Andrés Canedo - Lo que se va, lo que se queda

 


Solía llegar inesperadamente (aunque yo siempre la esperaba) y mientras llenaba el cuarto de sus fragancias, ese perfume que nacía en su piel, me decía que estaba apurada luego de darme un beso en la boca. Traía, a veces, una hogaza de pan francés que, con hacer el amor, o no haberlo hecho, se convertía en nuestro banquete privado del sabor primordial y crujiente del alimento elemental. Los otros nutrientes, aquellos maravillosos de su cuerpo y el mío, podían o no haber sido disfrutados. Claro que cuando lo eran, ella se entregaba intensamente y la luz del cielo que se filtraba a través de la ventana, adquiría tonalidades mágicas. Así, enredados, fundidos en un único cuerpo, flotábamos como sostenidos por las nubes blancas del mediodía y el sol persistía en su tarea de observarnos. Luego, ella se iba diciendo que tenía cosas que hacer o, a veces, sin decir nada porque yo estaba dormido. En este último caso, dejaba un papelito en el que había escrito, “Fue como siempre, muy lindo. A mi manera, como siempre, te amo”.

 

“A su manera”, ya lo sabía yo, significaba: entrega sin ataduras, en completa libertad. Nunca lo dijo, pero yo siempre lo supe, que tenía otros amores, y yo, entre esbozos de celos, aprendí a soportarlo porque su presencia era más importante que su ausencia, porque su entrega era la más completa de todas las que yo había vivido. En ella, yo vivía el sol, las flores del campo, la luz que se perfumaba en ellas. Y también la luna, las estrellas, la infinita poesía del cosmos. Y su risa, claro, su risa, que, a veces me parecía un repiqueteo de castañuelas, se enlazaba, finalmente, como una cadena de aros de papel conformando una deliciosa melodía. Después, la cama se llenaba de su ausencia, y entre las sábanas revueltas y abandonadas, yo solía encontrar astros, luminiscencias, colores de aves sorprendentes, y los guardaba, con amorosa nostalgia, en el centro de mi pecho, junto a mi corazón que latía al ritmo de su recuerdo.

 

Siempre volvía, cada vez regresaba como la explosión de la alegría, como la intuida fugacidad de la felicidad. Volvía y engalanaba de resplandores las paredes, el piso, el techo, y todo mi ser; cuerpo y alma, siempre predispuestos, siempre ansiosos, confirmándome que había valido la pena la espera, a veces sin certidumbre, a veces con preludios de angustia, cuando varios días habían transcurrido y yo empezaba a temer su desaparición. Pero allí estaba, borrándolo todo, llenándolo todo, y colmándome todo.

 

Un día ya no volvió, y aunque yo sabía que eso podía pasar, me invadieron el dolor y la nostalgia. La busqué por la ciudad inmensa e indiferente. No la encontré. Claro, apenas sabía su nombre y ese conocimiento que me pareció intrascendente, comparado con el que tenía de sus sabores, de sus susurros, del arquearse de su cuerpo en el arrebato del placer; su solo nombre era apenas una gota, aunque distinta, en la enormidad del mar. Pero me consolé, sintiendo que había vivido la dicha que me trajo mientras estuvo conmigo y que eso debía conservar como un tesoro dulce e íntimo. Esa última noche, me dejó también un papelito con su letra poco prolija, que decía: “Fue y será como siempre muy lindo. Recuerda que mientras me alcance la vida y más allá de todo, te amaré”.

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