Aún la madrugada impregna el aire de
humedad y un olor ácido se entrevera con ella. El mar está oscuro. Hasta la
espuma que se forma por el reflujo del agua tiene reflejos de suciedad. Siento frío. Sin embargo, sigo aquí, bajo
este cielo gris, sólo habitado por mi soledad. Un punto azul, -azul-naranja-,
asoma en el horizonte. Junto a mi hay una mancha de arena blanquísima;
quisiera, por momentos, escurrirla entre mis dedos.
Se va alejando la oscuridad y es
mayor, cada vez, ·el ojo de fuego. Entre mis dedos, como mínimas estrellitas,
destella la arena. Es entonces que los recuerdos brotan espontáneos, como si
quisieran detenerse un poco en ese paso inexorable hacia el vacío. Pienso en
Gaby, tendida en la playa, junto a su deslizador. Enarca una ceja, en un gesto
que yo interpreto como un desafío. Y levanto el deslizador. Sólo el temor al
ridículo no me abandona cuando entro al mar. El agua está fría y más salada que
de costumbre. Monto en la tabla y trato de incorporarme. Se alza la protesta
del oleaje, pero me sostengo. Me aferro al deslizador y una larga ola, que se
va amansando, me deposita sobre la playa. Gaby, como si nada hubiera ocurrido,
sigue tumbada bajo el sol. ¡Lo logré! Digo, a tiempo en que descubro que el mar
tiene ahora un color azul claro, brillante como el día. Algunas traviesas
gaviotas me señalan, en vuelo rasante, la imprecisa frontera que hay entre el
agua y el cielo. Recordar es, en cierto
modo, como volver a vivir.
Comprendo entonces que aquel día, de
azul grandioso, fue un día especial. Había penetrado, por vez primera, en ese
mundo de silencios que siempre rodeaba a Gaby.
Más tarde, bajo el alero de una casa, nos detuvimos para descansar. Era
un alero fresco y fue allí, en esa acogedora penumbra, cuando le dije que la
amaba. Así empezó todo, suavemente, sin asperezas. Vivir con Gaby era fácil.
Hablábamos poco. Nuestros diálogos, casi siempre intuitivos, parecían responder
a un guion previamente acordado.
Recuerdo también el día en que conocí
a sus padres. Era domingo. Caminamos
silenciosamente por sinuosas y
estrechas callejuelas hasta llegar de pronto a una casa que se levantaba en una
esquina, casi avergonzada de su blancura.
Desde el interior de la casa se podía ver el mar. Fue una velada
sencilla. El padre de Gaby, viejo marino, aprovechó mi presencia para contar
sus peripecias. La madre, más joven, de ojillos vivaces y oscuros, casi no
intervino en la conversación. Se percibía, sin embargo, que era ella quien
gobernaba la casa. Sobre un antiguo aparador podía verse una estrella clavada
en el muro. Comimos con avidez. Ponderé el vino y pregunté por la estrella. No
obtuve respuesta. Se trataba, probablemente, de una reliquia familiar o de un
objeto que el padre de Gaby recogió o compró en algún puerto del mundo.
La madrugada da forma a las cosas.
Ahora puedo ver unas gaviotas congregadas en torno a un pez que ha quedado
atorado entre las rocas. Escucho, a lo lejos, el tintineo del carrito del
“compra botellas”. Reconozco su canto, más bien sus gritos. El mar trabaja.
Desenrolla espumantes rodillos sobre la suciedad que el hombre ha dejado en sus
playas. Prevalece la voz del “compra botellas”; creo que viene hacia mí. No lo
puedo afirmar.
Debo reconocer que Gaby sigue siendo un
misterio para mí. No entiendo, por ejemplo, por qué transformó el único balcón
de nuestro departamento en un invernadero. Cuando las plantas empezaron a
brotar, se marchó. Me di o un beso y se fue a la casa de sus padres. Me pidió
que cuidara de sus plantas. Me anunció que regresaría, pero no volvió. El mar,
en esa eterna lucha por lavar la playa, restalla, en el mismo sitio. Cierro los
ojos. Gaby está en los bordes de un acantilado. El sol recorta su silueta. Ella
es así, desconoce el miedo.
Cuando regresó yo estaba dormido. Si
no hubiera sido por la luz, no me habría percatado de su presencia. Desperté y
supe que Gaby estaba en la cocina. Se había sentado en un taburete; rígida, la
mirada perdida. No quiso hablarme. En realidad, no era necesario que me dijera
nada. Lo sabía. Puse mi mano sobre su cabeza. Y así estuvimos, largo rato,
hasta que se levantó y me abrazó. Entonces sentí sus lágrimas humedeciendo mis
mejillas. Salió corriendo de la casa y se detuvo en la playa, frente al mar.
Permaneció allí hasta el alba. Era la forma que había elegido para despedirse
de su padre.
El mar es insomne. No se da tregua en
su afán de recoger y traer piedrecillas que deposita en el mismo lugar. Avanza
desde la profundidad del horizonte y regresa a él con infatigable
perseverancia. Gaby desarmó el invernadero y arrojó a la basura las plantas que
habían empezado a brotar en él. Se marchó de nuevo, esta vez en forma
definitiva.
Ahora sí puedo ver el carrito del
“compra botellas”. Avanza hacia mí. De su boca, levemente abierta, producto de
su esfuerzo, se escapa una tenue niebla. Al verme, cambia de expresión y me
saluda. El sol, que ha rebasado la línea del horizonte, tiñe el mar de rojo.
Sobre el carrito, clavada en un palo, hay una estrella de latón. Fulgura el sol
en sus puntas y pienso en Gaby.
Cesa el rumor del mar y crece el
rumor de la vida.
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Beatriz Kuramoto: Santa Cruz de
la Sierra, Bolivia (1954 – 2004) Cuentista; estudia Odontología en Brasil.
Forma parte del Taller del Cuento Nuevo, dirigido por Jorge Suárez. Participa
en varias antologías y colecciones de Cuentos tales como “Narrativa del Trópico
Boliviano” de Keith John Richards; “Fuego en Los Andes” de Kathy Leonard. Es coautora
del libro de poemas “Juego de tiempos” con Amalia Estela Bringas. En vida dictó
cursos y talleres literarios.
Biografía de la autora: Taller
del Cuento Nuevo, Narrativa del Trópico Boliviano e Internet.
Fotografía de la autora: Blog del
Diccionario Cultural Boliviano, de Elías Blanco Mamani, www.elias-blanco.blogspot.com
El cuento "La estrella" pertenece al Taller del Cuento Nuevo de Jorge Suárez, Casa de la Cultura de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1986
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