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Teresa Constanza Rodríguez Roca - Nieve Negra


Nos detuvimos frente a la tapia cubierta de madreselvas. Jorge propuso que metieran el coche al garaje, pero Gastón dijo que para qué; nadie se llevaría un carro como éste.

Más allá de las ventanillas ahumadas del automóvil, el pico nevado de El Tunari recortaba su perfil contra el incendio del poniente. Yo estaba entre lo claro y lo oscuro; a la hora en que el día deja de ser día y la noche definitiva no ha borrado aún las cosas.

Mis cuatro hermanos me bajaron del automóvil sin dificultad. Pese a sus cabezas lampiñas, eran los de siempre: altos, de grandes hombros, pero ahora estaban tristes. En la casa no había cambiado nada, incluso me pareció que los pliegues de las cortinas eran los mismos de hace un cuarto de siglo.   

Quedaron atrás el aeropuerto, la travesía del océano, el deseo de volver.

La higuera del jardín había crecido el doble. Sobre el pasto amarillento, algunos frutos negros, reventados, exhibían el brillo de sus carnes dulces y jugosas. Recordé mis juegos, mis travesuras, las mermeladas de mamá.  

El vestíbulo, húmedo y frío, se había encogido. Las paredes ya no alcanzaban el cielo. En lugar del cuadro La niña y la paloma de Picasso, colgaba El grito de Munch. Una araña tejía su tela por los ángulos del marco.

Cuidado con los muebles —dijo Antonio, cuando entramos en la sala de visitas. El gran espejo biselado guardaba las imágenes de mis padres; sus voces irrumpieron dentro de mí como trenes vertiginosos. Empecé a girar, centelleando rubíes desde mi traje encarnado, convertida en la bailarina de mi cajita musical.

Mis hermanos se dirigieron al pequeño huerto. El mismo perfume a magnolias lustrosas; quise pedirles que se detuvieran, decir que allí me sentía a gusto, pero mi voz no llegó a nacer.

Fíjate en la pita, Jorge, no vayas a enredarte con las sábanas —previno Vicente. Yo alcancé a distinguir una hilera de sudarios; quietos, sin brisa que los hiciera ondular, como estatuas marmóreas enclavadas en el ocaso.

Seguimos avanzando por la franja central del huerto. Cuando llegamos a la tapia del fondo, regresamos al automóvil. Los oía respirar fuerte, sentía que sus piernas flaqueaban.

Ahora, desde las ventanillas oscuras del coche largo, contemplo El Tunari. De aquí, al velatorio; mañana, la cremación. Y sobre la nevada cima, descansarán mis cenizas; nieve negra de mi última voluntad.

 

***

 

De Noche de fragancias, cuento breve y minificción. Ed. Correveidile 2016, La Paz-Bolivia.

 

Teresa Constanza Rodríguez Roca

Nacida en Santa Cruz de la Sierra. Profesora de secundaria, español e inglés. Diplomada en pintura y fotografía. Ha vivido en Alemania, Australia, Los Emiratos Árabes, Zimbabwe, Nigeria, Argentina, Venezuela y México, donde enseñó español, inglés y/o alemán en diferentes colegios y universidades; entre ellos, en el Colegio Seminario San Ignacio de Velasco y el Colegio Alemán Santa María (Bolivia), en el Fairfield High School (Sydney-Australia) y en la Universidad Karl Ruprecht (Heidelberg-Alemania).

Ha publicado en diversas antologías de cuento breve y minificción, en suplementos literarios, revistas impresas y/o digitales, tanto en Bolivia, México, Colombia, Perú, Chile, como en España y Alemania.

Con el cuento “La víbora” obtuvo el Premio Nacional de Cuento Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela (2004). Gracias al cuento “Presa del instante” resultó finalista en el Concurso Nacional de Relato Adela Zamudio (2013). Su minicuento “Isoglosa” figura entre los seis ganadores en el Concurso Nacional de Guiones Cuéntanos un corto (2017), cuentos que fueron llevados a la pantalla grande (2018).

Es autora de dos libros de cuento y minificción: Función privada y otros cuentos (Ciudad de México), y Noche de fragancias, relato breve y minificción (La Paz-Bolivia). Pronto saldrá a la luz el libro de cuento y minificción titulado Mancha oscura.

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"Nieve negra" es publicado con la autorización de la autora. Podrá ser retirado de este sitio a simple requerimieto de la misma.

 

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