Vendrían, si, vendrían. Ya se sentía en el silencio, agitada
quietud flotando en la pureza del aire, ese rumor de alas en movimiento. Tenía
la seguridad de que vendrían, porque esa tarde, como todas las tardes, había
repasado la inmensidad del cielo y presintió su regreso. Al descender del
montículo de los turiros, se clavó en el pie una espina de chichapí. Ahora, no
sabía si arrancarse primero la espina o librarse de esas tenazas invisibles que
mordían sus manos. Espantó a los turiros y se fue, con paso melancólico, hacia
su casa. Contempló, desde el corredor, la roja y triste soledad del crepúsculo.
Se sintió como un cuajo famélico atragantado por un bagre. Recostado en su
mecedora, sólo le quedaba esperar. Esperar y esperar, haciendo girar los
pulgares y moviendo la punta del pie.
Por la noche; tendido en su cama, las manos cruzadas sobre el
pecho, auscultó nuevamente el silencio: cantos de grillos, sapos y ranas, y
otros cantos jamás escuchados. Cantos de aquí y de allá. Cantos del río, de la
gotera; del pozo. Cantos de los viejos tabiques de la casa y del maderamen del
techo. Oyó la respiración de las estrellas, el jadeo de la luna y hasta el
fugaz destello de los curucusíes. Se levantó. Mojó las sábanas para refrescar
su cuerpo y se acostó de nuevo. De pronto, como si algo hubiera cambiado en el
aire, comenzaron a dolerle los huesos. Declinó, asimismo, el rumor del monte.
Lentamente, los árboles comenzaron a mover sus hojas.
Ahora, el Sur, señor de junio, se había apoderado de la noche,
de la inmensa noche. Arreciaba sin piedad, sobre la tierra y sobre el cielo.
Corría, encrespando ríos, por el lbare, el Mamoré, el Yacuma, hacia Pando.
Sobre su estera, bajo el imperio del Sur, pensó en sí mismo, su espera inútil;
y comprendió que esa espera era todo lo que tenía. Se levantó para escapar de
una gotera. Se sentó en una silla, junto a un charco hirviente de sabayones.
Sólo lo sostenía eso: La certidumbre de su inminente regreso, aunque él,
derrotado por el tiempo, no pudiera correr tras ellas. Ellas, que descenderían,
alborotando el cielo en zigzagueantes vuelos, sobre el montículo de los
turiros.
Desde aquel tiempo, el abrogado tiempo de su infancia, cuando
se fueron sobre las brisas de junio, huyendo de la mortífera precisión de su
honda, había esperado inútilmente su regreso, hasta caer en la eternidad de su
silla de cuero. Todo empezó como un simple juego. Un juego que no tenía otro propósito que
desordenar su vuelo. Les arrojó un par
de jones: a ver qué sucedía y no se
espantaron. Buscó entonces su honda y
comenzó a lanzarles bolas de barro. Cayeron algunas, pero las otras siguieron
revoloteando en pos de los turiros. Se
armó de un chicote de arrear ganado, y haciéndolo girar en círculos se acercó
hasta el montículo. Esta vez el impacto fue mayor. Sin embargo, continuaban
ahí, burlándose de su furia.
Y el juego, ese simple juego, se convirtió en una carnicería
atroz. Dejó de almorzar y se quedó junto
al montículo haciendo girar el látigo. Cuando llegó la noche y el rumor del
viento se hizo como ahora, más y más intenso, las sorprendió impunes, asidas a
las mallas milimétricas de las ventanas. Salió al corredor y allí estaban:
amontonadas en las vigas del techo, posadas en la soga de la hamaca y en los
alambres de secar ropa. Algunas, impávidas, trataban de penetrar al interior de
la casa. No habían aprendido la lección. Se atrevían, incluso, a cazar un
turiro y regresar de inmediato a su sitio.
Los turiros danzaban en torno a una vela que ardía sobre la mesa del
comedor. Y se acordó de las tijeras de peluquear caballos.
Abrió la puerta y dejó que entraran en la casa. Ahora sí que
pagarían caro su osadía. Y fue a buscar
las tijeras. Lo primero que debía hacer ahora era atontarlas. A manazos, a
puntapiés, cuando caían de la mesa. Logró reunir un buen número. Las miró de
cerca. Vio cómo escondían sus picos en su estropeado plumaje gris. Luego,
comenzó a cortarles las alas. Hacía su labor pacientemente, pero las tijeras
estaban motosas. Entonces buscó un machete. Su tarea se hizo más simple:
apretarlas en la mesa, de manera que extendieran las alas, y cortar con el
machete. ¡Malditas, vuelen ahora, carajo! ¡Malditas! Y el machete volvía a caer
con implacable furia. Cuando comprendió que no podría acabar con ellas, porque
parecían multiplicarse con la misma velocidad con que las mutilaba, hizo cuanto
pudo para arrojarlas a la intemperie. Aquellas que habían perdido las alas, se
convirtieron en fácil presa de los gatos.
Al amanecer, abrió cuidadosamente la puerta y salió al
corredor. Ahí estaban: negreando en los tijerales del entretecho. De las que
habían muerto, sólo quedaba un revoltijo de plumas esparcidas en el piso. Cruzó
el corredor y salió al patio. Durante la noche el Sur había declinado. Se
encaminó, curioso, hasta un totaí quemado por un rayo. Sintió, mientras
caminaba, un fragor de alas volando detrás suyo. Se dio la vuelta y vio que lo
habían seguido. Permanecieron en el aire, revoloteando sobre su cabeza. Regresó
a la casa y lo siguieron. Esta vez se asentaron sobre el techo, para entibiarse
con el sol. Fue a los corrales, y allí estaban, vigilándolo tenazmente. Sin
embargo, ahora, no se acercaban a él; sólo lo observaban. De pronto, como
respondiendo a un llamado inaudible, se perdieron en la inmensidad azul del
día. Y no volvieron más, nunca más.
Pero ahora, sí, estaba seguro que vendrían. Las presintió en
la tarde anterior en ese cielo que se fue agrandando hasta caer en la roja
soledad del crepúsculo. En ese Sur, que volcó en mitad de la noche y le obligó
a permanecer despierto. Salió, arrastrando su silla, al corredor. Tuvo que
aferrarse a un horcón para no caer por la fuerza del viento. No le importaba el
frío. Sólo quería estar despierto a la hora de su regreso. Y como si esa hora
estuviera cada vez más próxima, el viento comenzó a declinar. Un distante rayo
iluminó el horizonte y se vio... una. Sí, allí estaban y llegarían con el
amanecer. Cuando, al fin, salió el sol vio otra, y otra, y otra... Entonces, se
levantó de la mecedora e intentó caminar hacia su encuentro, con las manos en
alto. Al llegar al borde del corredor, cayó en el patio y comenzó a sangrar,
boca abajo, mientras el estrépito, ese estrépito de un millón de alas en
movimiento, crecía y llegaba sobre la casa, en ese mismo instante en que la
muerte llegaba también a su existencia. Ya vendrían, más tarde, los peroquís,
las carcañas, los chuvis y los etores, a dar cuenta de ese cuerpo que empezó a
nutrir el paso lento de los sabayones. Y ellas, las golondrinas, revoloteando
en el aire, cayendo como flechas sobre los turiros, celebrando la vida.
Pedro Antonio Gutierrez, Trinidad, 1962. Pinta y escribe cuentos y se interesa por la filosofia.
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