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Rossemarie Caballero - "La casa"

 A manera de prólogo al libro “Un collar para Beatrice” de Rossemarie Caballero a cargo de Centa Reck López

Un collar para Beatrice

(El principio y el final es la marca de nuestro destino)

 

Emerge la casa y se va edificando con ladrillos de palabras que la arman al mismo tiempo que la desarman, en un juego de palabras que construyen y deconstruyen en planos temporales superpuestos.

La casa es ella, Beatrice, otros, yo, nosotros, ustedes. Es el barrio perdido, el denominativo que pretende caber en el significante minero; la lengua que desaparecerá para dar lugar a otros lugares y cuerpos que intenten seguir definiendo su lugar en el espacio-tiempo de la existencia.

La casa tiene un monstruo bípedo en el patio, es atemporal y puede sobreponerse en planos distintos para que navegue en ella una nena de abrigo rojo que tal vez sea Beatrice, la hija o la nieta; no importa quién, igual seguirá allí la casa, seguirá aunque la demuelan o aunque la transformen o transfiguren en otros planos de los ladrillos del lenguaje y de la realidad perdida en el tiempo inexorable y sin embargo inmutable.

La niña cae como una hoja, tal como nos deslizamos todos del árbol frágil de la vida.

Finalmente estamos desamparados, caemos de un árbol seco como hojas que ya se han ido antes del suceso enmarcado en el fatídico final de nuestra existencia.  

Quisiera creer que todos nos iremos como esa pequeña niña de abrigo rojo, no importa la edad cronológica, el final nos devuelve a la infancia: necesidad, carencia, una hoja que se desprende frágil e insegura de la rama de un árbol seco.

Centa Reck López

 

La casa©

Rossemarie Caballero


Es una casita rústica. Luces apagadas, rejas negras en la verja. Un bicho se retuerce en el patio. Luces apagadas, destellos y rejas negras sobre la calle que antes formaba parte del patio de la casa. Rejas negras donde hubo rejas bordó. Barretas en vez de rejas bordó.

El bicho que se retuerce en el patio es en realidad un monstruo viperino y está de espaldas, en posición de emprender fuga. La calle se abre como una cripta, el vértice de una pared de ladrillos se desmorona. Despiertas.

Una casita rústica, detrás de un bosquecillo de eucaliptos, la casita en mala ubicación, sobre una calle que debe cortarse, junto a un canal de riego, agua cristalina, parece un riachuelo, piedrecillas, agua corriente, agua transparente, piedrecillas, arbustos, eucaliptos. Una mujer lava ropa a la orilla del río. Es río no canal, es río con eucaliptos a su vera, y la calle de tierra. Se dice que la alcaldía abrirá esa calle por donde justo se encuentra la casita. Desapareces.

Casa premonitoria. Sobre un río turbio. Dicen que el río enfurecerá y vendrán las aguas y la casa será derribada y arrastrada. Casa de papá, junto a otra casa. Casita que está frente a una calle nublada. Casita con escaleras que bajan y suben. Para quien entra bajan, para quien sale suben. Al fondo, misterio.

Dicen que vendrá la topadora a llevarse tres tercios de la casa. Quedará una lengua sobre la calle, y no hay seguridad de que quede libre esa lengua, podrían adjudicársela a la vecina. La lengua aparece horizontal, después vertical, se acomoda cual baldosas, como cajitas que se ponen delante o detrás o al lado de otras descartables, por tanto no es importante. Es solo una casita que dejará de ser.

Calle abajo hay otro terreno. Allá se construirá la nueva casa porque la de arriba será una lengua; se hace o se piensa hacer una verdadera casa, se la arma con la mente, el pensamiento diseña la casa para remplazar la lengua. Finalmente, la casa se sitúa, sí, ella camina y se sitúa en un barrio minero, dicen que es minero, se asienta ahí, pero parece otro barrio, pero está la casa de ladrillo rústico, rejitas, patio estrecho, apenas un metro de distancia entre la vereda y la verja (si se puede llamar verja a unos fierros de construcción altos cruzados artesanalmente) y otro metro entre las rejas y la pared. Acá viviremos. Que vengan todos.

Ingresas de la mano de una nena de abriguito rojo. Es tu hija, o quizá tu nieta. Pero casi inmediatamente sales. Necesitas hacer una diligencia. Subes por un puente peatonal a la avenida, la casita queda debajo del puente; divisas que la nena de abriguito rojo se filtra entre los fierros de la verja sin abrir la puerta. La miras angustiada para detenerla con los ojos, tiene apenas dos años y medio: “Por favor no salgas, no bajes de la acera, no cruces la calle” … Una hoja se ha desprendido del único árbol de la vereda, un único árbol con apenas una hoja; mientras intentas frenar a la nena con la mirada, la hoja cae pero las ramas están secas, ¿cómo tuvo hojas ese árbol? Es hoja del viento y va cayendo. La nena, nadie la protege, la puerta no pudo impedir su paso, desciende del pretil de la acera. Detienes tu mirada y tu aliento.

 

Tu grito no sale, podría distraerla. Dejas que el silencio se apodere del instante en que ella cruza la calle un segundo antes del automóvil que raudo sella su paso. La hoja cae al asfalto. La nena. La casa. El barrio, que ya no es barrio de mineros, sino un barrio cercano a un hospital, con avenidas y distribuidores y colectoras y autopistas…  Vos arriba del puente sujetándote de la baranda, la nena debajo, sola, y su abriguito rojo.

Del libro Un Collar para Beatrice (2020). Editorial Kipus. Cochabamba: Bolivia

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