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Mostrando entradas de abril, 2026

Darwin Pinto Cascán - La redención de Fernando Fuentes

Fernando Fuentes desmontó de su caballo con el fantasma del odio contra sí mismo atorado en su garganta; un odio supurante y descarado que, convertido en fiera esta mañana, le hundía los dientes en el centro mismo de esa herida abierta que tenía por corazón. Miró a ambos lados de la calle y sólo pudo ver la tierra más roja que de costumbre y las columnas de humo que se levantaban como grandes gusanos azules que reptaban rumbo al cielo para invadirlo. Qué distinto era todo esto al color festivo y al aroma de la vida que abundaba allá, en las plantaciones de banano de donde había salido hacía ya algunos años. Fuentes entró a la cantina desierta y sucia con la pistola en la mano y dejó oír esos pasos de plomo de aquel que ya no desea nada de la vida. En medio del desorden de lo que debió ser una fuga apresurada, Fuentes encontró una botella de lo que tal vez era tequila en una repisa que seguro tuvo tiempos mejores. La descorchó con sus dientes amarillos de viejo animal carnívoro, la disf...

H.C.F. Mansilla - Pablo Neruda visto por Verónica Ormachea

La última creación de la novelista y periodista Verónica Ormachea Gutiérrez es una biografía de Pablo Neruda a medio camino entre la ficción propiamente dicha y la reconstrucción documentada de una vida extraordinariamente interesante. Verónica dijo una vez que la literatura es “pura satisfacción”, pero esta expresión, entre lúdica e irónica, oculta la inmensa labor de investigación y acopio de datos que la autora ha realizado para escribir el libro que hoy se presenta. En sus novelas anteriores, Los ingenuos y Los infames, Ormachea abordó temáticas distorsionadas o acalladas por la opinión pública mayoritaria del país, lo que muestra su espíritu crítico e independiente, reacio a incorporarse a las modas intelectuales de los últimos tiempos, las cuales han estado determinadas por una vigorosa mixtura de socialismo y provincianismo. La novela Los ingenuos, por ejemplo, otorga voz y legitimidad a las víctimas de la llamada Revolución Nacional de 1952, la cual no fue tan benéfica y tan pr...

Andrés Canedo - La Catedral

De las catedrales que he visto en el escaso mundo que conozco, siento que la más bella (junto a la Sagrada Familia, de Barcelona) es la de Colonia, en Alemania. Bajé del tren que me había llevado desde Berlín, ciudad en la que viví dos meses, y al salir de la estación me encontré con esa vista que maravillaba todos los sentidos, pues, esa belleza, no sólo me penetró por los ojos, sino que el olfato, el tacto, el oído y el gusto, se me alborotaron ante esa visión, manifestándose este último, talvez, en el enorme trago de saliva que esa contemplación me produjo en el momento en que me disponía a cruzar la calle. No logró sacarme del arrobamiento la reprimenda que me dio el policía que se encontraba en las proximidades, pues yo intenté atravesar desde donde estaba, ya que como buen sudamericano despistado y al que le costaba aprender las normas, sabía que no podía atravesar fuera de los pasos peatonales. Pero, respetando las indicaciones del agente, crucé por donde debía y me ubiqué a la ...

Andrés Canedo - Nosotros, en el umbral de la noche

  En el umbral de la noche, aunque todavía se colaban unos arreboles del sol muriendo por la vitrina del café, se sentó en la barra a mi lado, porque no había mesas disponibles, y yo, que tenía una larga praxis de no sentir, al menos ese tipo de cosas, de pronto sentí y me resquebrajé. No porque fuera la mujer más bella del planeta, no porque fuera un ángel que viene a cegarnos con su luz; sino porque había algo muy diferente en ella, algo que parecía llenar todos los huecos de mi vida que yo conocía, pero que soterraba en los misterios del inconsciente, entre otras cosas, para no tener que sentir. Y aunque carecía absolutamente de técnicas de seducción, las palabras me brotaron sin licencia y me oí diciéndole que era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Ella, sin alborotarse, me miró con sus relucientes ojos de almendra y me preguntó mientras esbozaba una sonrisa: ¿Quién eres? Yo sabía, pero a la vez no sabía quién era. Con la velocidad inaudita de los pensamie...

Andrés Canedo - Encuentro

Debe haber sido a las siete y media de la tarde (noche) cuando sonó el teléfono y la voz me dijo: “Soy Elena Petriowska, y le traigo un regalo de su amigo Juan, de Berlín. Pasaré la noche aquí y me gustaría poder entregárselo. Estoy en el aeropuerto, de manera que espero en una hora estar allí. Mejor si nos encontramos en un café al que sea fácil de llegar. Yo de allí seguiré a algún hotel, y mañana temprano, retornaré a Europa”. Dos imágenes se me atravesaron de inmediato: la de Juan a quien no veía hace años, y la percepción, desde la musicalidad de su voz, de un esbozo de lo que imaginaba el rostro de Elena Petriowska. Algo de Polonia debe haber en ella, me dije, e inmediatamente respondí que la esperaría en el café Sir Francis, y le envié el mapa. Le dije, además, claro, el color de mi camisa para que pudiera identificarme. Ella indicó que era una mujer rubia, de ojos azules y cercana a los treinta años. Así, media hora después, estuve en una de las mesas en la vereda del café, más...

Andrés Canedo - El problema

El problema por la Juana, había logrado desalinear los astros. Pedro, sobrador, aunque también un poco paternal, le dio una cachetada y Esteban, ni corto ni perezoso le clavó el puñal que llevaba en la cintura y lo mató. Habían sido los mejores amigos, inseparables, como hermanos, como bibosi y motacú. Esteban, ya mientras Pedro caía en el pozo infinito de la muerte, se dio cuenta de la magnitud de su acto y empezó a huir. La policía lo persiguió de mala gana y eso le permitió arrimarse y refugiarse entre ladrones y todo tipo de bandidos. Siempre había sido honesto, un poco matón, pero honesto. Ahora era un criminal. La Juana, esa perra había sido amada por ambos y se había acostado con los dos. Pero a él, a Esteban, en ese no muy largo deambular mientras escapaba, no se le escapaba la imagen de su amigo muerto, no se le escapaba el arrepentimiento que se le pegó como un cadillo, como una pega-pega en el alma. Y desde allí, desde ese sitio ignoto y terrible, le fue chupando toda la ant...

Andrés Canedo - Reflejos

El hombre se miró al espejo, y aunque se reconoció, algo muy profundo le dijo que no era él. Se alarmó, se fatigó, intentó razonar. Talvez la suma de los años, de los dolores, de algunas alegrías, habían configurado ese rostro que le devolvía el reflejo, algo desconocido, desde el fondo de vidrio y plata. Se alejó, todavía temeroso, para no contaminarse de inquietud. Pero la zozobra lo persiguió a través de los días: él era otro. Claudicando su voluntad, volvió a mirarse y lo que vio, le fue apenas reconocible. Objetivamente, él estaba dejando de ser él. Azorado, pensó entonces en la subjetividad, en las trampas que sus sentimientos y pensamientos podían tenderle. Pero ya el terror empezó a perseguirlo. Y los hechos y las cosas cotidianas comenzaron a cambiar. Los cigarrillos que había fumado durante 50 años, ya no eran los mismos; otra marca, otro diseño se insinuaba en la caja. El pan cambió de sabor, la ropa le quedaba chica o grande, la imagen de las mujeres que había amado se le d...

Andrés Canedo - Regreso y partida

Pedro regresó de la Guerra del Chaco, pleno de rencor, con la ira anidando en su alma. Allí había aprendido del miedo y del coraje; de la sed, profunda, atenazante; del hambre perenne; había aprendido del horror de las trincheras, del terror de los ataques; del sol cruel que lo quemaba impiadoso durante todas las horas del día; de las alimañas mortales, tanto o más que las balas enemigas… Había aprendido la gama completa de las injusticias, cuando muchos de sus compañeros quechuas, aymaras y guaraníes, no entendían por qué patria los habían traído a luchar y morir; había aprendido de la solidaridad que se da entre los más desamparados. Había aprendido también a aceptar la posibilidad de la muerte, y había aprendido a matar sin vacilar. Tenía 24 años, y aquello era casi toda su cultura. Era blanco, se podría decir que hasta era lindo, privilegiado en principio, pero era pobre y eso lo nivelaba en el fondo del pozo de los soldados rasos. Se había criado, los primeros años de su vida, en ...