Taller del Cuento Nuevo [1]
Allí,
donde las últimas estribaciones de la Cordillera de los Andes se abren hacia la
llanura amazónica, está Santa Cruz de la Sierra, ciudad fundada por los
españoles hace más de cuatro siglos. Esta referencia, que alude a su
localización geográfica, no muestra la riqueza cultural que se esconde detrás
de un proceso que solo la literatura, capaz de utilizar y de integrar diversos
lenguajes, puede ahora evocar y narrar. Aquí, sobre esta vastedad fértil, y
para usar una expresión de Pablo Neruda, las palabras que los conquistadores
españoles dejaron rodar de sus barbas, crecieron y se multiplicaron en un
contexto de dramático aislamiento. Santa Cruz vivió tres siglos y sin contacto
con ningún otro centro de América Latina, desde que llegara Ñuflo de Chaves
hasta la llanura chiquitana, hasta que después de sus múltiples fundaciones se
aproximaron hacia la sierra, por eso se llama Santa Cruz de la Sierra, hacia el
nacimiento del camino a Samaipata Santa Cruz vivió en una soledad inmensa. En
todo ese largo tiempo, en esa maceración de siglos surgió el... cruceño. En la
imposible hipótesis de que no hubiera quedado ningún otro testimonio de lo
sucedido en aquellos tiempos bastaría solo el lenguaje, ese lenguaje macerado
durante siglos, para emprender la empresa de su evocación. Cayeron aquí las
palabras españolas y se mezclaron, irrevocablemente, con las palabras nativas.
Se enriquecieron con nuevas acepciones, se perdieron, se afinaron o se
conservaron, pero, en definitiva, prevalecieron. Hoy, en cierta medida, son lo
que fueron, aunque son también, y éste es su mayor mérito, propias de Santa
Cruz.
Esa
fusión de culturas, que tiene en el lenguaje su manifestación más intensa,
explica, en parte, el surgimiento de la narrativa contemporánea de
Latinoamérica. Sería incorrecto, y hasta injusto, juzgar tal acontecimiento
marginándolo de su contexto social. El escritor, como organizador del texto
literario, en su efecto más tangible y no, rigurosamente, su inventor. Rulfo es
el producto de Comala y no Comala el producto de Rulfo.
Cuando
se afirma que hay en Latinoamérica muchos Macondos por descubrir, en la nueva
connotación que se le ha otorgado este término, se dice una verdad a medias.
Hay, efectivamente, por su desconocida existencia, Macondos inéditos, pero
estos macondos son por sus génesis culturales distintos. Este proceso, de una
objetiva universalidad cuyo énfasis radica en sus particularidades, constituye,
por su rica variedad, el aspecto más luminoso de la presencia latinoamericana
en la narrativa de hoy. Cada pueblo hispanoparlante de Latinoamérica - y
utilizamos el concepto “pueblo” por la necesidad de una acepción que defina un
contorno-, por el imperio de una simbiosis cultural que empezó en la colonia y
que aún no ha concluido, tiene, la constelación del mundo castellano, su
literatura.
El
trópico boliviano, así como otras regiones del Continente, es un ejemplo de ese
drama, insuficientemente comprendido, que entrañó la colisión de lenguas que no
habían tenido entre sí, hasta ese momento ninguna relación. Distante de los
mares, abrogada por la fuerza de la realidad, la ilusión de El Dorado, ese
antiguo castellano, anacrónico desde la perspectiva del tiempo actual, vivió,
en estas latitudes del mundo, una experiencia insólita. Mantuvo su primigenia
calidad y se enriqueció, por necesidades de comunicación, con el aporte local.
Por razones políticas, que no hacen al tema de esta introducción, se impuso
como lengua dominante. De lo que sucedió en aquello época, idealizada por el
hispanismo y censurada por el indigenismo, es testimonio final, y el más
vigente de todos, el lenguaje.
Es
esta circunstancia, particular y distinta en cada caso, que determina que la
literatura latinoamericana, por imperio de la historia, hubiera tenido un
desarrollo que es, en muchos respectos, único: los cronistas de la colonia, que
intentaron una empresa que sustituye la canción épica que está en el origen
mismo de las grandes literaturas; esa rara majestad lírica de Sor Juana Inés de
la Cruz, expresión de un barroquismo personal y latinoamericano; el
Romanticismo, que se mezcla con proposiciones conceptuales propias; el
Modernismo, que proyecta la presencia latinoamericana en un contexto que se
nutre de todo y que, sin embargo, expresa esa totalidad con otros ritmos y
otras formas, son, en definitiva, partes de un proceso que conduce a la
identificación, cada vez más rotunda, de una personalidad diferente. Arriba
este proceso formal, en el presente siglo, al encuentro con ese otro proceso
invisible que se fue gestando en lo más íntimo de la entraña popular: la
transformación de la cola en canto que se empapó de voces locales, y las
fabulaciones que se modificaron por la influencia de las culturas nativas.
Cuando los escritores descendieron finalmente de su pedestal y fueron al
encuentro del lenguaje, descubrieron su destino. Cabe, sin embargo, hacer una
distinción entre el concepto regional del lenguaje, que auspicia la creación de
una literatura costumbrista, y la probabilidad de un tratamiento universal que
plantea un desafío más complejo: descifrar no sólo su apariencia; penetrar, al
mismo tiempo, en su conciencia.
Esta
convergencia, de autor y lenguaje, que pudiera presentarse también como una
integración de realidad y de texto, y que tiene en cada región de Latinoamérica
sus propias características, es, asimismo, un camino largo. Pudiera pensarse
que, en razón de ese florecimiento de la narrativa latinoamericana como un
fenómeno continental, las regiones no expresadas disponen ahora de una
experiencia que favorece, - por no decir que define -, su propia maduración.
Tenemos un patrimonio común que está en la lengua que hablamos. Este patrimonio
garantiza la universalidad de nuestro mensaje y nos hace, al mismo tiempo, más
ricos. Pero es un hecho que cada literatura requiere de un desarrollo propio,
porque “literatura” y “lenguaje” son conceptos inseparables. Esto lo sostenía
también Octavio Paz. Desarrollar, en consecuencia, el lenguaje y enfatizar sus
posibilidades es algo que se tiene que concebir necesariamente como un proceso.
Su adecuado uso, la percepción de sus valores, el perfeccionamiento
instrumental de sus recursos, no es algo que se puede aprender totalmente a
través de otras experiencias. La literatura no es una simple invención, se
nutre de la vida.
¿Cómo lograr ese objetivo? La transferencia cultural, si vale el concepto, funciona en América Latina como un sistema de transmisión que no engarza, por múltiples razones, con la realidad. Cuanto se había en Europa tenía aquí su inmediata resonancia. Sucedía entonces, y este es un fenómeno fácilmente perceptible en la poesía, que se llegó a un extremo de creación impersonal, o experimental, desarticulada de la vida. Los movimientos literarios se organizaban a la luz de las pautas imitativas, sin mayor influencia en el quehacer de los autores. Son muy pocos los escritores que pudieron escapar de ese destino que los embargaba en experimentaciones poco perdurables o los condenaba a una irremediable frustración.
Si
escribir es un oficio, las pautas finales de esta actividad están, de algún
modo, inmersas en la práctica del oficio. Y si este oficio se nutre de
lenguaje, y el lenguaje es inseparable de la vida, la primera percepción
crítica que surge es aquella que se desprende del mayor o menor valor de un texto,
en tanto que ese texto alcance una mayor o menor intensidad. La ficción, en
último análisis, comporta el reordenamiento estético de la vida.
Estos
fueron, en apretada síntesis, los criterios que orientaron la preparación de
este libro. Describir el método resultaría presuntuoso. Sólo diremos que el
escritor, por su índole creativa, asume la literatura desde opciones que no
pueden ser ajenas a su realidad. Escribe porque siente la necesidad de
comunicar algo. Se repite, en el ámbito de su individualidad, ese mismo proceso
que se da en el nacimiento y el crecimiento de una literatura. La
experimentación personal es insustituible y no puede ser reemplazada por la
apropiación mecánica de modelos o corrientes que no surjan de su propia voz. En
este difícil período, que llamaremos de maduración, y que es por cierto
agónico, la interacción crítica impulsa y acelera el proceso. Cuanto se hizo
puede resumirse del siguiente modo: escribir, analizar, re elaborar, resumir o
ampliar, en el cumplimiento de una tarea común que tendía al perfeccionamiento
individual de cada autor.
Como resultado final, y al cabo de un año y medio de funcionamiento, el Taller había hecho un importante acopio de cuentos. Teníamos entre manos un libro de voces múltiples. Hicimos una sincera valoración de su importancia. Comprendimos que estos cuentos abrían, en su conjunto, nuevos caminos en la narrativa oriental de Bolivia. Rescataban, así fuera en mínima medida, el castellano de estas tierras. No se trataba, sin embargo, de textos que pudieran clasificarse en el género del costumbrismo; había una auténtica exploración de nuevas formas y nuevos modos de decir las cosas. Su escenografía, variante, se proyectaba desde Santa Cruz hacia el Chaco, el Beni, La Paz, y más allá todavía: Buenos Aires y la sabana venezolana. Identificamos, de pronto, que tenían varios rasgos en común; un cierto desenfado que los alejaba de la retórica tradicional y el humor, esa divina gracia del humor, tan consustancial al espíritu de los habitantes de esta región. Resolvimos, pues, impulsar su publicación.
Aparece aquí la imagen tropical de Bolivia, es decir esa presencia que define, cada vez con mayor ímpetu, su destino. Y descubre, sin recatos, aquello que no siempre se quiere mostrar: la injusticia. El sufrimiento de los humildes, la esperanza, la frustración, la búsqueda están aquí presentes, como una entonación coral que debe ser escuchada. No soy yo, sin embargo, por lo que me toca en la conducción del Taller de Literatura, quien debe apreciar los aciertos o los errores de este libro. Siempre he sostenido que un texto literario, como una partitura musical, está hecho de quien lo escribe y de quien lo interpreta. Cuando la voz del autor y la voz del lector coinciden se produce ese milagro que hace que la literatura, rebasando los límites de la retórica formal, se convierta en vida.
Jorge
Suárez


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