Era en tardes como esta, en que el viento forma remolinos de hojas, cuando Tío, traje azul, corbata de lazo y cincuenta años menos en la memoria, salía a caminar por una ciudad que ya no reconocía, en sus pasos de viejo, taconeando nerviosos rumbo a una serenata, a ese joven que volvía a ser lo que fue cada vez que el Sur [1] soplaba y le entreveraba los recuerdos. Volcaba el Sur, y en ese desbarajuste de hojas que anticipaban un cambio total del clima, Tío se transformaba. Es la arena, decíamos nosotros. La arena que se levantaba de las calles y le obligaba a restregarse los ojos. Es la arena y ese aroma dulzón que llegaba del ingenio San Aurelio y se mezclaba con el aroma de las hormas de azúcar del Tambo Serebó [2] . Tío, pisando losetas, iba en su imaginación por enladrillados que solo él miraba. Cruzaba las calles y sus oídos, atentos a otras resonancias, no escuchaban el reguero de improperios que iba dejando a su paso: ¡Viejo boludo! Mirá por donde caminás! Y Tío, envuelto ...
Blog para la difusión de la literatura boliviana e hispanoamericana.