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Viviana Limpias - Oficios

 

Cuando al guitarrista José Galindo le salió su sexto dedo, la gente, siempre novelera, comentó maliciosamente el suceso: "Ahora no le faltarán pretextos para estar en todas las serenatas". Su mujer lo defendía: "Todos sufrimos cambios en esta vida. A unos se les caen los dientes, otros se quedan calvos y a los demás nos salen arrugas; pues bien, a mi pobre José se le dio por tener otro dedo. ¿Y qué?".

 

José Galindo, además de guitarrista, era agricultor, de manera que ese extraño dedo que le nació al costado del meñique no le causó gran sorpresa: Lo atribuyó a las lluvias. Se miró la mano y dijo: “Me está brotando otro dedo”. "De pronto fue algo que comiste", le contestó su hijo Pepín, de cinco años, con infantil sabiduría.

 

A las dos semanas, el sexto dedo de José perdió interés para la gente. Nadie más habló del asunto, salvo su esposa. Abnegada hasta el sacrificio, creyó que había llegado el momento de salir de pobres. Le dijo a su marido: "Deberías sacarle provecho a tu dedo".

 

Y José Galindo mandó a que le hicieran una guitarra de siete cuerdas; una guitarra que sólo él podía tocar. Se hizo, con el correr de los años, el guitarrista más famoso del Beni.

 

 

* * *

 

 

Pedro, el alfarero, cuya nariz, picuda y larga, lo había condenado a la soledad, vivía de fabricar santos, oficio que heredó de su padre. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, la gente fue haciéndose más y más incrédula. Ya nadie creía en santos.

 

Pedro, que era un creyente sincero, levantaba los ojos al cielo en demanda de un milagro.

 

Y ese milagro llegó un Viernes Santo, en plena procesión. Pedro empezó a sangrar por las palmas de las manos. Tenía, -eso dijo después el cura-, los estigmas de la crucifixión. La gente recogió su sangre en botellitas. Terminada la procesión, se le cerraron las heridas y Pedro volvió a su monótono y triste oficio de santero.

 

Un día, cansado de hacer santos, resolvió fabricarse un par de alas para ver, por sí mismo, cómo los pájaros miraban el mundo. Su primer vuelo fue un éxito. Después de un despegue perfecto, tomó altura, pasó sobre el campanario de la iglesia y empezó a planear. Vio entonces el mundo como siempre se lo había imaginado: Apetitosos y destellantes frutos y ríos que serpenteaban como lombrices.

 

Al descender, como había dos vacas en el campo de aterrizaje, se posó en un naranjo. Silbó como un Tiluchi y se comió, mejor dicho, picoteó media naranja. Desde entonces, dejó de fabricar santos. Dejó el taller y se instaló en la copa del naranjo. Se alimentaba exclusivamente de frutos silvestres y lombrices. Y allí hubiera estado Pedro sin causarle daño a nadie, pero un buen día, o mejor dicho un mal día, un peladingo, que andaba cazando pájaros, lo bajó de un bolazo.

 

 

* * *

 

 

Noé, el carpintero, sufrió mil desventuras por el nombre que le pusieron en la pila del bautismo. Oiga -le decían los pelados- ¿é o no é? Y se escapaban. Su mujer lo consolaba diciéndole que ese nombre le había sido puesto por un misterioso designio de Dios.

 

Un domingo, después de haber asistido a misa, Noé se encerró en su taller y no salió más. Sólo se oía el ruido de su serrucho y los golpes de su martillo. Eso sí, cuando a la mujer le bajaba la menstruación, recordaba sangrientamente la existencia de su marido. Cesaban los flujos y su memoria se detenía. El día en que Noé salió, finalmente, de su taller tenía una barba que le colgaba hasta el ombligo.                                                      

 

- Hace seis meses que tengo servido el desayuno -le dijo su mujer por todo reproche.

- No tengo hambre. -Le contestó Noé.

- ¿Qué estabas haciendo?

 

Noé abrió las puertas del taller y le mostró una embarcación.

 

- Se va inundar el mundo. -Pronosticó.

 

Y empezó a llover. Llovía y llovía. Los ríos bajaban de crecida. La gente se refugió en los techos y en las tierras más altas. El día en que la embarcación de Noé apareció navegando majestuosamente por la calle principal, la convicción de que había llegado otro diluvio se hizo irrevocable. ¡Noé! Le gritaban. Pero Noé sólo aceptaba animales:  Dos de cada especie. Un peladingo, que se había refugiado en la copa de un árbol, comentó: "era Noé". Y lo vio alejarse, aguas abajo del Mamoré, entre el río y el cielo.

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Viviana Limpias, 1963, cultiva poesía, teatro y cuento. Es, además, periodista y estudió Ciencias de la Comunicación.


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