Solía llegar inesperadamente (aunque yo siempre la
esperaba) y mientras llenaba el cuarto de sus fragancias, ese perfume que nacía
en su piel, me decía que estaba apurada luego de darme un beso en la boca.
Traía, a veces, una hogaza de pan francés que, con hacer el amor, o no haberlo
hecho, se convertía en nuestro banquete privado del sabor primordial y
crujiente del alimento elemental. Los otros nutrientes, aquellos maravillosos
de su cuerpo y el mío, podían o no haber sido disfrutados. Claro que cuando lo eran,
ella se entregaba intensamente y la luz del cielo que se filtraba a través de
la ventana, adquiría tonalidades mágicas. Así, enredados, fundidos en un único
cuerpo, flotábamos como sostenidos por las nubes blancas del mediodía y el sol
persistía en su tarea de observarnos. Luego, ella se iba diciendo que tenía
cosas que hacer o, a veces, sin decir nada porque yo estaba dormido. En este
último caso, dejaba un papelito en el que había escrito, “Fue como siempre, muy
lindo. A mi manera, como siempre, te amo”.
“A su manera”, ya lo sabía yo, significaba: entrega
sin ataduras, en completa libertad. Nunca lo dijo, pero yo siempre lo supe, que
tenía otros amores, y yo, entre esbozos de celos, aprendí a soportarlo porque
su presencia era más importante que su ausencia, porque su entrega era la más
completa de todas las que yo había vivido. En ella, yo vivía el sol, las flores
del campo, la luz que se perfumaba en ellas. Y también la luna, las estrellas,
la infinita poesía del cosmos. Y su risa, claro, su risa, que, a veces me
parecía un repiqueteo de castañuelas, se enlazaba, finalmente, como una cadena
de aros de papel conformando una deliciosa melodía. Después, la cama se llenaba
de su ausencia, y entre las sábanas revueltas y abandonadas, yo solía encontrar
astros, luminiscencias, colores de aves sorprendentes, y los guardaba, con
amorosa nostalgia, en el centro de mi pecho, junto a mi corazón que latía al
ritmo de su recuerdo.
Siempre volvía, cada vez regresaba como la explosión
de la alegría, como la intuida fugacidad de la felicidad. Volvía y engalanaba
de resplandores las paredes, el piso, el techo, y todo mi ser; cuerpo y alma,
siempre predispuestos, siempre ansiosos, confirmándome que había valido la pena
la espera, a veces sin certidumbre, a veces con preludios de angustia, cuando
varios días habían transcurrido y yo empezaba a temer su desaparición. Pero
allí estaba, borrándolo todo, llenándolo todo, y colmándome todo.
Un día ya no volvió, y aunque yo sabía que eso podía
pasar, me invadieron el dolor y la nostalgia. La busqué por la ciudad inmensa e
indiferente. No la encontré. Claro, apenas sabía su nombre y ese conocimiento
que me pareció intrascendente, comparado con el que tenía de sus sabores, de
sus susurros, del arquearse de su cuerpo en el arrebato del placer; su solo
nombre era apenas una gota, aunque distinta, en la enormidad del mar. Pero me
consolé, sintiendo que había vivido la dicha que me trajo mientras estuvo
conmigo y que eso debía conservar como un tesoro dulce e íntimo. Esa última noche,
me dejó también un papelito con su letra poco prolija, que decía: “Fue y será
como siempre muy lindo. Recuerda que mientras me alcance la vida y más allá de
todo, te amaré”.
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