Edadismo,
dignidad y el derecho a seguir formando parte del presente
Del estigma de
la arruga al culto a lo antiguo: la paradoja de una sociedad que restaura objetos,
pero intenta invisibilizar a las personas.
Hay palabras
que, con el paso del tiempo, dejan de pronunciarse con naturalidad porque la
sociedad comienza a asociarlas con aquello que considera incómodo. “Viejo” es
una de ellas.
Conviene hacer
una precisión necesaria: la palabra “viejo”, por sí misma, no constituye un
delito, no es necesariamente un insulto, ni tiene que ser peyorativa. Su
significado depende del contexto, de la intención y de la forma en que se
emplea. La propia lengua ha utilizado históricamente “viejo” para referirse a
aquello que tiene muchos años: se habla de objetos viejos, edificios viejos,
costumbres viejas, árboles viejos, canciones viejas y libros viejos.
Sin embargo,
cuando se trata de personas, la sociedad ha procurado sustituirla por
expresiones consideradas más neutras: “adulto mayor”, “persona mayor”, “tercera
edad” o “persona de edad avanzada”. Un estudio de la Universidad Complutense de
Madrid explica cómo se han utilizado distintas denominaciones para evitar las
connotaciones socialmente atribuidas a palabras como “viejo” o “anciano”. En la
América hispanohablante también se consolidó el uso de “adulto mayor” para
evitar posibles sesgos peyorativos. La intención parece comprensible: no herir,
no humillar, no estigmatizar.
Pero surge una
paradoja brutal: se maquilla la palabra, pero no siempre cambia la mirada.
Cambiar un término modifica el lenguaje, pero no necesariamente erradica el
prejuicio.
La Organización
Mundial de la Salud (OMS) define el edadismo como los estereotipos, prejuicios
y discriminaciones dirigidos hacia otras personas —o hacia uno mismo— por razón
de la edad. Advierte, además, que el fenómeno está fuertemente enquistado en las
instituciones, en las relaciones sociales y en la forma en que las personas
perciben su propio proceso de envejecimiento. Por ello, el problema no reside
exclusivamente en decir “viejo” en lugar de “persona mayor”. El verdadero
peligro aparece cuando la edad se convierte en un argumento para disminuir el
valor ontológico de un ser humano. Se le llame “senior”, “adulto mayor” o
“persona de la tercera edad”, si se le considera incapaz simplemente por
acumular años, la discriminación permanece intacta.
Existe, además,
una reflexión que suele quedar fuera de los discursos políticamente correctos: envejecer
es un privilegio. No todas las personas llegan a edades avanzadas. La
muerte prematura, las enfermedades, los accidentes, las guerras y la pobreza
interrumpen millones de vidas antes de alcanzar la vejez. Por ello, la
longevidad no debería ser presentada como una desgracia, sino como la
consecuencia directa de haber sobrevivido. Cuando esa longevidad se acompaña de
autonomía, derechos, salud, afectos y participación social, constituye una
auténtica conquista humana.
La Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha señalado que envejecer con
dignidad es un derecho humano y que la vejez debe comprenderse como una etapa
natural, mientras que el envejecimiento forma parte inalienable de la condición
humana. Las Naciones Unidas, por su parte, reconocen entre los principios para
las personas de edad el derecho a vivir con dignidad y seguridad, libres de
explotación y malos tratos, y a ser valoradas independientemente de su
contribución económica. Envejecer no debería obligar a nadie a pedir disculpas.
“Envejecer con
dignidad” se ha convertido en un lema recurrente. La CIDH, la OMS y la OPS
plantean crear comunidades que permitan a las personas mayores envejecer con
autonomía. Pero existe otra lectura más íntima y punzante: en una época
obsesionada con la juventud, el rostro envejecido parece necesitar una
justificación permanente. Se habla de “líneas de expresión” en lugar de
arrugas, de “madurez” en lugar de vejez, de “rejuvenecimiento” y de
tratamientos estéticos destinados a borrar las señales del tiempo. No hay nada
reprochable en las intervenciones estéticas en el marco de la libertad
personal; el problema aparece cuando la sociedad transmite la idea de que
envejecer visiblemente es un acto indigno que debe ocultarse.
Aquí la
contradicción se vuelve flagrante. Se pide envejecer “con dignidad”, pero se
construye una cultura que considera indignas las marcas del tiempo. Todo exige
un maquillaje lingüístico. Sin embargo, cuando se trata de objetos, la vejez
cambia de categoría y de estatus:
Una prenda
antigua se convierte en vintage.
Un mueble
antiguo es una pieza con carácter.
Una fotografía
antigua adquiere valor documental y una botella antigua es objeto de colección.
Los libros
antiguos continúan encontrando su espacio en las “librerías de viejo”, “de
lance” o “anticuarias”, términos documentados para establecimientos de
volúmenes raros intonsos y usados.
Incluso la
FundéuRAE analiza la incorporación del término vintage sugiriendo
alternativas como “clásico”, “retro” o “de época”.
Existe una
hermosa resistencia cultural: nadie parece avergonzarse del olor de un libro
viejo; sus páginas amarillentas despiertan nostalgia, curaduría y afecto. Se
romantiza lo antiguo, se restaura, se colecciona y se protege. ¿Por qué,
entonces, una persona tendría que esconder aquello que demuestra, precisamente,
que ha triunfado sobre el tiempo?
Una sociedad
jurídicamente avanzada no puede confundir edad con incapacidad. En España, la
Ley 15/2022, de igualdad de trato y no discriminación, incorpora la edad entre
las circunstancias protegidas frente a la discriminación en diversos ámbitos
sociales. Asimismo, el artículo 50 de la Constitución Española establece que
los poderes públicos deben promover el bienestar de las personas mayores
mediante servicios sociales que atiendan sus problemas específicos de salud,
vivienda, cultura y ocio. No es una cuestión sentimental: es una dimensión
jurídica estricta.
Las personas
mayores no pierden su ciudadanía al cumplir determinada edad. No pierden el
derecho a participar, a trabajar cuando legalmente pueden hacerlo, a crear, a
opinar, a equivocarse, ni la sensibilidad para amar y ser amadas. Tampoco
pierden el derecho indiscutible a ser escuchadas. Las Naciones Unidas insisten
en la necesidad de aprovechar su potencial y modificar las políticas públicas
para permitir su integración plena.
La experiencia
acumulada durante décadas no se sustituye con algoritmos ni información
digital. Una persona mayor ha conocido diversos sistemas educativos, modelos
laborales, crisis y transformaciones tecnológicas; ha visto nacer y morir
profesiones. Esto no significa que una persona mayor tenga razón por el solo
hecho de serlo —sería absurdo sustituir un prejuicio por otro—, pero sí la
convierte en una fuente insustituible de conocimiento. La OMS señala que las
intervenciones intergeneracionales reducen radicalmente los estereotipos. La
respuesta jamás debe ser enfrentar juventud contra vejez, sino conectar
generaciones.
La música
proporciona ejemplos contundentes de que el tiempo no cancela el talento. El blues,
el jazz, el rhythm and blues, el soul, el country,
el funk, el rock y el pop fueron construidos por
generaciones que transformaron la cultura universal. Artistas como Willie
Nelson —con una carrera de seis décadas y más de 200 álbumes documentados por
la Biblioteca del Congreso de EE. UU.— o el legendario productor Quincy Jones demostraron
que la creación no caduca.
Ahí aflora otra
gran grieta del edadismo: los jóvenes de hoy escuchan música creada por los
jóvenes de ayer, visten modas concebidas por generaciones anteriores, habitan
ciudades erigidas por sus antecesores y utilizan tecnologías desarrolladas por
ingenieros que hoy son ancianos. El presente está impregnado del trabajo de
quienes fueron jóvenes antes. Mientras viven, no son historia pasada.
Existe la
costumbre de hablar en pasado de quien alcanza una edad avanzada: “fue un
gran profesor”, “fue un gran artista”. La historia no comienza
cuando alguien muere. Mientras una persona vive, continúa formando parte activa
de su comunidad, puede seguir aprendiendo, enseñando o iniciando proyectos
absolutamente nuevos.
Defender la
dignidad de las personas mayores tampoco significa idealizarlas. Una persona
mayor puede cometer un delito, así como también puede ser víctima de él; la
edad no determina la inocencia ni la culpabilidad en un Estado de Derecho, el
cual debe juzgar hechos y pruebas, no estereotipos. Pero existe una dimensión
de extrema gravedad: las violaciones de derechos humanos mediante el maltrato
físico, psicológico, económico, el abandono y la negligencia que la OMS
denuncia activamente.
La lucha contra
el edadismo no es una campaña de compasión, ni pretende fingir que envejecer no
conlleva achaques, pérdidas, soledad o dependencia. Negar la fragilidad sería
otra forma de falsedad. La dignidad no consiste en disimular el paso del
tiempo, sino en no convertir sus dificultades en una causa de exclusión. Una
persona mayor tiene derecho incluso a descansar y no producir, pues los
Principios de las Naciones Unidas establecen que el valor humano no depende de
la productividad económica.
Quizá sea
momento de recuperar sin complejos la palabra “viejo”. No para segregar, sino
para entender que viejo significa, simplemente, haber tenido la fortuna de
vivir muchos años. Llegar a viejo no es una vergüenza; es una victoria que
millones no alcanzan.
Los jóvenes del
ayer no son piezas de museo, ni fotografías amarillentas, ni libros olvidados
en una estantería. Mientras respiran, pertenecen al presente: utilizan
tecnología, Inteligencia Artificial y no dejan de aprender. Quizá esa sea la
respuesta definitiva frente al edadismo: Los jóvenes del ayer no son viejos.
Son la generación que el tiempo no consiguió borrar.
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Ivette Durán Calderón es jurista, investigadora activista sociocultural autora en diferentes géneros literarios y conferencista.
Ivette Durán Calderón
www.ivettedurancalderon.com

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