Ir al contenido principal

Vicky León H. - Soledad

 

 

        Al levantarse de su lecho, sintió que la cabeza le pesaba más que de costumbre. Últimamente, eran pocas las horas que dormía. Encendió la luz. Contempló su miseria: harapos esparcidos, periódicos viejos, vajilla desportillada. Todo un entrevero.

 "Si él estuviera aquí..." Pensó. Una suave lluvia se deslizaba por la ventana, casi en silencio. Estaba a punto de amanecer. Cerró los ojos. ¡Luis! Pensó con impotencia. Y Luis vino.

 -Por qué tardaste tanto? Te he esperado ansiosa.

-Perdóname, María...

-Calla. No digas nada. Es mejor así. Te esperaba y estás aquí. Lo demás no importa.

-Todo está igual que antes -Dijo él, mirando a su alrededor.

-Sí. Aunque no lo queramos, así es. María rompió a llorar:

-Nuestro hijo -balbuceó-. Ya se lo llevaron, Luis. Se acordó de ti. Si hubieras estado a su lado...

-No pude venir, María.

-Ya lo sé. No digas nada.  Es mejor estarse así, un poco indiferentes.

 

        No había más qué decir. Él la tomó de las manos; por lástima o por costumbre. Ella bajó la cabeza. Se sintió culpable. Tuvo, sin embargo, ganas de gritar, de decir que con ella no hubo justicia. Pero se limitó a llorar en silencio. Quizá, en el fondo, era culpable; pensó.

- Era el destino- Dijo él, como si hubiera oído su pensamiento.

- El destino, Luis, no puede decidir mi felicidad o mi desdicha.

 

-Sí, puede. Ya viste lo que hizo. Nada tuvimos que ver tú y yo en eso.

-Pero tú, Luis, tú estás conmigo, ahora...

- Calla. Tal vez ni siquiera esté aquí. Tal vez ya me haya ido y sólo me estés viendo en el recuerdo.

- No. Yo te conozco Luis. Conozco tu voz, tu sombra y tus pasos.

 

En ese momento tocaron la puerta.

- No abras.

María observó desde la ventana. Nadie había del otro lado de los cristales.

- No es nadie- Dijo.

- Entonces es la muerte. La muerte se parece a nadie. Abre.

- Se hará lo que ordenes- Dijo ella y abrió la puerta.

Efectivamente, nadie había afuera. Cerró, pero volvieron a llamar. Esta vez, con insistencia.

-No abriré, tengo miedo- Dijo ella y se aferró a él. (Nunca la muerte llama una sola vez). -Pensó.

-Es imposible- Dijo él -Han venido a llevarme. Adiós María-.

- ¡¡Nooooo!!- Gritó ella, despavorida. Se abalanzó sobre Luis, que se le escurrió de las manos y se desvaneció. La puerta se abrió sola. Allí estaba, recortada contra la noche, que ya aclaraba y dejaba transparentar una leve luz de alba.

-Muerte, no me lo quites- Dijo ella - ¡Es lo único que tengo!... Pero la muerte ya había partido con Luis.

-No me pueden pasar dos desgracias juntas- Dijo. Y, decidida, corrió tras de la muerte.

        El horizonte era extenso. La muerte, a grandes pasos, se alejaba con Luis. María siguió corriendo y, de pronto, se vio sola en medio de la niebla. Nada más que niebla había allí.

 -Muerte, llévame a mí también...- Se quedó balbuceando mientras su vista se perdía en el vacío.

 

        Había amanecido. Por los cristales de la ventana, sin lluvia ya, se podía ver la calle. A esa hora, María debía vestirse, comprar pan para el desayuno y salir a su trabajo. Se encaminó a la puerta. Antes de salir a la calle, pensó, una vez más, en Luis. "Si estuviera aquí…" Y se acarició el vientre.

******************************


Comentarios