Estamos viviendo en esta casa de campo que me prestaron por tres días. Hemos venido aquí, a hacer el amor, a tener sexo, o mejor diré a seguir teniéndolo, pues con Anita nos conocimos hace dos meses en la ciudad y no hemos dejado de hacerlo casi todos los días (noches), y ahora estamos aquí, no porque los impulsos hayan decaído, sino tal vez porque sospechamos que la naturaleza nos aportaría nuevas sensaciones. El decir que nos conocimos hace dos meses no es muy preciso, debería decir que nos “reconocimos”, o más bien que nos olimos, y supimos, corroborándolo con las miradas, que ambos éramos cazadores, buscadores infatigables de las revelaciones de los cuerpos fundidos en la efímera alegría de esa amalgama, entregándose y tomando, el uno al otro y el uno del otro. En ese sentido, se podría afirmar que somos depredadores. Si bien el arte de cazar es relativamente fácil, el encontrarse con alguien semejante a ti, es verdaderamente un hallazgo y un desafío que no se puede dejar pasar. Por eso, al confirmar con las miradas, con la sensación táctil de las manos al estrecharse, con la tonalidad de la voz, al decir, me llamo Jaime, me llamo Anita, abandonamos a los pocos minutos esa whiskería casi sin habernos dicho nada más, y partimos a mi casa a ratificar nuestras verdades y alternamos, asimismo, algunas jornadas en el hotel de ella. Y, claro, todo fue una verdadera revelación que se fue prolongando con el transcurrir de los días.
Sabemos que
hay seres, hombres y mujeres, realmente intensos en su capacidad de hacer el
amor. Pueden ser de cualquier actividad o profesión. Pero en este oficio
(perdón por llamarlo así, pero no se me ocurre otra palabra, aunque tal vez
podría ser “vocación”), hay otra categoría superior. Y para acceder a ella es
preciso ser individuos cultivados, cultos, con profundo amor por el arte, con
lecturas extensas. Es que, estoy seguro que sólo así, la cópula adquiere
dimensiones más hondas y motiva reflexiones, indagaciones sobre el ser humano,
sobre lo que somos, sobre lo que podríamos ser. Anita y yo, pertenecemos a ese
rango.
La noche fue
intensa, auspiciada por la novedad del ambiente nuevo, por el erotismo que
traspasaba las paredes y puertas de los cuartos y que fue impregnando toda la
casa, como una luz clandestina que de pronto vigoriza todos los instintos,
todas las pulsiones. Entonces, el tomar a Anita, fue como un estreno, sentir en
el dulce ardor de su saliva todos los néctares, percibir, mientras me adentraba
en ella, cada pliegue ardiente de su estuche de carne que se amoldaba como un
guante de goma a mi masculinidad. Y la agitación de su pelvis, el balancín de
sus muslos y piernas, sus pies comprimiéndome las pantorrillas. Además, claro,
sus quejidos anhelantes. También, por supuesto, las distintas colocaciones, con
ella cabalgándome, con ella en posición de cuadrúpedo ofreciéndome sus rosadas
compuertas desde atrás. Nos agotamos, nos vaciamos, quedamos exhaustos.
Jaime,
anoche me tomó mejor que nunca antes. Será la casa nueva, será el campo que nos
rodea, pero nunca había sentido tan intensa su vibración al poseerme, tan
cálida su boca al lamerme los pechos, tan exaltados sus besos, tan caliente su
líquido al invadirme y volcarse en mí. Y luego, cuando me puse encima de él,
sentí que nunca llegó tan lejos, tan hondo, tan ardiente en el centro de mi
vientre. Y en cada polución, él me dijo con una voz casi ahogada, Anita, Anita,
y yo le respondí, Jaime, Jaime. Tengo más ganas de él y esas ganas renovadas se
deben a que me permitió sentirme mujer de verdad. Él me poseía y yo lo
absorbía, esa era la forma en la que yo anhelaba estar el uno con el otro.
─Anoche fue muy especial,
Jaime. Me hiciste sentir mujer, mujer.
─ ¿De qué otra forma
podría serlo? Eres mujer, casi supermujer. Y por supuesto que no me refiero a
las habilidades domésticas, sino a las otras.
─Déjame que te lo
explique. Cuando estoy con otros hombres, generalmente soy la que manda, la
activa, la que marca el rumbo y el ritmo de hacer el sexo. Anoche tú fuiste el
activo y yo me permití ser la pasiva, como creo que debe ser, de acuerdo a los
denostados conceptos pretéritos sobre la feminidad. Tú comandando, yo
recibiendo. Claro que decir pasiva, es siempre un exceso. No hay real
pasividad, la mujer siempre está activa. Aunque a ratos me haya montado encima
de ti, eras tú el que marcaba el camino, la secuencia de las cosas. Anoche, a
diferencia de lo que sucedió en nuestras anteriores oportunidades, me sentí
fémina, femenina, y eso me produjo enorme placer. Me gusta ser mujer.
─Te entiendo. No lo había
pensado así. Tal vez porque nunca me di el tiempo de pensar en ello. Siempre, o
casi siempre, me sentí comandando, pero contigo, claro, es otra la fuerza, tu
fuerza, tu poder. A mí también anoche me pareció extraordinario. En uno de
aquellos relumbrones de consciencia, pensé que podría ser que el impulso de la
naturaleza que nos rodea, de la inesperada novedad, lo que determinaba esa
exacerbación del placer. Pero tal vez, la misma naturaleza es así. En todo
caso, es la imaginación la que nos moviliza y la que nos hace creativos en el
universo gigantesco de la cama. La moral, ya lo sabemos, condena la pasión.
Pero no creo que seamos carentes de moral. Respetamos siempre al que comparte
con nosotros, pero debemos avasallarlo, para su propio deleite, y para el
nuestro, claro. Pero también, como hombre, me encanta que la mujer se exalte
hasta tomar el control.
Hoy en la tarde, Jaime y
yo estuvimos dotados de sabiduría, la sabiduría del control, de la placidez, de
la ternura de la que siempre somos capaces, pero, cuando esa ternura se
comparte surgen manantiales de dicha serena. Me pregunto si no será esto una
aproximación al amor, al lejano amor. Pero había, como en la música, un “tempo”
de Adagio, en el que todo era un fluir erótico colmado de emociones. No había
quien dirigiera las acciones, éramos él y yo en una simultaneidad concertada,
apacible, serena y, por lo tanto, honda.
Anoche, Anita me volvió a
llevar por la ruta de las exaltaciones, de los paroxismos. Fue otra vez una
noche plena de vehemencias, de arrebatos, de intensas acometidas. Me pregunto
de dónde extraemos el vigor, la energía. Pero es el encantamiento de los
cuerpos el que parece generarlo, y bueno, allí está. La tarde de ayer, en
cambio, fue dulce como el lento fluir de un arroyo que transporta con suavidad
las aguas de la ternura. ¿Ternura? Por supuesto que sí. Anita, más allá de su
figura soberbia, me la genera. No es todo, el cuerpo; el alma, también, siempre
está presente, y sabemos que es el alma la que agarra, la que encadena, la que
genera nexos, la que insufla aquello que, en el fondo, todos buscamos y que se
llama amor. ¿Seré capaz de decírselo? No lo sé.
Debo agregar que durante aquellas dos sesiones de pasión, se me vino a
la mente la conciencia del ritmo.
─ ¿Sabes, Anita? Siempre
amé la música de percusión. Durante mi primera juventud solía escuchar un disco
de un conjunto africano, casi todo basado en tambores que, en su crecimiento
sonoro remedaba, al menos para mi imaginación, el coito. A las partes
culminantes de la percusión, se le sumaban desgarramientos vocales que parecían
los que emiten mujeres y hombres en los momentos del éxtasis. Somos hechos de
ritmo, de vibraciones. Los elementos más pequeños de nuestra estructura, vibran
permanentemente. Y así tenemos el tum, ta, de nuestro corazón, el ritmo básico
de la vida. Es por eso que nos entregamos a la cadencia que nos va
transportando hasta la exaltación, y la exaltación, más allá de sí misma, se
transforma en poesía. Ayer, vivimos dos momentos muy distintos, aunque igualmente
bellos, en la tarde y en la noche. Ayer yo sentí que generábamos poesía, una
lírica que la fusión de nuestros cuerpos, con el compás de sus movimientos, se
derramaba sobre nuestros espíritus y los cubría de una belleza inédita. Ayer
sentí, que éramos realmente bellos, que producíamos magia y que ese
encantamiento nos iba guiando hasta la culminación.
─Yo sentí algo parecido,
Jaime. Es cierto que estamos entregados a ardores, a explosiones que iluminan
la noche y que, aparentemente, anulan la confusión. Pero, tú y yo sabemos,
aunque nos cueste confesarlo, que, a pesar de nuestra aparente seguridad,
transitamos entre tinieblas y en profunda soledad. Que nos cuesta reconocer
que, entre todo este desconcierto, en el fondo lo que procuramos es el amor, el
amor de verdad y que nosotros pretendemos suplir con el resplandor y la
exaltación de los cuerpos. Nos frena, claro, el temor de que el amor nos
aprisione, nos coarte experiencias nuevas y, entonces, nos dejamos llevar. No
tenemos el coraje de asumir que el amor verdadero es también la libertad. Pero,
como decía algún filósofo, tenemos miedo a la libertad. Yo he estado con
decenas de hombres. He estado con algunas mujeres también. El olfato a veces
dirige mis acciones, el olor a dulce humedad del sexo, suele ser mi guía. Sin
embargo sé, que a pesar de todo lo gozado, no estoy transitando el camino
correcto, porque a pesar de la satisfacción enorme, pero fugaz, algo reclama mi
alma y pasado el momento de la explosión de placer, algo queda insatisfecho.
Todo esto lo reconozco, me lo digo en secreto a mí misma y ahora te lo digo a
ti. No obstante ello, no sé si podré cambiar. Tal vez, debería ir al
psiquiatra.
─Puede parecer tópico lo
que te digo, pero no vayas al psiquiatra, porque te podría robar el alma. Por supuesto
que no ignoro que hay gente que los necesita y a la que le hacen bien. Pero tu
alma es demasiado grande, demasiado rica y no quisiera que te la diseccionen,
pues tal vez, después, te sería aun más difícil vivir. La realidad es difícil,
dura, y el enfrentarnos a ella nos hace lanzarnos a soñar. Es cierto que algo
nos falta, que ese algo debe ser el amor auténtico. Seguramente ya aparecerá,
se revelará desde la inconciencia como una llamarada de luz y entonces
sabremos. Pero, no permitas que te corten el soñar.
─Nos decimos cosas
importantes, pero sujetados por el miedo, y entonces hablamos con medias
palabras, no nos atrevemos a decirnos lo realmente importante. Somos cobardes,
Jaime, y esa cobardía se paga.
─Lo sé, lo sé. Pero son
palabras que no hemos aprendido y que tenemos temor de pronunciar mal, de que
los circuitos nerviosos requeridos para decirlas nos fallen y demos sonido a
una aberración.
Es el último día aquí.
Hemos sacado nuestros últimos alientos y nos hemos entregado a los espasmos de luz
y de sexo. Ha sido extraordinario, he sido otra vez hembra casi pasiva. Pero la
conciencia del final me revela que también llegan otros finales. Hoy sabemos
que el universo se expande y que los astros se van separando cada vez más, que
una energía oscura provoca ese fenómeno. No sé, si como simples humanos, tan
insignificantes en la inmensidad del cosmos, podremos escapar a ello. Pero
siento que, aunque no lo quiera, me voy alejando vertiginosamente de Jaime. Tal
vez debería cobrar coraje y tratar de salvarme diciéndole a Jaime que lo amo, o
que, al menos, podríamos intentar el amor. Sé que puedo, que podemos decir esas
palabras como las pienso ahora, que no hay circuitos erróneos que las
interfieran. Pero siento que no lo haré, que seguiré transitando por las
tinieblas de mi vivir a la espera de encontrar nuevas refulgencias, nuevas
fugaces iluminaciones. Yo también soy cobarde.
Ha transcurrido el último
día aquí, entre torbellinos y explosiones, con las catapultas del sexo que nos
lanzan a incendiarnos como fuegos de artificio en la noche por la que
transcurren nuestras existencias. Los cuerpos están saciados, las almas,
aquellas que desde hace dos días se nos han vuelto conscientes, están
mutiladas, huérfanas. He sentido que, a pesar de la entrega casi obcecada,
Anita se aleja de mí. Y sé que ella también se duele de eso. Tal vez debería
cobrar coraje y tratar de salvarme, de salvarnos, diciéndole a ella que la amo,
o que, al menos, podríamos intentar el amor. Por supuesto que puedo decírselo,
que ninguna sinapsis estará mal conectada para impedir que esas palabras
surjan. Pero siento que ella no lo aceptará, no porque no me ame, sino porque
cree que su destino es seguir, hasta el sacrificio final, este camino. Y eso,
no sé si es egoísmo, coraje, o conciencia trágica de la vida. Y es posible que
yo también sea egoísta y cobarde. Es posible que, por esa cobardía, le atribuya
a ella una no aceptación que en realidad no intenta. Ahora me resulta irónica
esta humildad, contrastando con nuestra enorme vanidad inicial.
─Tú siempre serás
importante en mi vida, Jaime. Aunque me vaya, siempre algo de mí se quedará
contigo, porque ambos sabemos del dolor del abandono.
─Ya nos vamos, Anita, con
un tremendo dolor a cuestas. He recorrido decenas de cuerpos y muchos de ellos
son, apenas, un recuerdo difuso en mi memoria. Pero a ti, nunca podré
olvidarte. Porque entre cada resplandor nuevo, habrá siempre un detalle mínimo
que me recuerde a ti, que no fuiste sólo un cuerpo, sino también la revelación
de tu alma. El dolor del abandono, claro que sí. El dolor de la falta de
audacia, de valentía, para tomar lo que por alguna vez se nos ofreció. Pienso
en la tragedia, en la dimensión y la voracidad con que se nos abre. Quizá
nuestra historia, es apenas la historia de una búsqueda, de un hallazgo y de
dejar pasar la oportunidad. Allí está la tragedia. Ambos somos culpables, y eso
me entristece.
Entonces, con toda la
intensidad de que soy capaz, en esta despedida que más calla que lo que debiera
expresar, no me atrevo a decirte adiós, y apenas puedo pronunciar:
─ Hasta pronto, amor,
hasta pronto.
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