La imaginación del que espera. ¿Qué otra cosa puede
hacer quien espera sino imaginar, mientras el tiempo transcurre como si no
transcurriera? Imaginar lo que se espera. Imaginar que no se está esperando
nada. Imaginar que hace mucho tiempo ya ha llegado lo que se esperaba. Imaginar
que ahora no hay necesidad de imaginarse nada. Ver el movimiento de la
oscuridad dentro de las sombras.
- ¿No has llegado? -le pregunta don
Teodoro Apaza a una sombra que se mueve en el techo a contraluz de la luna en
cuarto menguante y el cuerpo que la produce, al parecer, ha sido aquello que
hizo un ruido como de calaminas aplastándose bajo la suela de un zapato. -
¿Eres tú? ¿Has llegado?
Era un gato. O dos. Y los gatos no
hablan. Los gatos fornican y gritan como bebés abandonados cuando no están comiendo
o durmiendo.
Y, aunque don Teodoro sabe que aquello
que proyectaba una sombra y provocaba ruido era un gato, o dos, prefiere salir
de la cama y cerciorarse. El frío que hace bajo las sábanas es bastante similar
al frío de la intemperie. Siente un incierto dolor en el abdomen y se cubre el
cuello con una bufanda. Atraviesa la habitación grande que es todas las
habitaciones -dormitorio, cocina, comedor, sala-y abre la puerta que, a su vez,
es todas las puertas. Deja que la ventisca le golpee el rostro. Siente el
impulso de salir, de nuevo, a la intemperie para caminar hasta el poste
luminaria que derrama su mediocre luz sobre la calle mal empedrada. Prefiere
quedarse allí, quieto, como si fuera una prolongación de la puerta, y esperar.
La última vez que fue hasta el poste, vio una patrulla marchándose. Maldito
toque de queda. Ya son cuatro las noches que lleva esperando, cuatro noches
durante las que no pudo dormir bien y durante las que tuvo que resistirse a sí
mismo para no salir a las calles vacías a buscar aquello que no llega: el
castigo por desobedecer el toque de queda, para un viejo como él, mínimo, es la
cárcel. Y es mucho peor esperar encerrado, sin la esperanza de salir al día
siguiente, cuando la noche acabe. La cárcel es una noche que no tiene final.
Y ha escuchado bastantes rumores sobre
el estado de las cosas, sobre las circunstancias, sobre las cárceles. Todo lo
que hay son rumores, las radios no dejan de tocar música folklórica. Son
tiempos difíciles y, así como todo puede ser cierto, todo puede ser falso. Pero
él, don Teodoro, lo sabe, o, por lo menos, cree saberlo. Es un presentimiento.
Lo ha entrevisto en ese estado de vigilia que ha querido interpretar co1no
pesadilla y no como inciertos espejismos del insomnio: escucha los gritos de
varón, palabras que no dicen nada; ve una mano, los cinco dedos abiertos y
tensos, ve la bofetada; casi puede sentir el dolor introduciéndose en sus
propios huesos; huele el aroma de la mierda húmeda que de seguro alfombra el
piso; degusta el sabor alcalino del azufre que emerge de su propia saliva;
escucha, nítidos a pesar de que sucedan debajo de todas estas cosas, incluso
entre el sollozo de otras mujeres, el sollozo de su hija, tan parecido a cuando
lloraba de niña. Eso es lo que le dice la vigilia, el territorio del mareo, el
aire de la fiebre. Mucho y nada al mismo tiempo. Es en ese momento que, una vez
más, hubiera preferido tener un hijo varón, uno que -imagina-pudiera resistir
mejor el dolor, el cansancio, las bofetadas, las descargas de electricidad y
los baldazos de agua. fría. Un hijo capaz de escapar. Una mujer, piensa, tiene
vagina y eso es estar en desventaja en un lugar como este que ve en su vigilia;
es estar incompleto, es tener una puerta que se puede atravesar en cualquier
momento: la puerta que es todas las puertas. Imagina a los soldados pasando las
lenguas sobre sus labios. Y don Teodoro llora, en silencio, como si viera
llover. No puede hacer nada más. Aunque muchos le hayan dicho que su hija, tarde
o temprano, terminaría apareciendo. Es joven, le han dicho, quizás se ha
embarazado y ha escapa-do con su novio, volverá. Pero don Teodoro sabe que su
hija no le haría algo así, ella tiene otros intereses, la Universidad, asuntos
que ni él mismo puede comprender bien.
Otra vez los gatos. Se levanta de la
cama, vuelve a atravesar la habitación, vuelve a abrir la puerta, vuelve a
observar, vuelve a retroceder y vuelve a acostarse. La vigilia es el único
territorio certero.
-Mañana les voy a dar veneno a estos
demonios -dice, casi sin darse cuenta, acto reflejo, casi como si necesitara
esconder sus palabras de alguien que estuviera vigilándolo.
No piensa, don Teodoro, en este momento en el que ha
des-cubierto el ladrillo que ha hecho trizas el vidrio de la única ventana, en
los sucesos del jardín del Edén. ¿Cómo podría uno ponerse a pensar en las
historias del Génesis cuando ya son varios días que no llega tu hija a casa y
algún desconocido, quizás un militar, ha arrojado un ladrillo quebrando la ventana
de tu casa?, por eso no lo hace, porque, para él, no tiene ninguna importancia,
es más, ya son vanos años que no pisa una iglesia ni nada que se le parezca·;
ya son varios años en los que no ha sentido la necesidad de preguntarse si,
allá arriba, o allá abajo, hay un dios que sepa y se interese por sus pasos;
"dios" es un acertijo que no comprende y que no pretende resolver:
cuando se persigna, como le enseñó su madre, lo hace porque su madre lo hacía,
lo hace pensando en nada, en la buena suerte, en una pata de conejo invisible.
Tal vez si se hubiera puesto a pensar en la historia del Edén que todos
conocemos tan bien, hubiera preferido no acercarse al ladrillo, no levantarlo
del suelo, no descubrir el papel que estaba en el hueco del medio, mucho menos
leer el mensaje escrito allí, probablemente se hubiera alejado del ladrillo o
se hubiera limitado a levantarlo del suelo para tirarlo a la basura y ahora
continuaría esperando la llegada de su hija. Pero no, siempre es necesario ver
la respuesta ·cuando se desvela. Adán y Eva fueron condenados por comer el
fruto del árbol del conocimiento. El fruto, ahora, en las manos de don Teodoro,
es el ladrillo y, leyendo el mensaje, va comiéndoselo. El conocimiento marca el
final de la espera primigenia. Se ha acabado el Edén, ese lugar donde nada
sucedía: esos garabatos le confirman que su hija ha sido arrestada en una
redada. Y también arroja un lugar: Achocalla. Es todo. Ahora comienza otro tipo
de espera, ha emergido un nuevo Edén.
El sol de mediodía. Aproximarse a la noche bajo el
sol. La cárcel es la noche y Achocalla el lugar donde la noche ha empezado a
suceder. Ha sido fácil llegar hasta ahí. Un par de horas en minibús. Lo difícil
ha sido aguantar la imaginación, soportar la mirada propia sobre lo que no se
ve, durante ese par de horas; ver el paisaje, las rutas entre las montañas, los
eucaliptos moviéndose por el viento, el polvo, y, en realidad, no estar viendo
nada de aquello que los ojos advertían; ver lo estático que puede llegar a ser
el movimiento de las cosas alrededor. Ver el cadáver en lo vivo.
Don Teodoro baja del minibús y
pregunta, primero a una mujer que vende choclos y arvejas y habas, y luego a un
joven que pcr1nanece sentado en una piedra mirando la laguna, con discreción,
susurrando casi, que dónde está esa famosa cárcel, que quién manda ahí. La
cárcel está allá cerca, le dicen, doblando la esquina, frente a la plaza, hay
muchos policías en la puerta, imposible perderse. ¿Y quién gobernará ahí, no?,
no sé, quién sabe.
Camina y la luz del sol fatiga su
vista, es demasiado amarilla, agreste, penetra con dureza en el recuerdo del
insomnio. Tiene el presentimiento de que no encontrará nada. Patea las piedras
que encuentra y sabe que nadie le dirá lo que quiere saber. Pero debe
intentarlo, es muy tarde para retroceder y no leer el mensaje que escondía el
ladrillo. Cuando llega a la puerta, le pregunta al primer guardia que ve que a
quién puede preguntarle por una persona que ha desaparecido hace varios días y
que sospecha que podría estar aquí. No le dirá del ladrillo a nadie, por
supuesto. El guardia parece no escucharlo. Tiene una expresión rígida. Quizás
antes le vinieron con ese tipo de peticiones e hizo lo que ahora hace:
petrificarse, convertirse en una estatua disfrazada de militar.
-Joven -le dice, don Teodoro-, soy
benemérito de la guerra con el Paraguay. Estoy buscando a mi hija.
-Pase al fondo -dice la estatua y el
viejo obedece.
Hay resquicios por los que se filtra
la luz en esta antesala de la noche. Entra a un cuarto donde se escucha el
monótono sonido de una máquina de escribir. Y otra vez lo mismo. Estoy buscando
a mi hija. ¿Nombre? María Apaza Tarquina. ¿Procedencia? La Paz. ¿Algo más?
Universitaria. Las teclas que, por un segundo, dejan de sonar. El hombre que se
levanta de su asiento y busca en unos archivos. El hombre que lee, mientras su
corbata se mueve como el badajo de una campana muda. El hombre que carraspea.
La ronquera contaminando la voz.
-Apaza Tarquina, María. Sí, debe ser.
Murió de muer-te natural.
-No, joven, no, pero ella es joven,
joven, es una niña, joven. Es una niña.
-Cosas que pasan. ¿Por qué no va al
Ministerio?
El viejo calla. El sonido de la
máquina de escribir vuelve a rebotar en las paredes. El hon1bre se agacha y
continúa · con su labor.
-Soy benemérito.
-Debería tener otra hija y educarla
mejor, señor.
Quiere agarrar el cuello de ese
hombre, golpearlo hasta que su sangre brote de los ojos, tirar esa maldita
máquina de escribir, pero dice:
-Soy benemérito de la patria.
El sonido de la máquina de escribir
cesa una vez más. El ho1nbre levanta la vista y sonríe.
-Quizás es un malentendido, una
equivocación. ¿Por qué no vuelve mañana por la tarde?
Don Teodoro quiere golpear, pero algo
dentro de él quiere llorar. Le da la espalda a esa máquina de escribir que,
otra · vez, provoca ruido, y sale de ese cuarto. Volverá mañana por la tarde,
sí. Es mejor no decir nada, puede que estén mintiéndote y que, para hacer pasar
la mentira por verdad, ante la insistencia, asesinen en la carne y no solo en
el papel, como puede que sea en esta ocasión. Y el padre sabe que la hija sigue
viva, hasta puede escucharla: no sabe qué es realmente lo que escucha de ella,
pero ahí está; es su respiración, es su voz, es el tibio latido de su corazón.
Y también es cierto que lo han tratado mejor de lo que ha escuchado que tratan
a los demás que vienen a reclan1ar por sus desaparecidos. Nadie le ha gritado,
es un benemérito, merece respeto, ha ido al Chaco a pelear por Bolivia.
Cuando sale a la calle, la luz del sol
da de pleno en su rostro y hiere sus ojos. Busca sombra y, cuando la encuentra,
halla también a muchas mujeres sentadas en una plaza, bajo los árboles, muchas
vestidas de negro, llorando, hablando, esperando. Ha escuchado de ellas y las
observa por primera vez, ¿cómo ha sucedido que no se ha percatado de esas
múltiples presencias tan similares a la suya antes de entrar a la cárcel? Y la
espera se hace más tortuosa. Las imágenes, ahora, son más sangrientas; es la
misma muerte repetida una y otra vez. Los sonidos se hacen más profundos, las
pisadas son más lejanas, pero el ruido que provocan se acerca más. El sueño
cansancio que incita a dormir aparece en los lugares más in-esperados, una
plaza, por ejemplo, y desaparece siempre en la habitación de don Teodoro.
¿Cuántos días seguidos ha ido hasta Achocalla a reclamar por su hija y ha
repetido el mismo ritual para que, al final, no le dijeran nada? Ha perdido la
cuenta. Los días, el orden y el tamaño de sus horas, ya no son los mismos hace
mucho, es muy difícil enumerarlos. Ha llegado a un punto en el que es casi
imposible separar la claridad de la oscuridad porque es complicado distinguir
el frío nocturno del calor diurno; además, la lluvia siempre termina
trastornando las cosas mucho más porque, al caer, el líquido choca contra todo
y diluye el tiempo. Y, también, ha dejado de observar el almanaque que tiene
pegado en la pared: hizo el intento de leer y descifrar esos caracteres, pero
no supo reconocerlos, eran insectos que se movían. Ahora, incluso, sucede que
ha empezado a temer a esos insectos, tanto, que algunas noches olvida que, en
lugar de vigilarlos para que no se aproximen. a él, lo que en realidad hace es
esperar el retorno de su hija.
Quizás eso, la confusión, el mareo, ha
hecho que un día, cuando la claridad asomaba y él dejó de preocuparse por la
presencia de los insectos y recordó que debía alistarse para volver a
Achocalla, intentara algo nuevo. Abrió el cajón que nunca abría, el que
guardaba las ropas de su mujer muerta, y contempló, por unos breves minutos, lo
que allí quedaba. Recordó que ya casi nunca recordaba a la madre de su única
hija, recordó que ya no era capaz de recordar su rostro sin la ayuda de una
fotografía. Y, lento, fue sacando las ropas que alguna vez vistiera y
desvistiera a ese cuerpo que ahora solo caminaba en el terreno de su memoria
endeble: un par de polleras, varias enaguas, chompas de lana, blusas, un
aguayo, medias, calzas, zapatos. Olió cada uno de aquellos objetos y recordó
varias imágenes, recordó la vez que su mujer, siempre sin rostro, enterró el
feto de una llama - ¿o era un conejo con las tripas expuestas? - en algún lugar
de la casa para que la niña sanara de alguna enfermedad. Por un segundo -pensó
que debería intentar algo similar, pero luego lo descartó: tema una mejor idea.
O eso creía él.
Ser otra persona sin dejar de ser la
que siempre se ha sido. Quizás, si se deja de ser, aunque sea por poco tien1po,
quien se ha sido, pueda obtenerse algo que ha sido negado a quien se fue.
La confusión, el mareo, la fiebre.
-Si estuvieras aquí, ¿qué harías tú? -
le dijo don Teodoro a los zapatos de su mujer y la pregunta no respondida fue
lo que finalmente lo decidió. El silencio de los zapatos.
Quizás, en Achocalla, ya estaban
aburridos de recibirlo siempre y por eso no le daban ninguna respuesta, porque
el aburrimiento es así. Don Teodoro, entonces, se vistió con las prendas de su
mujer muerta y, mientras lo hacía, le llegaba un recóndito murmullo, no era
dueño de sus acciones, todo era culpa del insomnio. Las ropas le entraron a la
perfección, menos los zapatos, no importó, hizo que calzaran la punta de sus
pies y, lo que sobraba, lo aplastó el talón. Vestido así, salió a la calle. Y
los vecinos se rieron mucho, por supuesto. Pero don Teodoro no escuchaba las
risas. Lo único que podía escuchar era ese extraño sonido indescifrable que le
decía que su hija continuaba con vida y estaba esperándolo.
Los guardias, al verlo, también se
rieron mucho, pero la única risa que don Teodoro, finalmente, pudo escuchar,
fue la del funcionario que, antes de este día, una y otra vez, al verlo, se
ponía de pie, iba hasta el estante y sacaba algún archivo para fingir que leía
y que, a veces, le decía que sí, que su hija estaba muerta, y que, a veces, le
decía que volviera mañana, que quizás habrían noticias nuevas o que si lo
prefería fuera al Ministerio y se entrevistara con el Ministro. Ahora, hoy, no
le dijo nada, solamente rió. Y esa risa fue la respuesta de este día. Don
Teodoro no preguntó nada y salió de la oficina sin tener ningún pensamiento en
mente.
Al tercer día de repetir esto, cuando
salía a la calle luego de la entrevista silente con el funcionario, un guardia
lo detuvo y le dijo:
-Señora, el Coronel quiere hablar con
usted.
-Creo que no entiendo bien -dice el coronel. -Usted es
hombre, quiero decir, macho como yo. Usted fue a la guerra con el Paraguay:
Usted tiene una hija que está en nuestra cárcel. Usted está vestido de mujer. Y
no entiendo por qué ha decidido vestirse así.
Don Teodoro no contesta. No sabe qué
decir. No sabe cómo explicar esto. Ni él mismo tiene una respuesta clara.
-Mi padre estuvo en el Chaco -dice el
coronel. -Los tiempos han cambiado. Y a usted se le ha ocurrido la gran idea de
vestirse como mujer. ¿Por qué? Quiero saber. Explíqueme.
Don Teodoro quiere recordar si vio
antes otra versión del rostro que ahora está observándolo. Apenas recuerda el
sonido de una detonación y, de inmediato, un estruendo de balacera; recuerda
que nunca vio a un solo paraguayo, ni siquiera un prisionero. No contesta,
cierra los ojos. Desacelera su respiración. Recuerda, brevemente, al soldado
mujer. No recuerda su nombre. Recuerda que lo apodaban Warmi. Recuerda que una
vez fue sorprendido con algunos soldados en el río seco detrás de los arbustos.
Lo recuerda ' corriendo con una falda larga. Recuerda el sonido de un disparo.
Y lo recuerda caer. Recuerda la breve elevación del polvo al caer el cuerpo. Quizás
lo que, en el fondo, quiere, es ese disparo, la herida provocada por la bala y
el polvo sucesivo que se agitará cuando su cuerpo finalmente caiga para no
levantarse más.
-Muéstreme su cédula de identidad y el
carnet de benemérito, por favor.
Don Teodoro busca un atado que ha
ocultado detrás del sostén, lo abre, hace unos billetes a un lado y entrega lo
que le piden.
El coronel lee.
-Voy a hacer lo que usted quiere
-dice-, aunque esté prohibido y aunque no me haya explicado por qué está usted
vestido de mujer. Y lo haré porque usted es un héroe, como mi padre. Pero
guarde el secreto y, por favor, prometa que se quitará esas ropas, nada es más importante
que la dignidad.
Don Teodoro asiente y murmura:
-Gracias.
El coronel se levanta de la silla y
dice, luego de tomar unas llaves que estaban guardadas en el cajón de su escritorio:
-Acompáñeme.
El lugar donde termina la espera es la noche dentro de
la noche. No hay alternativa. Parece no haberla.
El coronel avanza a paso veloz, quiere
terminar de una vez por todas con esto y no quiere que ninguno de los
subordinados lo vea tan cercano a este viejo vestido de mujer que lo sigue
tropezándose porque todavía no se acostumbra a los zapatos. Pasan por la
oficina del funcionario y este se levanta de la silla, cesa el ruido de la máquina
de escribir, y se acerca a la puerta para curiosear. Los soldados se cuadran
cuando ven al coronel y él les devuelve el saludo con desgana. Todas las
puertas se abren ante él. Atraviesan un patio donde un grupo de personas,
varios jóvenes, tienen las manos en la espalda y observan el sol. Don Teodoro
imaginaba que el interior de la cárcel sería mucho más oscuro de lo que ve
ahora. Intenta distinguir los rostros de quienes observan el sol, pero es
difícil, parecen ser todos iguales, lo único que los diferencia son los cuerpos
y el color de las ropas que parecen haber sido embarradas.
Llegan a una oficina de donde también
escapa el sonido de las teclas de una máquina de escribir, solo que más lenta.
-Espere -dice el coronel y don Teodoro obedece.
Cuando el coronel entra a la habitación,
se hace un súbito silencio. Después de un par de minutos, el coronel sale y,
sin mirarlo siquiera, se va por donde vino.
-Pasá -dice una voz de adentro. Don
Teodoro entra y el dueño de la voz, un capitán, luego de examinarlo por un
largo minuto, pregunta: - ¿cómo dices que se llama tu hija?
Don Teodoro contesta. El capitán se
levanta de la silla y abre un archivero, extrae un folder y lee. Se aproxima,
luego, al escritorio, abre un cajón, busca, y saca una llave oxidada.
-Vamos -dice.
Entran a una habitación que da a otra.
A medida que avanzan, un olor nauseabundo va incrementando la fuerza de su
presencia. El capitán llama a un soldado. Ahora son tres quienes se acercan a
la fuente de ese olor. El capitán saca un pañuelo y cubre su nariz. Luego toma
la llave oxidada y abre un candado para quitar las cadenas que resguardan un
enrejado.
-Vas a acompañar a esta señora -le
dice al soldado. - Ella te va a decir un nombre y tú le muestras el cuerpo.
Luego, cuando se vaya, vas a cerrar bien esta puerta, con las cadenas y el
candado. ¿Me has entendido?
- ¡Sí, mi Capitán! -grita el soldado y
el capitán se va sin decir nada más.
Don Teodoro dice, una vez más, el
nombre de su hija y siente que ya no puede contener las lágrimas.
El soldado busca el nombre en un
cuaderno que tiene manchas rojas. Tarda bastante, le cuesta mucho el ejercicio
de reconocer las letras, descifrarlas y pronunciarlas. De un momento a otro,
dice:
-Aquí está. Vamos.
Atraviesan los cadáveres que,
contrariamente a lo que uno imaginaría, parecen estar ordenados alfabéticamente.
Todavía no son tantos que hubiera sido necesario apilarlos uno sobre otro. El
olor se hace insoportable.
-Se los tienen que llevar - dice el
soldado, que en ningún momento ha hecho nada por cubrirse la nariz. -Fosa
común, dicen.
Llegan a un cuerpo de abdomen hinchado.
Es una mujer.
-Reconocete nomás -dice el soldado.
Don Teodoro se agacha y observa. ¿Eres
tú?; le pregunta, con la mirada, al cadáver que tiene la boca abierta y los
ojos entrecerrados, como si todavía pudiera observar algo. Los mismos cabellos
negros. Los mismos dientes. La misma cicatriz en la mano derecha. El lunar en
el mentón. Es ella. Pero no es ella: una marca sanguinolenta le cruza el
cuello, tiene moretones en el rostro, un corte en el brazo. Pero es ella.
Don Teodoro no soporta más. Grita algo
que no se puede comprender, tal vez no es ninguna palabra existente. Llora.
Sale corriendo de allí. Se salen los dos zapatos de su esposa y su pollera se
mueve como si bailara. Sus pies descalzos se n1anchan de sangre. Por poco
resbala, pero corre. Corre.
El soldado cierra la puerta. Atraviesa
la cadena en las rejas. Cierra el candado. Observa desaparecer a la extraña mujer
con cara de hombre.
A pesar de la desgracia, había momentos en los que don
Teodoro se sentía afortunado porque, a diferencia de otras personas que
esperaban, él había recibido una respuesta, no la que hubiera deseado recibir,
pero una respuesta al fin y al cabo. Al principio, sintió mucha rabia y quiso
encontrar al asesino para matarlo también. Luego, la rabia pareció olvidársele.
Cuando ya no hubo retazos de rabia que
lo cansaran, volvió el insomnio, volvieron los gatos caminando por el techo de
calamina y volvió a fijarse en el ladrillo que quebrara su ventana alguna vez,
ventana que, ahora, estaba cubierta por un plástico de color verde sostenido
por clavos. Volvió a leer el mensaje, noche tras noche, una y otra vez. Y las
letras eran como insectos que salían del papel y querían devorarlo apenas
cerrara los ojos para dormir. Toda la comida que consumía era la que le
invitaban sus vecinos. Después de todo, era un benemérito y merecía
consideraciones especiales.
A la tercera semana, una vez más,
quiso ser alguien distinto a quien era y volvió a vestirse con las ropas de
mujer. Fue, de nuevo, aconsejado por el mensaje que leía una y otra vez, pero
que todavía no se sabía de memoria, hasta Achocalla y preguntó que dónde estaba
la cárcel, que quién gobernaba allí.
Otros guardias se rieron de él y lo
condujeron hasta la oficina donde un nuevo funcionario tecleaba una máquina de
escribir para que él también se riera.
-Aquí no vendemos maquillaje, señora
-dijo el funcionario cuando lo vio. -Tampoco queremos que nos venga a vender
cebollas.
Don Teodoro no escuchó nada de esto y
preguntó por su hija.
-Quiero saber si está bien -explicó.
-Quiero saber si no le falta nada. Quiero saber si puedo sacarla de aquí. Es
una niña. El funcionario se levantó de la silla, murmuró el nombre de la hija y
buscó en los archivos.
-Creo que la trasladaron a otra cárcel
-dijo. - ¿Por qué no averigua en el Ministerio?
Don Teodoro, que caminaba descalzo, le
dio la espalda y salió de allí caminando lento, el dolor en las plantas de los
pies empezaba a crecer.
Sin embargo, al día siguiente, regresó,
vestido de mujer y descalzo, y volvió a decir el nombre de su hija para
preguntar si estaba aquí.
La memoria invertebrada. La memoria
insecto suicida que, cuando nadie la aplasta, se aplasta a sí misma. Empezar
cada nuevo día como si no hubiera existido un día anterior. El ayer invisible.
El tiempo que ha dejado de suceder para una sola persona capaz de observarlo,
pero que avanza, imperturbable, impávido, sobre las cosas, sobre los objetos,
poblándolo todo de polvo, telarañas, hormigas y moscas que trazan cuadrados en
el aire. Don Teodoro que, otra vez, está vistiéndose con las ropas de su mujer.
Don Teodoro que no es capaz, quizás porque simplemente no quiere hacerlo, de
recordar una sencilla conversación que tuvo ayer, ayer invisible, con una de
las señoras que vende frutas en Achocalla.
-Ya no hay cárcel, don. Ayer anteayer
te he dicho también.
-Hay. Está mi hija. Es una niña.
-Te estás haciendo la burla, creo.
Antes había.
Don Teodoro, aunque no lo recuerde
ahora, le dio la espalda a la vendedora y se aproximó a la plaza para buscar un
lugar que ya no existía. Se sentó bajo la sombra de los árboles y observó el
horizonte. Un par de horas después, retornó a casa.
La memoria invertebrada.
Don Teodoro que, ya sin dolor en las
plantas de los pies, se ha acostumbrado a caminar descalzo. Don Teodoro que
abre la puerta y sale a la calle sin ocuparse de cerrarla. Los vecinos que se
han acostumbrado a observarlo y ya no se ríen de él. Los niños que no quieren
ser observados y se ocultan de su presencia.
El viento que juega con las polleras
que viste el hombre.

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