¿Cómo no
revivir el jueves 13 de agosto de 1998, cuando llevé a Andrea Gálvez a ver
"Rescatando al soldado Ryan" con la plata que gané después de una
semana de arduo trabajo en el negocio de doña Celia?
16
añitos. Ella 17 recién cumplidos. Nos encontramos en la plaza Juana Azurduy. La
encontré sentada en una de las banquetas, mirando el cielo con sus ojos color
caramelo, teñidos de una alegría que espera septiembre sin histeria ni
preocupación, labios también limpios, sin lápiz labial, con la sonrisa
envidiada por muchas de sus colegas de trabajo.
Andrea
había escapado de su casa, en Sucre, para trabajar en un kiosco de la calle 3
de Villa Dolores, en El Alto. En ese tiempo yo ayudaba a mi madre a vender
muebles y en esos trajines la conocí, siempre sonriéndome, preguntándome cómo
estaba, qué había hecho en el día. Nadie en ese tiempo me preguntaba cosas como
ella, mirándome directamente a los ojos, haciendo que los desviara o me
sonrojara.
Dos
noches antes la había acompañado hasta las 10 de la noche, paseamos por toda la
Ceja después de cerrar su kiosco y la besé. Estuvimos riendo, le confié mis
secretos, mis aficiones, mis sueños; me dijo que los cumpliría y seguimos
paseando. Al despedirme de ella, porque vivía en la casa de los dueños del kiosco,
la invité al cine. Aceptó y me abrazó por largo tiempo. Nunca nadie que no
fueran mis padres me había abrazado así. Me besó y me pellizcó con delicadeza
una oreja, a modo de juego, y me fui cantando "Déjame un beso" de
Salsa Kids, acompañado de mi eterno walkman, regalo de mi padre por mi
cumpleaños, ese año. Llegué a las 11 de la noche a mi casa con el alma llena de
sentimientos nunca antes sentidos. Que alguien te acepte como eres y de paso
que te quiera era grandioso.
Ese 13 de
agosto llegamos al cine Monumental Roby y entramos a ver la película de Steven
Spielberg. En el camino la gente nos veía y se reía, quizá porque yo era
flaquísimo como un palo y lo único bonito era ella. Vimos la película sería
mentira, porque nos fuimos al fondo y nos pasamos la velada comiendo, hablando
y besándonos sin la malicia erótica que vendría años después con otras pieles y
en otros lugares.
Me miró
en media función y dijo algo que nadie hasta ese entonces me había dicho y por
cómo lo dijo, la quise más: "Vaya que te quiero tanto que, si te mueres
ahorita, te revivo a punta de sopapos".
¿Cómo no
revivir esa tarde de 1998? Duramos 6 meses, nunca fue a mi colegio, aunque yo
siempre se lo pedía... su padre la regresó a Sucre y ya no vi sus ojos
acaramelados, ojos de Leonor en 2003, sonrisa de Pamela en 2005, voz de promesa
y de despedida de Cecilia, como que me reviviría a punta de sopapos si me
moría...
Apareció
en febrero de 2000, en tanto yo paseaba en la calle 3, tratando de reconocer en
las muchachas que pasaban, su rostro, nunca antes el milagro se me había
repetido, salvo esa noche, cuando ella me encontró y paseamos, yo con el
corazón de un Florentino Ariza en el cuerpo feo de un aficionado al boxeo, ella
impaciente por decirme que esa misma noche volvería a Sucre. ¿Cómo no volver a
esa tarde de cine y decirle que nunca la olvidaría? ¿Cómo no volver a esa noche
del 2000 cuando ella se despidió de mí, recomendándome que no la olvidara, que
me tenía en sus oraciones siempre y que deseaba que yo fuera feliz?
Hace unos
años la soñé y me dijo con su hermosa voz de promesa lo mismo: que seguiría
bien, que siempre me llevaría en su corazón, que fuera feliz.
También
dijo en el sueño que siguiera adelante, que los sueños no se cumplen durmiendo.
¿Cómo no
querer escuchar ese "Vaya que te quiero tanto que, si te mueres ahorita,
te revivo a punta de sopapos”
Nunca más
la volví a ver.
Desde
entonces todo ha sido como es, como siempre ha sido y ha de ser.
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Daniel Averanga Montiel es un escritor alteño.
"Revivir" es publicado con la autorización del autor. Podrá ser retirado de este sitio a simple requerimiento del mismo.
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