Fue un martes en la
mañana cuando me reuní por primera vez con él. Es agradable, de 50 años, guapo,
y no inspira temor. Lo que sí lo inspira es la cárcel, aunque él, Renato, vive
en ella, lleno de confort como si estuviera en un hotel de cinco estrellas. Son,
claro, las ventajas de nuestra crónica corrupción. Su celda es como un
departamento monoambitente de lujo: una cómoda cama de dos plazas; tres
sillones confortables, rodeando una mesita ratona; una mesa que acepta seis
personas con las sillas correspondientes; una mini cocina a gas y sus
implementos. Por supuesto, él no cocina, lo hace uno de los presos a su
servicio. Tiene, además, un refrigerador, microondas, y un televisor gigante;
un bar, parco pero nutrido de variedad de whiskies. Al fondo, una puerta que da
a su baño privado y que no logré conocer, pero, viendo el resto, imagino que es
a todo dar. Hay también, aunque parezca mentira, una pequeña biblioteca en la
que atisbé, un tomo de Dostoievski, Crimen y castigo. Los demás, mi vista no
fue capaz de resolver de qué libros se trataba. Fue muy amable en su trato. Me
hizo unas pocas preguntas adicionales a las que ya me había hecho su abogado,
que fue quien me contactó, supongo que simplemente para asegurarse que yo era
un tipo confiable. Arreglamos lo de mi remuneración, que, si bien parecía un
chiste teniendo en cuenta la enorme fortuna que se le atribuía, para mí,
escritor en este país que no lee, era bastante apreciable.
A la mañana siguiente me
aparecí con una grabadora de sonido y me dispuse a trabajar. Tenía, claro, una
autorización que me habilitaba a entrar a la cárcel todos los días, por un
tiempo de seis horas, que me había entregado el abogado. Renato me recibió con
cordialidad y me dijo en cuanto llegué, que luego de cada grabación de sus palabras,
en la siguiente visita yo debería llevar mi redacción, para que él la vaya
controlando. Me pregunté, por supuesto, pero no se lo dije, qué criterios
podría tener él sobre mi escritura ya que, aunque yo no era un escritor de los
más célebres en este país que no lee más que unos pocos diarios, era
relativamente conocido a través de algunos libros que, paradójicamente, habían
tenido gran éxito de crítica y pocos lectores, como no se podía esperar de otra
manera. Entonces empezamos a trabajar en su “autobiografía” (la que llevaría su
nombre como autor, y en la que yo figuraría sólo como transcriptor), y
empezamos, como es lógico, por su infancia. Me habló de sus días en la hacienda
de sus padres, ganaderos, en la zona selvática del país. Aunque el relato era
un poco enredado, la emoción fue impregnando sus palabras, y a través de ella,
me hizo ver bastante de aquellos días y, a pesar de mis reticencias, no pude
evitar sentir simpatía por aquel niño campesino rico, que jugaba como todos,
que ayudaba en el ordeño de vacas, que montaba a caballo, que ya desde pequeño
comandaba aun a sus hermanos mayores. Era un líder nato.
Yo sabía que mi función
era la de un escritor mercenario, que no debería comprometer mis emociones,
pero, aunque me costó un poco poner en orden hechos y palabras, me resultó
bastante fácil escribir las primeras ocho páginas. Cuando Renato las leyó,
sonrió ampliamente y me dijo: “Sabés escribir, muchacho. Me gusta”
—Me estrené con las
mujeres a los 14 años, con la hija de uno de los peones, que tenía más o menos
mi edad y que ya estaba estrenada, seguramente por mis hermanos mayores. Pero
así era en el campo, en realidad —dijo mientras sonreía pícaramente— así es
desde siempre, creo que lo llamaban “derecho de pernada”. O sea, el patrón, los
hijos del patrón, tenían el derecho de desvirgar a las hijas de los peones. Hoy
día, pensar en ello, me avergüenza un poco, pero así eran las cosas. La otra
manera hubiera sido el ir a una ciudad cercana y hacer el estreno en un
prostíbulo. Pero eso era más difícil en aquellos tiempos. Apenas salíamos de la
hacienda para ir al colegio en un pueblo cercano. Y con las urgencias de los
catorce años, no era para andar pensando en moralidades. —Se acaricia la frente
con la palma de la mano derecha, cierra los ojos un instante y prosigue—:
Recuerdo que era una morenita linda, de buen cuerpo, de piernas largas y bien
formadas, que parecía no sufrir conque yo la cabalgara, más bien, estoy seguro
de que lo disfrutaba. Estuve un buen tiempo con ella. Luego me pasé a otras y a
dos o tres realmente las estrené. Pero esta primera ocupa un lugar especial en
mi memoria. Yo no tengo mujer ni tengo hijos. Por la índole de mi actividad
consideré que era más seguro, más prudente, no tenerlos. Claro que me acosté
con “muchachas bien”. De alguna tal vez hasta me enamoré, pero me pagó mal. A
veces, en estos días en que tengo tanto tiempo para pensar, se me ocurre que, a
pesar de nuestras diferencias sociales, ella, la primera quiero decir, hubiera
sido una buena y fiel compañera en mi vida. Pero claro, uno se equivoca en
tantas cosas.
Luego me habló de que
terminó el bachillerato, pero que no quiso ir a la universidad, porque ya,
llegando a los 20 años, decidió el rumbo que había de tomar su vida, para
hacerse rico, para disfrutar del poder de verdad. Y que parte de ese poder lo
empezó a conseguir a los puñetazos con otros muchachos, ya que él, “era bueno
para los golpes”. Tenía dinero que heredaría de sus padres junto a sus cuatro
hermanos, pero él entendió que no estaba hecho para ese destino de recibir sin
hacer nada. Él construiría su propia fortuna.
Le siguieron gustando las
páginas que yo redactaba, mientras el tiempo se deslizaba con fluidez de agua
de arroyo, y yo comenzaba a identificarme con las cosas que me relataba. Por
esos milagros de la mente, ya no era él a quien veía en mis relatos, sino a mí
mismo, yo, tan miserable, tan cobarde, convertido en un tipo valiente, audaz,
casi sin escrúpulos. Alguien capaz de comandar a muchos hombres, de jugarme la
vida, de enfrentarme a tiros con los de las bandas rivales. Por otra parte, con
el tiempo había podido ver todos los libros que había en la escuálida
biblioteca de la celda, y además de Dostoievski, había alguno de García
Márquez, pero los demás eran esos deleznables de autoayuda. El de Dostoievski
era el que se me planteaba como una incógnita, pero no me atreví a preguntarle
qué significaba para él.
—Mi primer contacto con
la “pichicata”, con la cocaína, se produjo en la capital del departamento, una
tarde que estaba en un bar y me agarré a golpes con un tipo más grande que yo y
le di una paliza. Unos individuos mayores que yo, feos y obesos, que llevaban
unas gruesas cadenas de oro en el cuello, se me acercaron y me dijeron: “Vemos
que sos valeroso, muchacho y bueno para las peleas. Tal vez podrías trabajar
con nosotros”. Yo sabía que los que me hablaban, eran pichicateros, porque el
negocio de la droga ya era bastante conocido y la manera de vestir de sus
gestores era casi un prototipo. Mi idea era la de aprender el negocio por
dentro, conocer sus mañas y recovecos, los contactos que lo hacían posible y
casi impune. Ya vendría mi propio tiempo.
Entonces me contó,
durante algunos días de charla, de los pormenores de su aprendizaje durante
esos dos años en que fue ascendiendo en prestigio, comandando algunos grupos,
interiorizándose del funcionamiento de cada cosa, desde los sembradíos de coca,
las “cocinas”, la distribución, los policías que los protegían, las autoridades
implicadas, en fin, todo lo que le permitiría graduarse de capo, como lo había
hecho con el bachillerato. Nunca me dijo si mató a alguien, pero la muerte, a
cargo de sus compinches, estaba presente en sus relatos. Tampoco, nunca
mencionó nombres de los comprometidos e implicados. Los reemplazaba con expresiones
como “el jefe”, “la autoridad”, “el sujeto”.
—Así abandoné el grupo
para formar el mío propio, y me llevé algunos de los mejores hombres, los que
habían trabajado conmigo directamente. Además, yo ya había estado reclutando y
armando una buena cantidad de tipos duros y posiblemente leales, de manera que
pude empezar mi propia organización. Claro que eso no fue fácil. Nos atacaron.
Tuvimos dos combates en los que quedaron varios muertos. Ante la mortandad
decidimos pactar un acuerdo: dividimos las zonas geográficas en que cada grupo
se desempeñaría. Eso trajo una especie de paz, en la que, como es lógico,
ninguno de los jefes creíamos. Pero mi organización se fue expandiendo, de
manera que al cabo de un año y luego durante muchos más, hasta que yo caí en manos
de la policía, ya que, por supuesto es imposible comprar a todos, yo era el más
poderoso, era una especie de rey del narcotráfico en el país. Todo el aparato
funcionó como una máquina perfectamente aceitada. Yo conocía todos sus
secretos, como por ejemplo los jefes policiales a los que tenía que coimear,
los que a su vez, hacían llegar jugosas comisiones a algunas autoridades. Pero
así funciona el país, y muchos otros. Claro que el odio de mis antiguos jefes,
subsistió, y aún subsiste. La cárcel me brinda una especie de protección,
aunque no tanto, pues no sabemos en qué momento podrá aparecer algún preso que
intente matarme. Por eso, sólo los de mi absoluta confianza se acercan a mí.
Por eso tengo aquí un grupo de seguridad eficiente y confiable. Tal vez, algún
día mis enemigos lo logren y yo aparezca muerto.
Me contó de algunos
combates, también de aquel en que murió su hermano, de su dolor por este suceso
y de cómo ejecutó la venganza, aunque no pudo llegar al jefe supremo de los
enemigos. Me dijo que alcanzó una enorme sensación de poder y de riqueza, pero
que no le servían de mucho ya que debía de vivir oculto, no hacer que se sepa
su nombre ni su ubicación, aunque, claro, todos lo sabían. Tenía una haciendo
maravillosa, con una casa llena de lujos y permanentemente vigilada por guardas
armados y, aparentemente, nunca conocida por las autoridades. Me contó también
de faraónicas fiestas en las que comida, bebidas y mujeres hermosas, abundaban
como hierbas en el campo. Yo, que a esa altura de las circunstancias, no era yo
sino él, me veía acariciando esas hembras de ensueño, sintiéndome casi adorado.
Eran putas, claro, pero las más bellas, las más resplandecientes, las que
tenían cierta clase como si fueran damas. De manera que yo, cuando redactaba, ya
no estaba ausente de mis emociones, y el personaje representado, Renato, se
ornaba de pensamientos sólidos, de sentido de la belleza y hasta del arte, que
seguramente no se correspondían con lo que él de verdad es. Renato un día me lo
dijo: “En algunas de las cosas que muestras, no soy en realidad yo. Pero me
agradan. Debo reconocer que cada día escribes mejor”. Entonces me atreví a
preguntarle, por qué entre sus libros estaba Crimen y castigo, de Dostoievski.
Me respondió así:
—“Primero, aunque no era
mi materia favorita, tuve un buen profesor de literatura en la secundaria, en
aquel pueblito, y él nos lo hizo leer. El recuerdo de ese libro permaneció en
mí, y me lo hice comprar años después. Lo he vuelto a leer, claro. Me gusta,
pero a mí no me sucede lo mismo que al personaje principal. Claro que coincido
en que después del crimen viene el castigo. A mí me pasó frente a algunas
muertes, la de mi hermano, por ejemplo, que yo sentí que fue por mi culpa. Tal
vez, un castigo también haya sido el no poder disfrutar del amor de una mujer.
Eso me duele, pero fue mi elección. Para mí, como ya lo has visto, sólo está
permitido el sexo, y de eso he tenido abundante con mujeres realmente hermosas
y bien pagadas. Pero yo no he perdido la paz del espíritu ni sentido remordimientos,
y aunque es posible que mi corazón no sienta amor, sí vivo la ternura con
algunos seres, pocos, claro. Mi idea de la vida es materialista, no espiritual.
No creo por eso ser mejor, pero tampoco peor que los demás. Yo no pretendo
construir la sociedad o un mundo mejor, simplemente me aprovecho de sus
debilidades, para sacar ventajas. Que, por otra parte, es lo que hacen la
mayoría de los gobiernos, aquí y en todas partes. Pero yo no me parezco a Raskolnikov, el
protagonista de la novela. No sé cómo expresarlo, pero te diría que puedo
entenderlo, más que sentirlo, y que no me interesa vivirlo”.
El libro se publicó hace
unos tres meses, y fue, considerando este país, un éxito de ventas. Vendió
mucho más que yo, con mis novelas. Pero, por supuesto, eso es comprensible: lo
“escandaloso” vende. Yo he ido gastando lo ganado, en algo de confort y, sobre
todo, en hermosas prostitutas, como las que tenía Renato. Lo que no es comprensible, es lo que pasó
hace un par de semanas y que parece que va a culminar pronto. Recibí un mensaje
de texto en mi celular, que decía esto: “Saludos hijo de puta. Sabemos que vos
no sos simplemente el transcriptor de las memorias del cabrón de Renato.
Sabemos que vos las escribiste y que se te pasó la mano en los halagos para ese
mierda, y aunque nadie los crea, el hecho es que las cosas que mostrás sobre su
personalidad, son mentira. Nosotros lo sabemos, porque a nosotros nos
traicionó. No hemos podido hacerle pagar, porque ahora está protegido en la
cárcel. Pero vos, cabrón mentiroso, las pagarás con tu vida. Preparate y andá
rezando, porque te visitaremos”.
Al principio me asusté,
claro, pero no pude arrepentirme, porque mi admiración y mi cariño por Renato,
no han cambiado. Yo sí he cambiado, ya que siento que debo enfrentar estas
cosas tan diferentes de lo que podría haber sido mi destino de escritor. Mis
escritos, mis sentimientos, la bella expresión de mis emociones no han muerto,
pero, igualmente, me llevarían a la nada, al escepticismo, a la decepción y a
la soledad. Así es este país, la nada, o casi ella, es lo único que podemos
pretender los artistas. Me toca entonces, realizar un acto de dignidad. Venderé
cara mi vida, me remontaré sobre mi cobardía e insignificancia, sobre la
pequeñez de mis cosas. Sé que puede parecer absurdo, pero la vida es una
sucesión de absurdos y malentendidos. Me compré un arma y estoy aprendiendo a
disparar. Quizá en cualquier momento, sienta que están rompiendo la puerta de
esta casa, y mientras me levanto para defenderme y hago el primer disparo,
mientras siento que uno o más balazos me alcanzan, tenga tiempo de recordar
fragmentos de esta mi vida y descubra errores, momentos fatales que no advertí
hasta ahora, y, aunque ya sea tarde, perciba una luz inédita que me aclare
cosas, mientras me voy sumergiendo en el largo túnel de luz que me conduzca al
infinito del que no se regresa. Tal vez de mí, sólo quede este relato que
intentará explicarme y explicarles. Únicamente sé que me cuesta escribir ahora…
La puerta de mi vivienda
está siendo golpeada, está siendo arrancada, en este instante. Voy a tomar mi
pistola y los recibiré con plomo ardiente.
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