Fernando Fuentes desmontó de su caballo con el fantasma del odio contra sí mismo atorado en su garganta; un odio supurante y descarado que, convertido en fiera esta mañana, le hundía los dientes en el centro mismo de esa herida abierta que tenía por corazón. Miró a ambos lados de la calle y sólo pudo ver la tierra más roja que de costumbre y las columnas de humo que se levantaban como grandes gusanos azules que reptaban rumbo al cielo para invadirlo. Qué distinto era todo esto al color festivo y al aroma de la vida que abundaba allá, en las plantaciones de banano de donde había salido hacía ya algunos años. Fuentes entró a la cantina desierta y sucia con la pistola en la mano y dejó oír esos pasos de plomo de aquel que ya no desea nada de la vida. En medio del desorden de lo que debió ser una fuga apresurada, Fuentes encontró una botella de lo que tal vez era tequila en una repisa que seguro tuvo tiempos mejores. La descorchó con sus dientes amarillos de viejo animal carnívoro, la disf...
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