vuelta. Cuando llegaron al Botánico, la policía los estaba esperando. Menos mal
que el padre del Chulupi Soto tenía muñeca, porque de otro modo iban a la
cárcel.
Rememorar la aventura
le causó a Olivera un cierto desasosiego.
- Este cuerpecito, -le dijo al primo-, se va.
- ¡No te escucho!
- ¡Me voy, porque mañana tengo que estar en la
barraca a primera hora!
- ¡Te quedás!
Y se quedó a
regañadientes; porque desde que limpiaron la barraca, Olivera debía cuidarse,
eliminar cualquier sospecha. La operación, como se dice, había sido un exitazo.
Olivera abrió el portón a las tres de la mañana y esperó al primo, que llegó
cinco minutos después en una camioneta de Y.P.F.B. Dos máquinas de escribir,
dos calculadoras, un cuadro de Herminio Pedraza, el teléfono, las cajas de
parket que estaban en el depósito y hasta el escritorio de la secretaria
desaparecieron de la barraca. La policía, detuvo al sereno, un pobre
vallegrandino que fue despedido el día anterior por no haber lavado el auto del
administrador. Le dieron tan duro que
finalmente se declaró culpable del robo.
El primo se
volvió hacia Olivera.
- Bueno, si querés irte, vámonos.
- ¿Y el francés?
-Le hice la boleta, ya te lo dije.
Olivera esperó
a que el primo se decidiera a contarle lo sucedido con el francés. Como en
otras ocasiones, el primo, antes de empezar su relato, le dio unas palmaditas
de complicidad. Olivera correspondió al gesto abrazándolo por la espalda. Recordó al francés, su bluyín desteñido, su
rostro largo, ceñido por una melena rubia. Este está bueno para Cristo, le
había dicho el primo, cuando lo descubrieron sentado en la barra de la
discoteca. Dónde has visto un Cristo con botas, comentó Olivera. Y se le
aproximaron.
- Fijate, usa aretes el gringo.
- No son aretes. Es un aro y lleva uno sólo.
¿Cómo hicieron
amistad con él? Reconstruir ahora la conversación que sostuvieron con el
francés, era como armar un rompecabezas. El francés se llamaba Pierre (¿o Paul?)
y era hijo de un arquitecto. Bolivia, sí, claro, le gustaba Bolivia. Pensaba ir
al Cuzco. Quería conocer las ruinas de Machu Picchu. Y gesticulaba. Trataba de
explicar con las manos lo que no podía expresar con palabras. Fue entonces
cuando el primo vio el reloj y le dio un codazo: Mirá ese reloj. Le preguntó cuándo
había llegado a Santa Cruz.
- Ayer
- ¿Ayer?
Fijate, qué casualidad. Llegó
ayer y está en busca de amigos. Este gringo, che (le dijo a Olivera) es mío.
Olivera
comprendió que debía irse de la discoteca. Para el primo, gringo al que le
echaba el ojo era gringo sagrado. Vos
sabés, so lía decirle, todos andan
buscando pavos y los tiempos están difíciles. Se fue Olivera y ahora, una
semana después, quería conocer los detalles de la historia.
- Vos no me vas a creer, pero estos europeos
no se la tragan así nomás. Hay que ser un artista para convencerlos. Aquí,
viejo, el que menos puja caga un caimán.
A la tercera cuba, el
francés y el primo se hicieron amigos. Grandes amigos, che. Le habló de su
madre que era, como él, artista. Pintaba y estaba separada de su padre. El
primo se dio cuenta de que al francés le gustaba una loca. Esa loca, la del
cabezón Rodríguez, el gordo de camisa a cuadros. ¿Te
acordás? Cuando el francés fue al baño, Olivera se acercó a la loca.
Hicieron un trato. No me la vas a creer
viejo, pero así fue. Imagináte a la loca,
con una pata en el suelo y la otra pisando el inodoro, el francesito puje que
puje y yo, en la puerta del baño, cuidando la función. ¡Las cosas que uno tiene
que hacer para comerse un pavo!
- ¿Y después?
- Le hice la boleta. Eso no se pregunta.
- Ya lo sé. ¿Cuándo...?
- Esa misma noche. ¿Vos pensás que yo voy a
invertir en un pavo para dejarlo volar?
A la madrugada,
el primo y el francés, partieron en la camioneta rumbo al parque industrial. El
francés quería echarse un pitillo.
- Se lo di, viejo. Cualquiera tiene derecho a un pitillo en ocasiones como esa. Lo hubieras visto al pavo. Fumando y volando, mientras yo le acercaba el revólver a la cabeza, para no estropear la campera. Y le di el tiro ¿Te acordás de la campera? Ni que me la hubieran hecho a medida. Me cae bien ¿verdad? O vos pensás otra cosa.

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