¿Desde qué lejanos tiempos los tajibos están ahí,
cuajados de flor, alumbrando la selva? Sin los ojos de la ilusión, los tajibos
no serían diferentes de los otros árboles. Pues, cuando son carmesí, trasladan
al cielo, para que los santos miren, la sangre de una doncella que murió bajo
sus ramas, violada y asesinada por un carabinero. Si son dorados, advierten que
el oro de los ricos regresará un día a las playas de donde fue sacado por las
manos de la codicia, para chispear de nuevo con el sol. Tajibos hay de todos
los colores, según el color que los macheteros van soñando al abrir la senda.
Lila, como los bonetes de los obispos, para que Dios nos libre de ellos.
También hay, dijo el Bandido, tajibos negros: son las suegras que se mueren de
pasmo cuando se enteran del rapto de sus hijas. Esos tajibos solo pueden ser
vistos por quienes cometieron tal daño. Él vio uno cuando se fugó con la Botón.
Y dejó de verlo cuando la Botón se fugó, más tarde, con su dentista.
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Fragmento de la novela "El otro gallo" de Jorge Suárez.Obra Reunida /Jorge Suárez Suárez - Biblioteca del Bicentenario de Bolivia

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