Arrecia, otra vez, la lluvia.
Ruge el viento entre las maderas del techo. Para comunicarse, hay que hablar en voz alta.
(¡Miguel ya no vendrá más!) Estalla, de improviso, la abuela. Si, abuela, ya lo
sé, pienso. Miguel ya no vendrá más. ¡Nunca más! Contemplo él cielo. Es
extraño, no estoy triste esta vez. No es que haya dejado de amarlo. No. Tal vez
lo ame más. Más que nunca. Pero no estoy triste. Sencillamente, no estoy
triste. Llegó, nos amamos y se fue. Lo demás no importa. Conocí la felicidad.
Me aferro a esa idea. (¡María! ¡Entra hija, que hace mucho frío! Esta niña está
cada día peor). Ya voy abuela, respondo. Mi mirada se extiende en la oscuridad.
¡No quiero cerrar la puerta! ¿Será él? Veo ahora, desde la puerta, dibujarse
una silueta. Una silueta que se aproxima…
¿O se aleja?
Es el viento que empaña mis ojos y no me deja ver claro. Tengo
miedo. Cierro la puerta. Entra por las rendijas una ráfaga de viento que apaga
la luz. Corno estoy habituada a la oscuridad no me es difícil encender
nuevamente la vela. Me apoyo de espaldas en la puerta. Por si fuera él, pienso.
María… Me estremezco al recordar su voz. Su voz susurrante,
cuando me desvestía. Eres linda, María. ¡Linda!... Yo me ruboricé... No seas
tímida… Y me besó largamente. Ha empezado a toser la abuela. Sus ojos se le
cierran. Su rostro se contrae por completo. Está vieja mi pobre abuela, pienso.
Me acurruqué desnuda en un rincón de la cama… No tengas miedo... Y me prometió
que nunca, nunca me dejaría. Sigue tosiendo la abuela. Nada puedo hace por
ella. Pobre abuela, digo. Y ella me mira. Agacho la cabeza. Me avergüenzo. No debería
compadecerla, pienso. Maria, estás llorando... Y me abracé a él, que se habla
tendido en la cama; ensimismado, distante.
La lluvia, que se ha extendido por el piso, moja las plantas
de mis pies. Nunca arreglaremos esas goteras, pienso. La abuela, que se ha
despertado en la mecedora, mira el techo. Se levanta y procura retirar las
cosas que están en el suelo. Las cubre con un plástico. Abuela, pienso, siempre
tienes que hacer algo; te vas a enfermar, cuídate. Y la abuela, como si hubiera
oído mi pensamiento, me mira desafiante.
Hay algo en ti que no puedo entender... Me dijo de pronto,
enigmático. No entendí a qué se refería… Soy así, siempre he sido así... Dije,
por decir algo... Estás triste... No, al contrario, me siento feliz. Ahora
pienso que dije eso sin convicción. Tal vez, pienso, me faltó astucia para
atraparlo. La abuela se sienta en su balde y comienza a orinar; como un gato:
poco, suave. Está vieja mi pobre abuela, pienso.
Se recostó en la cama y encendió un cigarrillo. Sonreía.
Escudriñé su sonrisa… ¿En qué piensas?... No soy el primero... Y se dio la
vuelta.
¡Abuela!
La abuela regresa a la mecedora; lo hace arrastrando los pies,
temerosa de caerse. Se sienta. Deja caer los brazos. Me acerco y contemplo su
rostro, intemporal, impenetrable.
¡Abuela! (Y me veo, otra vez, tendida sobre una sábana blanca, desnuda.
Abre las piernas, ordena la abuela. No comprendí, o no pude comprender hasta
ese instante, lo que estaba por
ocurrir. Abrí las piernas. ¡Abuela! Y me desmayé de dolor. Cuando recobré la
lucidez, vi la sábana, manchada de sangre. La abuela aún tenía en las manos el
fierro que había introducido en mi cuerpo, forrado en la punta con una mota de
algodón silvestre. Refunfuñaba: Era necesario... era necesario... ¡Pobre niña!
Pero ningún hombre merece esto de ti, ni de ninguna mujer). Pobre abuela. Yo la
comprendo. Ella me quiere, pero es así. Pienso ahora que lo que hizo conmigo
estaba escrito en su rostro.
Miguel dejó de fumar y alargó su brazo hacia mí. Me atrajo a
su pecho. Miguel, quise decirle, tú eres el primero, el único… Finalmente, no
dije nada. Tose, otra vez, la abuela. Miguel retiró su brazo y se sentó en la
cama, cubriéndose el rostro con las manos. Entonces le hablé: Te amo. ¡Te
amo!... Se incorporó y se vistió en silencio. Me voy… Dijo… ¡Miguel!... Cuando abrió la puerta, se
volvió hacia mí… Iba a decir algo y salió. La abuela, que se siente mejor,
desata ahora una chompa vieja. Volverá a tejerla, pienso. Acuéstate, me dice.
Sus ojos, apenas visibles, tienen un brillo maternal. Sí, abuela. Y el viento, que había amainado,
arrecia.
Alguien toca la puerta. Es el viento, me digo. El viento y la
puerta que dejé mal cerrada. Me acerco y compruebo que no, que estaba bien
cerrada. Pienso entonces que alguien ha llamado. No es el viento. Y abro.
(¡Cierra esa puerta, María! Pobre niña. Pobre niña. Ya te lo he dicho mil veces
que no volverá. Así son los hombres, María). Sí… abuela. Y escudriño en la oscuridad.
Hay relámpagos; relámpagos distantes. Creo ver, al fondo de la calle, alguien.
Alguien que se aleja. Se detiene y se da la vuelta.
Cuando salió a la calle, corrí desnuda hasta la puerta y le
grité: ¡Miguel…! Ahora no estoy segura si me dijo algo. Pienso que sí, que dijo
algo. Dijo que volvería. O me lo dio a entender así, cuando agitó la mano en
señal de despedida. Sí. Es alguien que camina protegiéndose del viento. Cerré
la puerta y la abuela, que se había levantado en silencio, estaba frente a mí,
con una frazada. Cúbrete, hace frío. Yo me ruboricé. Volví a la cama y me puse
a llorar.
(¡Pobre niña! ¡Pobre niña!). Suena, otra vez, la puerta. ¿Será
Miguel? No, no es él.
Debería correr a su encuentro. Regreso en busca de un chal. La
abuela, que se ha levantado, camina hacia su cama apoyándose en la mesa. Tose y
está a punto de perder el equilibrio. Me acerco para sostenerla y se apoya en
mí. Se sienta en la cama y me arrodillo para sacarle los zapatos. Siento
entonces sus dedos; sus largos y huesudos dedos acariciándome el cabello.
Nunca, María, me había dicho Miguel cuando empezó a besarme, nunca te dejaré…
Levanto la cabeza y allí está la abuela, con sus ojillos tristones. Debo darle
su jarabe, para que duerma bien. Ahora apoya su cabeza en la almohada y empieza
a dormir. O, tal vez, finge dormir.
Nunca se sabe.
No. No era el viento el
que hizo resonar la puerta, porque ahora sopla con más fuerza y no retumba.
Pienso en Miguel; en Miguel parado en medio de la calle, esperando a que salga.
No, porque si hubiera sido él, no se habría marchado. No lo sé. Me acuesto
porque siento frío. Me cubro bien. Ya no se escucha nada, salvo los ronquidos
de la abuela y Miguel que ha regresado. Está del otro lado de la puerta. He
vuelto por ti, me dice. Ábreme, María. Soy Miguel, María. Soy Miguel, María.
Soy...
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