Al levantarse de su lecho, sintió que la cabeza le pesaba más
que de costumbre. Últimamente, eran pocas las horas que dormía. Encendió la
luz. Contempló su miseria: harapos esparcidos, periódicos viejos, vajilla
desportillada. Todo un entrevero.
-Perdóname, María...
-Calla. No digas nada. Es mejor así. Te esperaba y estás aquí.
Lo demás no importa.
-Todo está igual que antes -Dijo él, mirando a su alrededor.
-Sí. Aunque no lo queramos, así es. María rompió a llorar:
-Nuestro hijo -balbuceó-. Ya se lo llevaron, Luis. Se acordó
de ti. Si hubieras estado a su lado...
-No pude venir, María.
-Ya lo sé. No digas nada.
Es mejor estarse así, un poco indiferentes.
No había más qué decir. Él la tomó de las manos; por lástima o
por costumbre. Ella bajó la cabeza. Se sintió culpable. Tuvo, sin embargo,
ganas de gritar, de decir que con ella no hubo justicia. Pero se limitó a
llorar en silencio. Quizá, en el fondo, era culpable; pensó.
- Era el destino- Dijo él, como si hubiera oído su
pensamiento.
- El destino, Luis, no puede decidir mi felicidad o mi
desdicha.
-Sí, puede. Ya viste lo que hizo. Nada tuvimos que ver tú y yo
en eso.
-Pero tú, Luis, tú estás conmigo, ahora...
- Calla. Tal vez ni siquiera esté aquí. Tal vez ya me haya ido
y sólo me estés viendo en el recuerdo.
- No. Yo te conozco Luis. Conozco tu voz, tu sombra y tus
pasos.
En ese momento tocaron la puerta.
- No abras.
María observó desde la ventana. Nadie había del otro lado de
los cristales.
- No es nadie- Dijo.
- Entonces es la muerte. La muerte se parece a nadie. Abre.
- Se hará lo que ordenes- Dijo ella y abrió la puerta.
Efectivamente, nadie había afuera. Cerró, pero volvieron a
llamar. Esta vez, con insistencia.
-No abriré, tengo miedo- Dijo ella y se aferró a él. (Nunca la
muerte llama una sola vez). -Pensó.
-Es imposible- Dijo él -Han venido a llevarme. Adiós María-.
- ¡¡Nooooo!!- Gritó ella, despavorida. Se abalanzó sobre Luis,
que se le escurrió de las manos y se desvaneció. La puerta se abrió sola. Allí
estaba, recortada contra la noche, que ya aclaraba y dejaba transparentar una
leve luz de alba.
-Muerte, no me lo quites- Dijo ella - ¡Es lo único que
tengo!... Pero la muerte ya había partido con Luis.
-No me pueden pasar dos desgracias juntas- Dijo. Y, decidida,
corrió tras de la muerte.
El horizonte era extenso. La muerte, a grandes pasos, se
alejaba con Luis. María siguió corriendo y, de pronto, se vio sola en medio de
la niebla. Nada más que niebla había allí.
-Muerte, llévame a mí
también...- Se quedó balbuceando mientras su vista se perdía en el vacío.
Había amanecido. Por los cristales de la ventana, sin lluvia
ya, se podía ver la calle. A esa hora, María debía vestirse, comprar pan para el
desayuno y salir a su trabajo. Se encaminó a la puerta. Antes de salir a la
calle, pensó, una vez más, en Luis. "Si estuviera aquí…" Y se
acarició el vientre.
******************************
Comentarios
Publicar un comentario